– Oh, ¿de veras? Entonces, ¿por qué hace una distinción? ¿No es porque usted comprobó que la maleta pertenecía a una mujer, y por lo tanto supo que la oferta tenía que haber sido preparada por ella y usted no podía soportar la perspectiva de perder la licitación compitiendo con ella?

Él apuntó un dedo largo y bronceado a la nariz de Lisa, se inclinó doblando el cuerpo en un ángulo peligroso.

– Amiga… -comenzó a decir, pero se interrumpió y comenzó de nuevo-. Señora Walker, ¡usted es una feminista obstinada y egocéntrica! ¿Por qué cree que en el mundo no hay nadie que pueda preparar una oferta mejor que usted? -Comenzó a pasearse por el reducido espacio que había entre la mesa y las sillas-. Dios mío, observe la situación económica, y la cantidad de contratistas que se declaran en quiebra todos los meses. Cuente el número de los que aparecieron en el concurso de hoy. ¡Este proyecto mantendrá a la gente trabajando toda la temporada! Todos deseaban ganar. ¡Era inevitable que el margen fuera reducido!

– Cuatro mil dólares en cuatro millones es un margen demasiado bajo para ser accidental, sobre todo si lo presenta un hombre que tuvo en su poder mi maleta la primera mitad del día.

Una expresión de auténtico disgusto convirtió en granito los rasgos de Sam Brown. Permaneció de pie frente a ella, inmóvil, las mandíbulas apretadas. Durante unos instantes su expresión pareció paralizarse. Pero después se le ablandaron los labios. Sus ojos recorrieron lentamente la blusa de Lisa, sin llegar siquiera a sus caderas antes de volver a ascender. Su voz se convirtió en un ronroneo de disgusto mientras retrocedía un paso y murmuraba con tensa tolerancia masculina:

– Por lo que he visto en su maleta, cabía suponer que se mostraría muy irritable en estos días del mes, de modo que atribuiré todo el incidente a los problemas femeninos, y no insistiré más en su…

– ¡Crack!

Ella descargó la mano abierta sobre el costado de la boca de Sam Brown. El golpe lo desconcertó por un momento, y retrocedió sorprendido y aturdido.

– Usted… degenerado -chilló Lisa-. ¡Podría haber esperado algo parecido de un… pervertido, que lleva revistas pornográficas en su maleta durante un viaje de negocios!

A la izquierda de los labios de Brown aparecieron cuatro rayas rojas. Él cerró los puños. Se le marcaron los músculos del cuello. Los ojos relucieron como pedazos de resina, y sus labios formaron una línea fina y tensa.

El temor se apoderó de Lisa ante su propia temeridad. ¿Qué había hecho? Estaba sola en una habitación de hotel con un completo desconocido, cuya deshonestidad lo llevaba a trampear en los negocios, y ella lo había agredido de una forma salvaje. ¡Quizá él decidiera golpearla después de sufrir ese ataque!

Lisa se llevó una mano temblorosa a los labios, pero se limitó a enderezar los hombros, un músculo tras otro, y consiguió controlar su cólera, mientras se relajaba muy despacio. Sin decir una palabra más, él recuperó su maleta, abrió la puerta y se detuvo, y sus ojos no se apartaron de la cara de Lisa.

– ¿Quién ha revisado la maleta de quién? -rezongó, y agregó sarcásticamente-: ¿…señora?

Hizo una pausa lo bastante prolongada para dar tiempo a que ella se sonrojara. Después se alejó de la puerta con aspecto satisfecho.

Lisa cerró con un golpe tan fuerte que el espejo de la pared amenazó con caer al suelo.

Capítulo 2

Un minuto después, Lisa abrió su maleta y contempló desalentada el contenido. Gimió: no, otra vez no. La desagradable revista continuaba allí dentro y despertaba sus instintos más sórdidos. Comenzó a cerrar la maleta, pero un trozo de tela azul asomó bajo una camisa plegada, de modo que algo prohibido e irritante le sacudió las entrañas. Cruzó los brazos sobre la cintura, miró disimuladamente las prendas dobladas, y después deslizó un índice inocente entre las páginas de la revista, hojeándola en un sentido y en otro varias veces, hasta que por fin la dejó caer abierta, y cruzó los brazos con fuerza sobre el vientre.

Miró, hipnotizada por el cuerpo sin duda espléndido que estaba tendido a orillas de un río. La piel aceitada relucía bajo las gotas de agua, tenía las piernas abiertas de un modo que no ocultaban nada. Los ojos de la modelo estaban cerrados, y la expresión de la cara era una combinación de sensualidad y placer. Los labios abiertos, duros, dejaban escapar la lengua que asomaba entre unos dientes perfectos. Las uñas largas y escarlatas de la mujer descansaban sobre el triángulo oscuro de la femineidad.

Lisa tragó saliva, se sonrojó pero volvió la página. Más de lo mismo. Pensó: «La piel y el pecado… justo lo que uno podía esperar de un hombre como Sam Brown». De todos modos, giró otra página.

La sangre afluyó a su cara, a los dedos de los pies, a la cara interna de sus rodillas, mientras contemplaba las escenas pornográficas de una conocida película. Sintió un vacío en el estómago. Su pecho experimentó cierta tensión, y el vello de los brazos y las piernas se le erizó. El hombre y la mujer estaban íntimamente enlazados, los miembros y los dientes al descubierto…

«¡Sam Brown, eres un individuo repulsivo!» Arrojó la revista, cerró con fuerza la maleta, y retiró la mano como si se la hubiera chamuscado, en el mismo instante en que oyó llamar a la puerta.

Irguió la cabeza, tragó saliva y se llevó las manos frías a las mejillas antes de cruzar la habitación y abrir, aparentando mucho mayor control del que sentía.

Era de nuevo Sam Brown. Pero esta vez se había quitado la chaqueta deportiva y un solo botón le sostenía la camisa al nivel de la cintura, con los faldones marcados por una sucesión de arrugas. Por el cuello abierto Lisa vio de nuevo la pequeña crucecita adornada con turquesas. Apartó rápidamente los ojos de ese pecho desnudo, y comprobó que además el visitante estaba descalzo.

– Parece que hemos vuelto a repetir la escena -dijo él.

– Así parece -replicó Lisa, sin sonreír.

A ella le pareció imposible enfrentarse a la mirada del visitante después de haber visto la revista. «No seas tonta, Walker, este hombre no puede adivinar tu pensamiento.» De todos modos, tenía la impresión de que si la miraba con más atención sabría lo que había estado haciendo antes de su llegada.

– Me preparaba para salir cuando… -Esbozó un gesto con la mano-. Lo mismo de antes, segunda parte. -Volvió los ojos hacia su maleta depositada sobre la cama, con la tapa cerrada pero suelta. De todos modos, ella permanecía como un guardia de palacio, agarrando el borde de la puerta con una mano e impidiendo la entrada del visitante.

– Escuche, lo que dije antes es inexcusable. Desearía disculparme -dijo Sam Brown.

– Sí, creo que tiene que hacerlo -replicó Lisa con voz tensa. La imagen de la revista todavía permanecía en su mente.

Él le entregó su maleta.

– ¿Ese es el modo de responder cuanto intento enterrar el hacha de guerra? Lo menos que puede hacer es mostrarse cortés.

– Está bien, yo… no debí abofetearlo hace un rato; Lo lamento. Bien, ¿estamos de acuerdo así? -Pero tenía la voz tensa y cínica.

– No del todo. -Señaló su maleta-. Deseo que me devuelva mis cosas. Quisiera ir a correr un poco y calmar la cólera y la frustración, pero mi ropa de deporte está allí.

Él esbozó una mueca de reconciliación dirigida a Lisa, y ella se apartó con brusquedad, y con un gesto indicó a Brown que entrara y retirara su maleta. Observó las arrugas en los faldones de la camisa mientras él levantaba la tapa de la maleta para revisar su contenido. La revista estaba encima. La examinó un momento, y después se volvió para mirar a Lisa, con una expresión en el rostro más sombría que antes.

– Verá, que un hombre compre una revista pornográfica no significa que sea un pervertido.

– Cada uno tiene sus propios gustos -contestó Lisa, pero su tono expresaba de manera indudable un juicio negativo.

– Esta revista tiene excelentes entrevistas y críticas de cine y… -De pronto, se le ensombreció el rostro, bajó la cubierta de la revista y accionó el cierre con tres movimientos de muñeca-. No sé por qué demonios debo justificarme ante usted y de todos modos, ¿qué le da derecho a condenar a un hombre por lo que descubre en su maleta?

Ella suspiró con un gesto de fatigada paciencia.

– Escuche, ¿tiene inconveniente en que demos por terminado el asunto? Llevo puesta la misma ropa todo el día, y desearía tomar un baño y comer algo. Ha sido una jornada difícil.

– Muy bien… muy bien. -El retiró de la cama la maleta-. ¡Ya me voy!

Ella estaba esperando para cerrar la puerta, pero antes de que pudiera hacerlo Brown se volvió para mirarla. Casi con enojo afirmó:

– Lamento lo que dije. Fue totalmente impropio, pero tampoco es adecuado su comportamiento, no acepta mis disculpas y no me deja en paz. Sus ojos dicen que…

– Le he aclarado que acepto sus disculpas.

– Entonces, ¿dejará que le pague la cena y podamos hablar de… cualquier cosa? Hay muchos temas de interés, excepto las maletas.

– No, gracias, señor Brown. No estoy interesada. Trabajo para un machista empedernido, y no tengo más remedio que soportarlo mucho tiempo a lo largo de la semana; pero, fuera de él, tengo mucho cuidado cuando elijo a las personas con quienes comparto mi tiempo.

Brown la miró con la frente fruncida. Tenía una expresión ominosa, y parecía dispuesto a explotar de nuevo; pero Lisa defendió su posición, observando sin vacilar a Brown, con una mano sobre el borde de la puerta. De nuevo tuvo conciencia de que él mantenía muy erguido el cuerpo -sobre todo ahora que trataba de controlar su irritación- cuadrando los hombros, y con la piel desnuda del pecho tenso como un tambor. Mostraba una expresión de ira en la cara, con los labios tensos. Sus ojos oscuros parecieron penetrarla durante un momento largo y amenazador. Después, se volvió y comenzó a alejarse.

Con un inquieto suspiro de alivio, Lisa cerró la puerta, apoyó en ella un momento la cabeza, y después echó el cerrojo.

La tensión del día la había consumido, hasta el extremo de que ahora sentía el cuello y los hombros endurecidos por la fatiga. Echó hacia atrás el cuerpo, se pasó la mano sobre la nuca y se masajeó. Con los ojos cerrados y los cabellos sueltos, se preguntó qué había inducido a Sam Brown a formular su invitación. Después, al recordar el material de lectura que él prefería, se dijo que ya sabía la respuesta.

Lisa se acostó en la cama, cruzó los brazos detrás de la cabeza, y trató de apartar de su pensamiento la figura de Sam Brown. Pero la cara de ese hombre reaparecía, como la había visto la primera vez al final de la licitación, cuando él estaba aceptando los saludos de otros hombres… sonriendo, o riendo, o complacido consigo mismo. Recordó las minúsculas arrugas a los costados de los ojos, y se preguntó qué edad tendría. ¿Estaba en mitad de la treintena?

Cuando fruncía el ceño parecía tener más edad… ¡Y ese día había fruncido a menudo el ceño! Pero la expresión de desagrado también lograba que ese rostro sin duda bien formado, pareciera todavía más atractivo…

Apoyó su antebrazo sobre la frente. Pensó, fatigada, que la belleza física no tenía mucha importancia. Cargaría lo que había sucedido durante esa jornada a la cuenta de la experiencia, y olvidaría que había visto a ese hombre.

La cara de Floyd A. Thorpe desplazó la imagen de Brown, y Lisa se preguntó cuál de los dos le parecía más inquietante. Thorpe se mostraría más ofensivo que nunca después del fiasco. Sobre todo porque ella había desobedecido intencionadamente sus órdenes y había pasado la noche en Denver. Había ocasiones en que parecía que era inútil competir en el mundo de los hombres. Pero ella tenía que demostrar su capacidad para soportar la prueba… ¿verdad? ¿Acaso no había tenido que demostrarlo, tanto ante sus propios ojos como frente a los que habían ayudado a trastornar su vida?

Se hundió en un sueño inquieto, y los rostros de Thorpe y Brown se mezclaron en un collage inquietante de su pasado… el de Joel, el del juez…

Despertó sobresaltada, y desvió los ojos hacia la muñeca… ¡las siete y media!… abandonó la cama y comenzó a desvestirse, todo al mismo tiempo.

Llenó de agua la bañera, se dio un baño rápido y refrescante, y maldijo las delgadas toallas del motel y el jabón barato que apenas producía espuma. Mientras se secaba, se acercó a la mesa de tocador y arrojó a un lado la toalla, mientras buscaba el cepillo y comenzaba a alisarse el cabello. Este le llegaba hasta los omoplatos -una cabellera espesa y negra, salvaje como la hierba de la pradera, tan abundante que la obligaba a inclinarse, como si el peso la desequilibrara. Se inclinó en dirección contraria y después enderezó el cuerpo, observando cómo sus pechos se elevaban y descendían rítmicamente con cada movimiento del cepillo.