Con una sonrisa, negué con la cabeza.
– He hablado con Monica. Volverá a llevarse los muebles y trabajará contigo para rehacer la habitación a tu gusto. También se dedica a otros estilos, ¿sabes? Creo que incluso te caerá bien. Además, le dije que mamá hará correr la voz entre su clientela inmobiliaria para que sepan que no hace siempre lo mismo, que puede hacer otras cosas aparte de sus trabajos en acero y vidrio.
– Pues yo nunca las he visto -replicó Sally algo escéptica.
– Es porque la mayoría de sus clientes son gente a la que le gusta esa marca de la casa. Quiere diversificar su trabajo y atraer a otra clientela. Redecorar tu dormitorio va a ser un buen negocio para ella.
– No estoy dispuesta a pagarle ni un céntimo más. ¡Veinte mil dólares!
– No pide más dinero. Ella no es la mala de la película. Nadie es el malo de la película.
– Cuanta gilipollez.
Si pudiera reírme, lo hubiera hecho. Nos miramos la una a la otra entendiéndonos a la perfección.
– Llamaré a Jazz esta noche -dijo y suspiró-. Me disculparé. Soy un águila y él es un pingüino. No puede volar. Ya está.
– Le llevé a ver una pieza que el señor Potts está restaurando, un gran armario de dos puertas. El señor Potts le dijo que ya había dedicado sesenta horas al mueble. Jazz nunca entenderá de muebles, pero ahora sabe apreciar mejor cuánto trabajo dedicaste a tu dormitorio.
– Oh, Dios, Blair, gracias -dijo cogiéndome para volver a abrazarme-. Confiaba en que lo solucionáramos finalmente nosotros solos, pero tú has acelerado las cosas.
– Sólo hacía falta la visión de alguien de fuera -dije con modestia.
Capítulo 27
Tanto hablar había dejado mi susurrante voz hecha polvo, así que paré en la farmacia para comprar un tarro de bálsamo Vicks Vaporub, con la intención de probar qué tal funcionaba. Iba a oler como una pastilla para la tos, pero si esa cosa iba bien para la garganta, no me importaba cómo oliera. Mi intención era mantener la Gran Charla con Wyatt aquella misma noche, por lo que sería de ayuda que, al menos, pudiera hablar.
Iba de camino a la tercera tienda de telas cuando él me llamó al móvil y me dijo que volviera a comisaría. Había pasado a modo teniente: su tono de voz hizo que aquello sonara como una orden, no una petición.
Frustrada, cambié de dirección. Me acordé de mirar para ver si alguno de los coches que venía detrás de mí también cambiaba, pero no, ninguno lo hizo.
No iba a poder montar esta boda a tiempo. Tenía a las diosas de la fortuna en mi contra. Eso tenía que aceptarlo. No sería capaz de encontrar la tela para el vestido, la pastelera no accedería a hacer la tarta nupcial, la empresa de servicios de catering se echaría atrás y todas las flores de seda que en teoría iban entrelazadas a la pérgola sufrirían alguna misteriosa podredumbre de fibra que acabaría con ellas. Wyatt ni siquiera había empezado a lijar y repintar el armazón. Bien podía ahorrarme el desgaste nervioso y tirar la toalla.
Ni por esas tiraría yo la toalla. Había mucho en juego: o bien organizaba la boda o me veía conduciendo hasta alguna capilla para ceremonias rápidas de Las Vegas, si es que nos casábamos.
Esto me estaba volviendo loca.
Cuando llegué a comisaría, el agente Forester vino a buscarme al aparcamiento. Debía de estar esperándome porque dijo:
– Se viene al hospital conmigo. Han dado permiso para mirar las fotos y para revisar la filmación, si aún existe. El jefe de seguridad del hospital está verificándolo ahora mismo.
El asiento del pasajero estaba lleno de libretas, carpetas, informes, una tablilla con sujetapapeles, una lata de Lysol y algunas otras cosas oficiales. Me pregunté para qué necesitaba el Lysol, pero no lo expresé en voz alta. Retiré las cosas del asiento, entré y lo sostuve todo sobre mi regazo mientras me ponía el cinturón. Los expedientes parecían interesantes, pero no tenía tiempo para leerlos. Tal vez hiciera falta parar a poner gasolina o algo así, y entonces podría echarles una rápida ojeada.
En el hospital, Forester dio el nombre del jefe de seguridad y al cabo de unos minutos se reunió con nosotros un hombre bajo y delgado de cuarenta y pico, con el pelo casi rapado y postura erguida, como si no llevara mucho tiempo fuera del ejército.
– Soy Doug Lawless, jefe de seguridad -dijo, estrechándonos la mano con un brioso y firme apretón cuando Forester nos presentó tanto a mí como a él-. Vayamos a mi despacho, señorita Mallory, para ver primero las fotografías en cuestión, y luego la grabación de seguridad si hace falta.
Seguimos a Lawless a una oficina que satisfacía todos los gustos: no era tan grande como para despertar envidias, pero tampoco tan pequeña como para que él pensara que no se le valoraba lo suficiente. He oído decir que la política hospitalaria puede ser feroz.
– Seleccioné yo mismo los expedientes -explicó- y he juntado sólo las fotografías para incluirlas en un archivo aparte y no comprometer de este modo las cuestiones de privacidad. Siéntese ahí, por favor. -Indicó su silla delante de un monitor de cristal líquido y me senté-. Aquí están todas las personas con quienes estuvo en contacto la noche de su accidente -dijo-. Incluye radiología y medicina nuclear, así como el personal de laboratorio. Y recepción, por supuesto.
Durante la estancia en el hospital había estado en contacto con más gente de la que había imaginado. Reconocí varios rostros, incluido el del doctor Tewanda Hardy, quien me dio el alta. Como el cabello es algo que puede cambiarse, no miraba el pelo, sólo las caras, y en concreto los ojos. Recordé que ella tenía unas pestañas muy largas, y que incluso sin una máscara sus ojos hubieran resultado llamativos.
No estaba ahí, estaba convencida de ello, pero volví a repasar las caras ante la insistencia de Forester. Luego negué con la cabeza con la misma firmeza que la primera vez.
– Pasaremos entonces a las grabaciones de seguridad de los pasillos -dijo Lawless-. Lamento que esta planta en particular no tenga vigilancia digital, todavía no, pero estoy trabajando en ello. Urgencias y las áreas de cuidados intensivos sí la tienen, y algunas otras plantas también, pero ésta no. No obstante, nuestra calidad de grabación es buena.
Bajó las persianas de las ventanas para que la habitación quedara a oscuras. La cinta ya estaba dentro del vídeo cassette, porque lo único que hizo fue apretar un botón y las imágenes en color aparecieron enfocadas en un segundo monitor.
– La grabación tiene reloj -explicó-. ¿Recuerda más o menos la hora en que esta enfermera entró en su habitación? -Indicó con un boli qué habitación era la mía. En la pantalla, la proporción de las cosas parecía perderse porque las cámaras estaban en el techo, pero las imágenes eran nítidas y claras.
Hice memoria. Siana había llegado a eso de las ocho y media de la mañana, pero aunque mamá tenía una cita, todavía no se había marchado, por lo tanto…
– Entre las ocho y media y las nueve -susurré.
– Bien, es una franja relativamente estrecha. Veamos qué encontramos ahí. -Adelantó la cinta, y la gente empezó a acelerarse pasillo arriba y abajo, entrando y saliendo de habitaciones como chihuahuas anfetamínicos. Detuvo la cinta en dos ocasiones para comprobar el reloj, luego se pasó un poco de la hora y tuvo que rebobinar-. Ahí estamos.
Las cintas de vigilancia son interesantes. Vi a Siana entrando en mi habitación, y les di un momento a Forester y a Lawless para recuperarse de su apreciación silenciosa.
– Aparecerá en cualquier instante a partir de ahora -susurré-. Llevaba una bata rosa.
Y entonces allí estaba, a las ocho y cuarenta y siete minutos.
– Ésa es -dije señalando. El corazón me latió acelerado y con fuerza. No había duda de que era ella, alta y delgada, caminando directa hacia mi habitación para entrar sin vacilar. Aquel cabello de color marrón uniforme; en la filmación se veía como una masa oscura poco natural cayendo sobre los hombros. Llevaba una tablilla sujetapapeles, en la que yo no me había fijado en su momento, pero, claro, tenía una conmoción. El ángulo de la cámara captaba su imagen desde atrás, de modo que no se veía nada bien su cara, sólo un apunte ocasional del ángulo de la barbilla.
Ambos hombres estaban inclinados cerca del monitor, observando la pantalla concentrados como dos gatos a la espera de que un ratón se aventure a salir de su ratonera.
Mamá salió de la habitación, y oí que sus respiraciones se aceleraban y entrecortaban.
– Es mi madre -dije antes de que alguno de los dos tuviera un desliz e hiciera algún comentario masculino que precisara mi intervención.
Luego, a las ocho cincuenta y nueve, la mujer salió de mi habitación, pero el ángulo tampoco facilitaba ver su cara en esta ocasión. O bien la tablilla estaba en medio o tenía la cabeza agachada o iba encorvada.
– Es consciente de las cámaras -dijo Lawless-. Oculta el rostro. No conozco a todos los empleados del hospital, por supuesto, pero no la reconozco. Ojalá recordara su nombre, señorita Mallory…
– No llevaba ninguna chapa identificativa -susurré-, al menos que yo pudiera ver. Recuerdo que pensé que tal vez la llevara enganchada en uno de los bolsillos o en la cinturilla del pantalón.
– Eso va en contra de las regulaciones del hospital -dijo de inmediato. -Las chapas de identificación tienen que estar en un lugar visible, incluida la foto, que puede ir sujeta con un prendedor o imperdible en la zona superior izquierda del pecho. Tendría que investigar más para poder afirmarlo con certeza, pero no creo que esa mujer esté empleada aquí. En primer lugar, no llamó a la puerta, se limitó a entrar; aquí todos los empleados llaman antes de entrar en la habitación de un paciente.
– ¿Podrá conseguir algún otro ángulo de ella? ¿Qué opina? -preguntó Forester-. Tuvo que llegar de alguna manera a la cuarta planta; no se materializaría ahí sin más ni más.
– Tal vez -contestó Lawless-. Sucedió hace una semana. Algunas de las grabaciones, tanto las digitales como las cintas, ya habrán vuelto a regrabarse o se habrán borrado. Si no sucede nada que requiera la apertura de un expediente permanente, pues no lo abrimos. También cabe la posibilidad de que entrara en el hospital vestida con otra ropa bien distinta, con una bolsa, y que se cambiara en uno de los servicios públicos, de modo que aunque la grabáramos entrando o saliendo, no lo sabríamos.
También era posible que llevara el cabello recogido o que usara una gorra de béisbol. Me había hecho ilusiones, pero ahora se derrumbaban por el suelo. Era lista, espabilada, y todavía nos llevaba ventaja. Yo no tenía ni idea de quién era, y este visionado de la cinta no había aportado ninguna respuesta. Tendría que haberme percatado en su momento de que cualquiera que trabaje en un hospital tiene que llevar su chapa de identificación en un lugar bien visible, por cuestiones de seguridad.
– Lamento que no haya sido más productivo -dijo Lawless-. Revisaré lo que tenemos de ese día, pero no soy optimista.
– Al menos ahora podemos calcular su altura y peso -dijo Forester, tomando notas en una de las pequeñas libretas que todos los polis parecían llevar consigo-. Eso nos aporta algún dato más a la descripción. Altura… entre metro setenta y tres y metro setenta y ocho. Peso… entre cincuenta y siete y sesenta y tres quilos.
Dimos las gracias a Lawless y salimos del hospital. Mis pensamientos se aceleraron, porque la probabilidad de que no fuera una trabajadora del hospital no significaba nada… aparte de que trabajaba en otro lugar, por supuesto.
En cuanto me puse el cinturón de seguridad del coche de Forester, y con ese montón de cosas otra vez encima de las rodillas, cogí una de las libretas, la abrí por una página en blanco y empecé a escribir, porque me pareció que podía ser una buena idea compartir con el policía mis pensamientos sobre los coches alquilados, y porque quería proteger mi voz.
– ¿No mejora la voz? -preguntó mientras se ponía también el cinturón.
Asentí y levanté la mano izquierda, con el pulgar y el índice separados entre sí un par de centímetros.
– Un poco, ¿aja?
Volví a asentir y continué escribiendo. Cuando ya había acabado, arranqué la página y se la tendí. Leyó y condujo al mismo tiempo, mirando la nota con el ceño fruncido, y no entiendo por qué, pues había empleado una letra bien clara, sin una sola fioritura ni un corazoncito de los que se usan como punto para la i. En fin, yo nunca empleaba esas cosas.
– Piensa que tal vez haya estado cambiando de coche de alquiler, ¿aja? ¿Qué le hace pensar eso?
Escribí un poco más; luego le di la página.
Leyó lo que acababa de escribir, desplazando la mirada a toda velocidad de la calle a la hoja de papel.
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