En lo más alto de la cadena de colinas que rodeaban Hollywood y protegida por palmeras adultas y eucaliptos de la mirada de los seres corrientes que vivían en el valle, Caidwater era el campo de juegos de un rico; un campo de juegos que ahora estaba atado al cuello de Rory con el nudo corredizo del verdugo.

No era de extrañar que tuviese la sensación de que se ahogaba.

Con la mano en el picaporte, Rory hizo un alto antes de hacerla pasar a la entrada principal. Recapacitó y llegó a la conclusión de que lo mejor era evitar al servicio.

Sin dar la menor explicación, Kincaid se apartó de la puerta principal y, sin dejar de sujetar a Jilly del codo, atravesó rápidamente la verja que conducía a una terraza lateral. La muchacha trotó a su lado y se las apañó a pesar de los absurdos tacones y de tener que luchar por mantener el vestido en su sitio. Rory no se atrevió a correr el riesgo de soltarla hasta que llegaron a una puerta lateral. Cuando abrió, el aire fresco y el olor a aceite caro, con aroma a limón y alcohol, escaparon a través del hueco de la puerta.

Sin dejar de sujetar los restos del vestido, Jilly lo precedió, franqueó la puerta y miró a su alrededor con ligera curiosidad.

– ¡Caramba! Piscinas, un estanque para canoas y cuarenta y cuatro habitaciones. Parece exactamente lo que un déspota podría desear.

Rory se quitó las gafas de sol y entrecerró los ojos. Tras ese comentario tuvo la sensación de que la joven había conocido a su abuelo. Rechazó la idea y la condujo a la biblioteca que había convertido en su despacho. Los estantes empotrados cubrían las paredes y estaban ocupados por miles de libros encuadernados en cuero, textos que jamás se habían leído, volúmenes vendidos junto con la casa comprada por Roderick en 1939.

– Espere aquí -pidió Rory, y señaló una silla-. Tardaré un minuto en encerrar al animal.

En cuanto Beso estuviera en su jaula, Rory encontraría la manera de cubrir decentemente a la mujer y agradecerle que se hubiera tomado la molestia de dedicarle un rato; luego seguiría buscando la forma de deshacerse de la ropa. Bastarían cien pavos para que esa chica se largase contenta y con las manos vacías.

– ¿Le molesta que lo acompañe?

Rory se detuvo ante la puerta que conducía al resto de la casa. Miró por encima del hombro y estuvo a punto de atragantarse de desesperación. No era necesario que sufriera un ataque de pánico ni que la llevara al interior de la casa, pues ella ya se había arreglado el vestido.

Evidentemente la joven reparó en la dirección de su mirada y esbozó una sonrisa antes de explicar:

– Un viejo amigo de la familia perteneció a la marina. -En un abrir y cerrar de ojos, había enlazado el tirante roto con algo del interior del corpiño del vestido y lo había anudado-. Creo que lo llaman nudo marinero. -Preocupada, Jilly se mordió el labio inferior-. Bien, ¿puedo acompañarlo?

Rory apartó la mirada del nudo del tirante y de la boca de la mujer y consultó el recargado reloj de pared, situado tras ella.

– Mi tía está durmiendo -contestó-. No quiero molestarla.

Rory reprimió el escalofrío que experimentó ante la mera posibilidad; su tía ya era bastante arisca sin necesidad de despertarla.

– Me encantaría ver el resto de la casa -se apresuró a decir Jilly.

Kincaid enarcó las cejas. La chica no se había mostrado excesivamente impresionada cuando minutos antes le había descrito la mansión. De todos modos, deseaba deshacerse de ella con el menor jaleo posible, si bien reconocía que había cometido el error de hacerla entrar. Cabía la posibilidad de que, si hacían un recorrido rápido, la curiosidad de la mujer quedase satisfecha… o se llevara un chasco.

Caidwater ya no estaba a la altura de su fama. A diferencia de lo que había sucedido en el pasado, hacía tiempo que los agentes de Hollywood, decadentes y medio ebrios, no deambulaban entre las mesas de billar ni remojaban sus sobrevalorados cuerpos en la humeante piscina de burbujas. Los únicos aspirantes a estrellas, falsos y ambiciosos que deambulaban por los pasillos eran los amargos fantasmas que poblaban la mente de Rory.

– De acuerdo, vamos -propuso. Echó a andar por el pasillo y señaló el impresionante espacio que se abría al otro lado de la extensión cubierta con baldosas-. El acogedor salón -comentó con ironía.

El artesonado estaba cubierto con pan de oro, las paredes estaban revestidas con maderas primorosamente talladas y había una chimenea de piedra capaz de albergar a una orquestra de pocos miembros. Si la memoria no le jugaba una mala pasada, durante una fiesta demasiado concurrida es lo que sucedió.

En lugar de detenerse a evaluar la respuesta de la mujer, Rory siguió caminando, señaló el comedor y a continuación la entrada a la sala de cine, con aforo para cien personas.

– Allí está el ascensor -añadió, señaló otras puertas de madera rebuscadamente talladas y se desvió hacia la escalera de caracol, de roble.

Jilly aferró con una mano la falda del vestido y subió peldaño a peldaño junto al dueño de casa. Se mantuvo a su lado hasta que Rory se detuvo ante una puerta cerrada del primer piso.

– Es la habitación de mi tía -susurró-. Entraré y meteré a Beso en la jaula.

Jilly asintió y volvió a morderse el labio inferior.

Rory contuvo el aliento y entró. Su tía ocupaba una suite de dos habitaciones, el cuarto en el que estaba y el dormitorio situado al otro lado de la puerta cerrada. Caminó de puntillas entre varios objetos de su tía desparramados por el suelo, como una colcha de ganchillo, dos libros y un par de instrumentos musicales que usaba para entretenerse, y avanzó sin hacer ruido hasta la jaula de Beso. Con movimientos precisos y silenciosos introdujo la chinchilla, que no cesó de retorcerse, y cerró firmemente la puerta de la jaula. Aún no había logrado desentrañar cómo se las apañaba Beso para escapar, y su tía afirmaba que no lo sabía.

Lanzó una mirada furtiva en dirección al dormitorio de su tía, albergó desde lo más íntimo la esperanza de no haberla despertado, se volvió hacia la puerta que comunicaba con el pasillo y caminó deprisa y en silencio.

Se movió sin hacer ruido hasta que con las prisas pisó una pandereta. Aunque permaneció inmóvil, el instrumento se deslizó agoreramente por la alfombra oriental, chocó con la pared de yeso con bastante impulso y produjo sonidos suficientemente estrepitosos como para despertar a los muertos.

¡Mierda!, dijo para sus adentros.

Rory tensó los hombros y se preparó para las previsibles consecuencias, que no tardaron en llegar.

– ¡Eh! -exclamó una voz, en principio quejumbrosa, si bien enseguida se fortaleció-. ¡Eh! -Como no obtuvo respuesta, la voz se tornó más estentórea y quejica-. ¿Quién anda por ahí?

Rory hizo una mueca y procuró disimular el ligero sudor que cubría su piel. Se obligó a esbozar una sonrisa conciliadora, tragó aire y se acercó al dormitorio de su tía. No se sorprendió cuando, repentinamente, notó que Jilly Skye estaba a su lado. Sabía a la perfección que era imposible pasar por alto la voz de su tía.

Rory volvió a respirar hondo, abrió la puerta con delicadeza y se dispuso a hablar con su tía, que estaba sentada en la cama con dosel, cubierta con su camisón de encaje. La huella de la almohada marcaba su mejilla y la expresión de contrariedad torcía sus labios hacia abajo. El magnate tragó saliva y musitó:

– Iris…

La expresión de contrariedad se trocó en una mueca monstruosa.

– He dicho que quiero que me llames…

– Tía -se apresuró a añadir Kincaid, y levantó la mano, como si quisiera contener el malestar de la niña-. Lamento haberlo olvidado.

La pequeña levantó la barbilla con actitud de emperatriz y Rory notó que miraba a la mujer que se encontraba a su lado.

– ¿Quién es? -quiso saber, y la señaló con el dedo, como una reina que asiste a decapitaciones.

Rory esbozó una sonrisa de resignación y se volvió ligeramente. La expresión de Jilly Skye era de curiosidad, sorpresa y algo más que no consiguió desentrañar.

– Señorita Skye, quiero presentarle a mi tía Iris Kincaid. Iris, te presento a la señorita Jilly Skye.

Como si cada día saludase a crías de cuatro años que eran las tías ariscas y exigentes de hombres de treinta y dos, Jilly recorrió la mullida alfombra blanca y estrechó la mano de Iris.

A Rory le costó creer lo que veía. Hacía un mes, cuando conoció a la niña, temió que le mordiera, miedo que aún no había desaparecido. Sin embargo, Jilly no parecía recelar de Iris. Es más, sin que se produjeran incidentes fue a buscar y le entregó el vaso de agua que la cría pidió.

Rory se mantuvo en la seguridad relativa de la puerta del cuarto de juegos y su sorpresa se convirtió en perplejidad cuando Jilly acomodó a Iris en su nido de edredones ligeros. Jilly se despidió con un ligero ademán, al que Iris respondió soñolienta, y luego salió al pasillo.

Poco dispuesto a correr riesgos, Rory cerró la puerta del cuarto de juegos con todo el cuidado del mundo.

Los ojos de la joven brillaban cuando comentó:

– Es una niña adorable.

Al principio Rory pensó lo mismo. Iris tenía una preciosa y dorada cabellera y los famosos ojos azules de los Kincaid. Claro que su personalidad, al menos en lo que a él ser refería, era más de barracuda que de beldad infantil.

– Apenas hemos comenzado a conocernos -comentó Rory de forma poco comprometedora, y se dirigió hacia la escalera-. No la conocí hasta que murió su padre, es decir, mi abuelo. Ahora soy su tutor.

– ¿Su tutor? -inquirió Jilly en un tono cargado de curiosidad.

– El abuelo la dejó a mi cargo -respondió Rory-. Está bajo mi responsabilidad, aunque le aseguro que todavía no he acabado de acostumbrarme a la idea.

Rory sabía que los niños necesitan estabilidad y que él era el mejor y el único Kincaid capaz de proporcionársela.

Su mentor, el senador Fitzpatrick, se frotó las manos al conocer la noticia; aseguraba que criar una «hija» fomentaría en la mente de los electores la imagen de Rory como amante de la familia.

Esos pensamientos le recordaron todo lo que tenía que hacer antes de la impresionante fiesta para recaudar fondos que se celebraría al mes siguiente. Las tareas incluían sacar de la casa los condenados trajes y vestuario, por lo que volvió a experimentar la sombría sensación de que un naufragio estaba a punto de producirse.

Desvió la mirada hacia Jilly mientras la conducía de regreso a la biblioteca. Echó un único vistazo al rutilante vestido de noche y a la generosa parte de arriba de su cuerpo, apenas ocultada, y recordó que, en el mejor de los casos, esa mujer era una excéntrica y, en el peor, una influencia negativa para su tía.

Había compartido suficientes experiencias con mujeres excéntricas y negativas como para no querer saber nada de ellas durante el resto de su vida.

Dado que sabía lo que tenía que hacer, al llegar a la biblioteca cerró la puerta y luego apoyó una nalga en la esquina del escritorio. Señaló una silla y Jilly Skye tomó asiento. Su falda de lentejuelas fluyó como el agua por encima de sus rodillas juntas. Adoptó una expresión expectante pese a lucir un vestido de estrella porno; Rory restó importancia a la sensación que tenía de estar a punto de aplastar a un gatito.

– Escúcheme… -Vaciló, pues no sabía cómo abordar el tema-. Me parece que, después de todo, el acuerdo al que llegamos por teléfono no servirá de nada.

Jilly entrecerró sus ojos verdes como un gatito que detecta dificultades.

– ¿Hay algún problema?

– Verá, no se trata exactamente de un problema.

La muchacha se deslizó hacia el borde del asiento de cuero.

– ¿No está conforme con mis referencias?

– Sus referencias son correctas, mejor dicho, excelentes.

Jilly le había dado los nombres de diversos profesores de universidades locales, de conservadores de dos museos y el del presidente de una organización de coleccionistas.

Rory se pasó la mano por los cabellos cortos.

– El mes que viene nos vamos, pero antes celebraré en la residencia una fiesta muy importante. Me parece que representará demasiadas dificultades y llevará demasiado tiempo seleccionar, clasificar y resolverlo todo para esa fecha. Bastará una llamada telefónica para que cualquier tienda local de ayuda humanitaria envíe sus camiones y lo saque todo en un par de días.

– ¡Pero no puede hacer eso! -exclamó Jilly de viva voz. Tragó saliva y, tranquilizada, volvió a empezar-. Estoy segura de que le cuesta darse cuenta del valor de lo que posee, pero le aseguro que es considerable. Su abuelo prometió algunas cosas, concretamente su vestuario de actor, a un museo. Como le comenté por teléfono, le cobraré un precio más que razonable por mis servicios de evaluación y catalogación a cambio de que me permita adquirir parte de las piezas que no están destinadas al museo.