Abrió su maletín y sacó un montón de papeles. Justo en aquel momento, Slade entró por la puerta principal. Tras frotarse las manos, entró en el salón y dio una palmada a Kurt en la espalda. Rápidamente, lo pusieron al día. A los pocos minutos, se sirvió una taza de café y, junto con sus hermanos, Kelly y Nicole, examinó las páginas del libro de Randi.

– ¿Sobre quién es esto? -preguntó Slade.

– No tenemos ni idea -musitó Matt.

Kurt levantó un hombro.

– Yo diría que los nombres han sido cambiados para proteger a los protagonistas.

Kelly estuvo de acuerdo. Los tres primeros capítulos no mostraban la redacción definitiva. La historia parecía girar en torno a un jinete de rodeo algo oscuro al que chantajeaban para que perdiera las competiciones en las que participaba. El personaje principal era un muchacho pobre de una zona marginal de la ciudad que llevaba toda su vida luchando por sobrevivir. Al final, las circunstancias lo obligaban a infringir la Ley y a verse absorbido por un mundo de drogas y crimen. El resultado era que, por mucho que se esforzaba por librarse y salir del círculo vicioso del crimen y de la dependencia, siempre fracasaba.

– Madre mía -comentó Slade, al examinar rápidamente la última página.

– Menudo melodrama -bufó Matt al terminar su parte del manuscrito y pasárselo a Thorne.

Kelly miró a Matt.

– O es una historia real que alguien no quiere que se publique.

– ¿Y quién podría saberlo? -preguntó Kurt.

– Supongo que su agente. Tal vez ya ha empezado a intentar vendérsela a las editoriales -comentó Thorne.

– Tal vez -afirmó Matt-. O tal vez no. El problema es que ninguno de nosotros sabe lo que estaba pasando en la vida de Randi, pero estas páginas no indican casi nada. Estaba escribiendo un libro. ¿Y qué? ¿Que podría estar basado en hechos reales? ¿Y qué? -repitió.

– ¿No ha encontrado ninguna nota? -le preguntó Kelly a Kurt.

– ¿Aparte de lo que había en el CD? No.

– ¿Ni libros de consulta o materiales de investigación?

– Había libros por todas partes. Cientos de ellos y un montón de revistas en una estantería. No vi nada que me pareciera significativo.

Kelly no insistió. La policía de Seattle ya había estado en el apartamento y se les había pasado por alto o no le habían dado importancia al hecho de que Randi estuviera escribiendo un libro. Tendría que comprobarlo cuando se fuera a la ciudad.

Estuvieron hablando del caso hasta que no quedó nada más que decir. Entonces, Kelly decidió marcharse.

– Os mantendré informados si descubro algo -dijo, refiriéndose al grupo en general-, y espero la misma consideración -añadió, dirigiéndose a Kurt en concreto.

– Por supuesto -afirmó, aunque Kelly no estaba segura de que pudiera confiar en él.

– Buenas noches.

Se dirigió a la puerta. Entonces, tuvo una corazonada. Se volvió a Matt y dijo:

– ¿Podría ver su dormitorio?

Matt se encogió de hombros y la acompañó a la planta superior. Allí, abrió la puerta de un pequeño dormitorio que había sido transformado en la habitación para el bebé. El niño dormía profundamente. Kelly sonrió. Matt miró a su sobrino y su rostro se dulcificó.

– Tan pequeño y hay que ver el ruido que hace -susurró. Entonces, arropó cuidadosamente al bebé.

Kelly sintió una profunda ternura. Las enormes manos de Matt parecían completamente fuera de lugar sobre aquella delicada mantita, pero la ternura con la que arropó al bebé resultó sorprendente. Algún día, Matt McCafferty sería un padre estupendo.

Cuando lo miró a él, vio que Matt la estaba observando a ella. Se aclaró la garganta y se apartó de la cuna. Bajo la suave luz de la lámpara de acompañamiento, examinó las paredes de la estancia. Un tablón que colgaba cerca del armario aún tenía algunos de los tesoros de la infancia de Randi: un tocado de flores secas y ajadas, fotografías de sus amigos chapoteando en un arroyo, un par de instantáneas de Randi a caballo, una liga de encaje y varias cintas azules y rojas pegadas sobre el corcho.

En un rincón, había un escritorio. Sobre éste, una estantería mostraba trofeos de varios tamaños, todos dedicados a la hípica. También había un polvoriento sombrero de vaquera adornado con una tiara de piedras brillantes en vez de con una cinta. Kelly tocó las polvorientas joyas.

– Randi era una princesa del rodeo en el instituto -explicó Matt.

– Es decir, tu hermana también tenía la fiebre del rodeo en el cuerpo.

– Lo tenemos en la sangre -admitió Matt-. Todos nosotros, menos Thorne. A él no le gustaba nada que tuviera que ver con el rancho o los caballos ni nada que estuviera relacionado con esa parte de la cultura del Oeste. Estaba más interesado en hacer dinero. De hecho, era su único interés hasta que conoció a Nicole.

– Ella ha cambiado su vida.

– Sí.

Kelly estudió los libros que había sobre el escritorio. Principalmente, estaban relacionados con los caballos y el cuidado de éstos. Con una mirada más, decidió que ya sabía todo lo que tenía que saber sobre la hermana de Matt. Ojalá se despertara… había tantas preguntas que ella sería capaz de responder…

– Supongo que con esto me vale -dijo Kelly. Dedicó una última sonrisa al bebé y se marchó.

– Te acompañaré -comentó Matt. La siguió escaleras abajo y salió con ella hasta el lugar en el que había aparcado su vehículo-. Has estado bastante callada todo el rato.

– Supongo. Quería escuchar lo que Striker tenía que decir.

– ¿Qué te pareció?

– Parece que todo está correcto, pero voy a comprobarlo todo cuando llegue a Seattle.

– ¿Te marchas?

– Durante un par de días. Regalo del departamento. Sé que me vas a echar de menos -bromeó, pero anduvo más cerca de la verdad de lo que Matt quiso admitir.

– Trataré de sobrevivir.

– Hazlo, vaquero.

Kelly sonrió. No hizo falta nada más. Antes de que Matt tuviera oportunidad de pensarlo, la agarró, la tomó entre sus brazos y la besó. Ella abrió la boca por la sorpresa, lo que él aprovechó para profundizar el beso. Se produjo un segundo de resistencia. Los músculos de Kelly se tensaron y, entonces, Matt sintió que ella se deshacía por completo. Cerró los ojos y la estrechó aún con más fuerza.

De repente, se escuchó que una puerta se abría y oyeron voces. Kelly se quedó completamente inmóvil entre los brazos de Matt y luego se apartó.

– No creo que esto sea buena idea -dijo ella mirando al porche. Slade y Kurt estaban allí. Slade había encendido un cigarrillo y Kurt estaba de pie, con las manos metidas en los bolsillos. Los dos hombres los estaban mirando.

– Genial -dijo Matt sabiendo que su hermano menor lo iba a someter al tercer grado.

– Creo que deberíamos mantener esto en el terreno profesional -dijo ella, como si estuviera leyendo los pensamientos de Matt. Abrió la puerta de su todoterreno y se metió en el vehículo.

– Y yo creo que tú eres una mentirosa -susurró Matt-. Admítelo, detective. Me deseas.

– Eres insufrible.

– Eso me han dicho -comentó, con una sonrisa, muy segura de sí misma.

– Buenas noches, vaquero.

Kelly cerró la puerta y apretó los dientes. ¿Qué era lo que tenía Matt McCafferty que tanto le afectaba? ¿Por qué le había permitido que volviera a besarla? Él tenía razón.

Metió la llave en el contacto y arrancó.

«Admítelo, detective. Me deseas», había dicho él.

Si Matt supiera… Aún sentía el sabor de él en los labios. La sangre le latía con fuerza en las venas. Sí, claro que lo deseaba, pero no podía tenerlo. La idea era una locura y completamente fuera de lugar para ella.

Mientras maniobraba para sacar el coche del lugar en el que estaba aparcado, iluminó a Matt con los faros. Él estaba de pie, con las piernas separadas y los brazos cruzados sobre el amplio torso. Kelly metió la marcha y pisó el acelerador.

«Sí, maldita sea. Te deseo», se dijo, «pero no va a ocurrir nada entre nosotros. Tú, Matt McCafferty, eres un completo tabú para mí».


Matt se preparó mentalmente antes de regresar a la casa. Vio la censura que se reflejaba en los ojos de Slade.

– ¿Qué ha sido eso? -le preguntó éste tras tirar la colilla del cigarrillo a la nieve.

– ¿El qué?

– Tú y la detective. No trates de negarlo. Pensaba que estabas vigilando a los del departamento de policía para ver si estaban haciendo su trabajo.

– Y así es.

– ¿Besando a la detective que está a cargo del caso? -se mofó Slade-. Estás intentando acostarte con ella, por el amor de Dios.

– Venga, Slade, déjame en paz… me estoy ocupando del asunto.

– Te estás excediendo. Ella tiene que estar pensando en el caso de nuestra hermana y en nada más, y tú… Tú tienes que mantener la cabeza fría.

– No te preocupes al respecto -dijo Matt.

– ¡Tienes un trabajo que hacer!

Matt agarró a Slade por la pechera de la camisa.

– He dicho que me dejes en paz y lo digo en serio… -dijo. Entonces, tiró de él y colocó el rostro tan cerca del de Slade que sólo con la tenue luz del porche pudo ver cómo la cicatriz que recorría el lateral del rostro de su hermano se teñía de rojo.

– Quietos -les ordenó Kurt, mirando hacia el sendero, hacia el lugar por el que habían desaparecido las luces del coche de Kelly-. Creo que esto podría funcionar.

– ¿Cómo? -preguntó Matt.

Kurt cerró los ojos un instante y se frotó la mandíbula.

– Conversaciones de almohada -les dijo a los dos hermanos.

Slade apretó los labios.

– No me gusta.

– A mí tampoco -estuvo de acuerdo Matt.

Kurt no cedió.

– Antes de que hagas algo que todos podamos lamentar -le dijo-, quiero que me escuches. Todos sabemos que, algunas veces, las mujeres dicen cosas en la cama que no dirían en ningún otro lugar. Esto nos podría beneficiar, y mucho, dado que la detective Dillinger está tan implicada en el caso.

– No se trata de eso.

– Claro que sí. Todos estamos trabajando juntos, ¿no? Para conseguir un fin común. Para descubrir quién demonios está intentando matar a vuestra hermana, y supongo que podemos hacerlo por todos los medios posibles. Besa a esa mujer, acuéstate con ella. No tienes que enamorarte. Ella está aquí y tú vives muy lejos, pero, mientras tanto, podrías divertirte un rato. Además, así podrás descubrir todo lo que la policía podría estar ocultándonos.

– Si es que esa mujer habla -dijo Slade.

– Lo hará con la motivación adecuada. Todas lo hacen.

Dicho eso, Kurt se marchó hacia el lugar donde tenía aparcado su todoterreno, dejando a Matt con un mal sabor de boca.

– No me gusta ese hombre -le dijo a Slade.

– No tiene que gustarte. Sólo tienes que hacer lo que él dice -replicó con la dureza reflejada en los ojos-. Además, quieres acostarte con Kelly Dillinger de todos modos. Ahora ya tienes una excusa.

Ocho

Kelly pisó el acelerador y se dijo que acababa de ganar la medalla a necia del siglo. ¿Qué diablos le había ocurrido? ¿En qué estaba pensando al flirtear tan descaradamente con Matty, encima, besarlo? ¡Era una locura! No podía ni debía enamorarse de Matt McCafferty. No se lo permitiría. Dejarle que la besara ya había sido ya lo suficientemente malo, pero ¿se había quedado en un simple beso en un determinado momento? No. Había tenido que desafiarlo e incluso en aquellos momentos, diez minutos más tarde, sentía el calor, el hormigueo y la impresión de los labios de él sobre los suyos.

– Idiota -gruñó.

Agarró con fuerza el volante y se dirigió a Grand Hope como si estuviera poseída. Aparcó y subió a su casa. Aquel maldito caso la estaba volviendo loca. De eso se trataba. Estaba perdiendo la perspectiva.

Se pasó el resto de la noche repasando el manuscrito impreso de la novela de Randi, tomando notas, leyendo ciertos pasajes una y otra vez y tratando de adquirir cierta perspectiva sobre la personalidad de la hermanastra de Matt. El ama de llaves de los McCafferty parecía estar convencida de que el libro era importante. Kelly no veía cómo. Por lo que ella podía ver, era ficción. No encontró pista alguna sobre la identidad del atacante de Randi ni tampoco halló nada que pudiera indicar quién era el padre de J.R.

Sin embargo, el hecho de que la novela tuviera lugar en el mundo de los rodeos le preocupaba. El padre de Randi no sólo había seguido el circuito de rodeos, sino que dos de sus hermanastros, Matt y Slade, también. Además, estaba la propia Randi.

Resultaba evidente que el mundo de los vaqueros le resultaba fascinante hasta el punto de que, recientemente, había mantenido una breve relación con Sam Donahue, un hombre muy vinculado también a ese ambiente desde una edad muy temprana.

¿Cómo encajaba todo aquello en el libro de Randi? ¿Era significativo o se trataba de otra falsa pista? Una de tantas.