Durante su infancia y su adolescencia, siempre estaban los tres juntos, siempre camaradas aunque nunca fue un secreto para nadie que Laura sólo tenía ojos para Rye. Cuando llegó a Nantucket la noticia de su muerte, Dan sufrió junto con ella. Los dos caminaban por las playas arrasadas por el viento, conociendo ese sufrimiento particular que sólo padecen los que deben hacer el duelo sin el cadáver. Vagaban impotentes, anhelando la prueba definitiva de la muerte. El océano codicioso, al que poco le importaba la necesidad humana de la paz de espíritu, les negó esa prueba.

Durante esos días de inquietud y vagabundeos, el dolor de Dan fue más breve que el de ella, pues con la ausencia de Rye quedaba libre para cortejarla como siempre había soñado. Sin embargo vivió esa época bajo un manto de culpa, agradecido por la muerte de Rye que le había despejado el camino y sintiéndose asqueado, a la vez, por esa gratitud. Había conquistado a Laura haciéndosele indispensable. Una mañana la despertó el ruido del hacha en el patio trasero, y encontró ahí a Dan, cortando leña para cuando llegara el frío. Cuando el tiempo fresco anunció la llegada inminente del invierno, él volvió sin que se lo pidiese con una carga de algas para poner a modo de protección en la base de la casa, impidiendo el paso de las corrientes que soplaban en la época más dura. Cuando el embarazo la volvió pesada, Dan iba todos los días a cargar agua, llenar la leñera, llevarle naranjas frescas, le insistía en que levantase los pies y descansara para aliviar los dolores de espalda. Y para ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas, meditando ante el fuego y preguntándose si el niño se parecería a Rye. Al empezar el trabajo de parto, fue Dan el que llevó a la partera y a la madre de Laura, y el que luego se paseó, agitado, por el patio trasero, como hubiese hecho Rye de haber estado allí. Fue Dan el que se acercó a su lecho para espiar al recién nacido, y borrar las arrugas de la frente de Laura, asegurándole que siempre estaría con ella, cada vez que Josh o ella lo necesitaran.

En consecuencia, cada vez dependió más de él por todo el apoyo que le prestaba con la mejor disposición, mucho antes de pedirle que fuese su esposa. Derivaron hacia el matrimonio con la misma naturalidad con que las tablas de antiguos navios derivaban hacia las costas de Nantucket con la marea alta. Y si bien en este segundo cortejo no había pasión de parte de Laura, sí había seguridad y compañerismo.

Como en la mayoría de los matrimonios, había uno que amaba más, y en este se trataba de Dan. Sin embargo, por fin se sentía seguro, pues el rival que en otro tiempo pretendió a Laura ya no estaba. Al fin, ella era suya, y lo amaba. Jamás había analizado ese amor, ni admitido que, en buena parte, se debía a la gratitud, no sólo por el apoyo físico y económico, sino por el genuino amor que Dan sentía hacia Josh, como si fuese su propio hijo, y era tan buen padre como puede serlo uno consanguíneo.

Pero cuando ese mediodía entró en la casa y encontró a Rye Dalton allí, sintió amenazada la base misma de su matrimonio.

En ese momento, acostado junto a Laura, le dolía la garganta, agarrotada por las preguntas que no quería formular, temiendo que le diese pánico oír las respuestas. No obstante, había una que no podía eludir, aunque su corazón clamara reserva ante la idea de formulársela a Laura. Frotó el pulgar contra el dorso de la mano de la mujer. Tragó saliva y lanzó la pregunta a la oscuridad con voz rara y contenida:

– ¿Qué hacíais Rye y tú cuando yo entré?

– ¿Qué estábamos haciendo?

Pero la repregunta sonó falsa y poco natural.

– Sí… qué estabais haciendo. ¿Por qué Josh dijo que te sobresaltaste cuando él entró?

– Yo… no lo sé. Como es lógico, me puse nerviosa… ¿quién no lo estaría en el momento en que un hombre muerto acaba de entrar por tu puerta?

– Deja de evadirte, Laura. Tú sabes a qué me refiero.

– Bueno, no preguntes porque no tiene importancia.

– Eso significa que te besó, ¿no es cierto? -Como no obtuviese respuesta, prosiguió-: Lo llevabais escrito en los rostros cuando yo os interrumpí.

– Oh, Dan, de verdad lo siento. Lo que sucedió es que me pilló completamente por sorpresa, y no significó nada más que una bienvenida.

No obstante, en el fondo Laura sabía que sí importaba.

– ¿Y qué me dices de cuando lo acompañaste por el sendero… también te besó?

– Dan, por favor, tra…

– ¡Dos veces! ¡Te besó dos veces! -Le propinó un doloroso tirón a la mano-. ¿Y esa segunda vez qué fue, otra bienvenida?

Hasta entonces, jamás había presenciado la expresión de celos por parte de Dan porque nunca hubo motivos, y la vehemencia que mostró la asustó tanto que la obligó a pensar una respuesta.

– Dan, por el amor de Dios, estás lastimándome la mano. -Dan aflojó el apretón, pero no la soltó-. Cuando Rye entró, no tenía ni idea de que nosotros estábamos casados.

– ¿Acaso tenía intenciones de ocupar su antiguo lugar como tu… esposo?

– Ahora, mi esposo eres tú -dijo Laura en voz suave, esperando aplacarlo.

– Uno de los dos -replicó, con amargura-. El que hoy todavía no has besado.

– Porque no me lo has pedido -dijo, en voz más suave aún.

Dan se incorporó sobre un codo, y se inclinó sobre ella.

– Bueno, no lo pido -murmuró, feroz-. Tomo lo que es mío por derecho.

Sus labios se abatieron con violencia, moviéndose sobre los de la mujer como para castigarla por circunstancias que ella no había provocado. La besó con feroz decisión, para expulsar a Rye Dalton de la mente de ella, de su pasado, aunque ni por un instante ignoró que eso era imposible.

Hundió la lengua a fondo, castigándola con una insensibilidad que Laura nunca había experimentado de parte de él. Dolida, se apartó con brusquedad, y así le hizo comprender lo rudo que había sido.

Inmediatamente arrepentido, la ciñó con fuerza entre los brazos y la aplastó contra sí, hablándole al oído con voz entrecortada.

– Oh, Laura, Laura, lo siento mucho. No quise hacerte daño, pero tengo mucho miedo de perderte, después de tantos años que transcurrieron hasta que por fin fueses mía. Cuando entré y lo vi, sentí como si hubiese retrocedido diez años, y te viera ir tras él como una cachorra enamorada. Dime que no le devolviste el beso… dime que no permitirás que vuelva a tocarte.

Hasta entonces, jamás había admitido estar celoso de Rye desde hacía tantos años. Llevada por la compasión, Laura le acarició con las manos el cabello de la nuca. Lo acunó, cerrando los ojos, besándole la sien, comprendiendo de pronto lo tenue de su certeza, ahora que Rye estaba de regreso. Aún así, tenía miedo de formular compromisos que no estaba segura de poder cumplir.

Sin embargo, había algo que podía decir, y lo dijo de corazón:

– Te amo, Dan. Jamás debes dudarlo.

Sintió que lo recorría un estremecimiento, y que las manos del hombre empezaban a recorrer su cuerpo. El contacto la hizo desear que esa noche no le hiciera el amor, aunque instantáneamente la abatió la culpa por semejante pensamiento. Antes, jamás habían pensado en negársele. Sumisa, le acarició el cuello, la espalda, diciéndose que era el mismo Dan con el que había hecho el amor más de tres años; que Rye Dalton no podía llegar al pueblo y concederle el derecho de alejar a este hombre.

Aún así, quería hacerlo… que Dios la ayudase, porque quería.

Dan le pasó la mano por la cadera, le levantó el camisón, y Laura supo que necesitaba reafirmarse. Abrió su cuerpo a él, se movió cuando supo que eso era lo que esperaba, y lo estrechó con fuerza cuando él gimió y llegó al climax, ocultando el sentimiento de infidelidad por cumplir con un acto que, hasta la noche anterior, le parecía el más natural y grato del mundo.


En el desván, encima de la tonelería, Rye Dalton, acostado de espaldas, sufría la inquietud producida por el vacío de esa casa sin mujer. Cada mueble familiar le hacía evocar a su madre, sentada, trabajando, descansando, y sentía tanto su presencia como cuando estaba viva.

Si bien la primera comida en el hogar fue una mejora con respecto a la ración del barco, estaba lejos de los sabrosos guisados de su madre o de Laura. Aunque el camastro de la infancia era más grande que el del Omega, era un lamentable sustituto de la enorme cama de palo de rosa, con colchón de plumas, que había esperado compartir esa noche con Laura. Cuando se acostó, su cuerpo esperaba mecerse en el balanceo en que vivió durante cinco años, pero la quietud de la cama en la que yacía lo desveló. Fuera, en lugar del silbido del viento en los aparejos oía cascos sobre nuevos adoquines, voces ocasionales, el restallar de un látigo, el ruido que hacía la portezuela de una lámpara callejera al cerrarse.

No eran ruidos perturbadores… sólo diferentes. Se levantó de la cama y fue hasta la ventana que miraba al Sur. Si hubiese sido de día, y estuviese despejado, podría haber visto la cima de su casa, pues los árboles de la isla estaban atrofiados por el viento, y había pocos que superasen en altura a los edificios construidos por el hombre.

Pero estaba oscuro, y una noche casi sin luna ocultaba la visión de la colina.

Imaginó a Laura en la cama que otrora había compartido con él, pero junto a ella estaba Dan Morgan. Sintió como si le hubiesen clavado un arpón en el corazón.

En la cama cercana, Josiah se removió inquieto, y luego le llegó su voz en la oscuridad.

– Muchacho, pensar en ella esta noche no te hará mucho bien.

– Sí, como si no lo supiera… En este mismo instante está allá arriba, acostada con Dan, mientras que yo estoy aquí quieto, deseando.

– Mañana tendrás tiempo de sobra para decirle lo que sientes.

– No necesito decírselo: ella lo sabe.

– Así que te rechazó, ¿es así?

Rye apoyó un codo en el marco de la ventana, con renovada frustración.

– Sí, eso hizo. Pero ahí estaba el chico, convencido de que Dan es su padre, queriéndolo como si lo fuese, según lo que dice Laura. Eso es algo a tener en cuenta.

– ¿De modo que te habló del niño?

– Sí.

El rumor incesante del océano parecía murmurar a través de las ásperas paredes de la casa, mientras Rye seguía escudriñando por la ventana, hacia el patio en sombras. Cuando volvió a hablar lo hizo en voz baja, pero con un orgullo que casi le quebró la voz:

– Es un muchacho gallardo.

– Sí, con la boca como la de la abuela.

Rye volvió el rostro hacia la zona donde estaba la cama del padre, aunque no podía verlo bien.

– Tú has perdido un nieto, del mismo modo que yo una esposa. ¿Alguna vez lo trajo para que te conociera?

– Oh, ella no tiene nada que hacer en la tonelería, y dudo de que al chico le falte el amor de unos abuelos, ya que los padres de Dan cumplen ese papel. He oído decir que lo quieren como si fuese suyo.

Los enredos de la situación cada vez eran mayores. Recordando los días en que Rye se sentía libre para entrar en casa de los Morgan sin invitación, preguntó:

– ¿Eso significa que todavía están bien?

– Sí, los dos están de lo más saludables.

Se hizo un silencio momentáneo, hasta que Rye preguntó:

– Y Dan, ¿qué hace para poder mantenerla en tan buena situación?

– Trabaja como contable, para el viejo Starbuck.

– ¡Starbuck! -exclamó Rye-. ¿Te refieres a Joseph Starbuck?

– El mismo.

Eso lastimó a Rye, porque Starbuck era dueño de la flota de balleneros entre los cuales estaba el Omega. Era irónico pensar que él mismo había ido en procura de riquezas y perdiese a Laura a manos de un sujeto que se había quedado para contar esas riquezas.

– ¿Viste esas tres casas nuevas en la calle Main? -continuó Josh-. Starbuck las hizo construir para los hijos. Contrató a un arquitecto de Europa para que las diseñara. Las llama Los Tres Ladrillos. Starbuck ha gozado de una buena época. El Hero y el President volvieron repletos, y espera que lo mismo suceda con el Three Brothers.

Pero Rye casi no lo escuchaba. Lamentaba el día en que había salido en busca de riquezas… y las había conquistado, pues su parte, un sexto del total, sumaba cerca del millar de dólares, cantidad nada despreciable para ninguna clase de hombre. Pero el dinero no podía devolverle a Laura. Era obvio que Dan le daba una buena vida, que los mantenía a ella y al niño. Tragó saliva, y escrutó la oscuridad, en la dirección en que debía de estar lacima de la casa, recordando la cama de él y de Laura, ahora situada en el nuevo dormitorio.

«¡Maldición! La posee en mi propia cama, mientras que yo duermo en mi cama de niño, y como comida de soltero. Pero no por mucho tiempo -se prometió Rye Dalton-. ¡No por mucho tiempo!»

Capítulo3

Al día siguiente, la niebla se había extendido otra vez sobre Nantucket. Sus zarcillos húmedos parecieron olfatear las punteras de las botas de Rye Dalton como sabuesos de narices sensibles, y luego se retiraban en silencio para dejarlo pasar, sin tocarlo. Mientras se dirigía a grandes pasos a la oficina de Joseph Starbuek, la espesa niebla se movía y se rizaba por encima de su cabeza, y bajo las botas, los opacos adoquines grises parecían renegridos, brillantes de humedad. En el tazón de hierro de la fuente donde abrevaban los caballos se juntaban gotas que corrían en riachuelos, para luego caer con sonidos cantarines, aumentados por una extraña nota musical resonante, por esa niebla que todo lo envolvía. Casi formando un contrapunto, a continuación se oía el clic de las garras de Ship, que seguía a su amo.