– ¿Qué queréis que haga?

– Deseo que tu prima Catherine se convierta en la próxima reina de Inglaterra -contestó el duque. Sorprendido, su nieto enarcó las cejas, pero guardó silencio y dejó que su abuelo terminara de exponer su plan-. Me consta que Enrique Tudor la mira con buenos ojos y cuando su matrimonio sea anulado quiero que la tome como esposa. Sólo hay una cosa que se interpone en su camino.

– Lady Nyssa Wyndham -adivinó Varían de Winter-. Yo también he oído las habladurías que corren por palacio. El rey está confuso como un joven de dieciséis años y no acaba de decidirse. Si no me equivoco, Nyssa Wyndham tiene tantas posibilidades de convertirse en la próxima reina de Inglaterra como nuestra Catherine. ¿Cómo la llama el rey? Su rosa salvaje, o algo parecido. Os advierto una cosa, abuelo: esa rosa tiene espinas. Es la mujer más decente que he conocido y sólo vive para servir a la reina.

– En cambio, a tu prima Cat la llama «mi rosa sin espinas» -repuso el duque-. Debemos asegurarnos de que su majestad escoge a la más dócil de entre las rosas de su jardín y ésa es nuestra Catherine. Nyssa Wyndham debe caer en desgracia y ahí es donde entras tú. Tengo un plan.

– Apuesto a que es así -rió Varían de Winter.

– Si el rey descubriera a lady Nyssa en brazos de su amante, se sentiría tan defraudado que abandonaría inmediatamente la idea de casarse con ella y entonces Catherine tendría el campo libre. ¿No te parece un plan infalible?

– Casi infalible -contestó el conde-. ¿No se os ha ocurrido pensar que el rey se pondrá tan furioso que ordenará decapitar al amante de la joven?

– No debes preocuparte, muchacho -le tranquilizó su abuelo-; te garantizo que conservarás la cabeza sobre los hombros. Oficialmente, Enrique Tudor todavía es un hombre casado y, aunque puede tener todas las amantes que desee, la elegida no debe ser una joven de buena familia; una cosa así no estaría bien vista. Toda la corte sabe que está cortejando a esas dos muchachas pero hacemos la vista gorda y guardamos un silencio prudente. Si te atrevieras a acusarle de prestar demasiadas atenciones a esas jóvenes delante de su esposa, entonces sí podrías perder la cabeza. Enrique Tudor es un mojigato que se cree un monarca justo y piadoso. Antes seduciría a una mujer casada que a una doncella. Catherine Howard y Nyssa Wyndham son su ideal de pureza e inocencia. Cualquiera de las dos sería una esposa perfecta y nosotros vamos a ayudarle a decidirse. Cuando el rey descubra que Nyssa Wyndham no es la muchacha decente y virtuosa que él creía, sólo tendrá ojos para nuestra Catherine -añadió frotándose las manos-. En cuanto a lady Nyssa, su familia la envió a la corte para encontrarle un buen marido. Cuando el rey os descubra en la cama ordenará que te cases con ella como castigo por haberla deshonrado. Yo mismo me encargaré de meterle esa idea en la cabeza e intercederé por ti. El rey se prendará de nuestra Catherine y tú tendrás una preciosa heredera como esposa. Su familia tampoco podrá protestar: tú habrás cumplido con tu deber casándote con ella y su preciosa hijita se habrá convertido en la condesa de March.

– ¿Y si te digo que no pienso hacerlo? -preguntó Varian de Winter-. Tu plan no es tan brillante como pretendes hacerme creer. El rey reacciona de manera imprevisible cuando está furioso y sabes que podría enviarnos a la muchacha y a mí a la Torre.

– Si te niegas encontraré a otro que lo haga por ti -contestó su abuelo-. ¿Hablas en serio, Varian? Hasta ahora, siempre has hecho todo cuanto te he pedido. Sabes cuánto confío en ti.

– Así es, abuelo. Siempre he hecho todo cuanto me habéis pedido. Vuestro hijo Enrique sedujo a la hija de uno de los granjeros que trabajaban en vuestras tierras y cuando la muchacha descubrió que estaba embarazada y que mi tío le daba la espalda se colgó de una viga. Nunca reveló el nombre de su amante pero aseguró que era un familiar del duque de Norfolk. Me pedisteis que me culpara por un crimen que no cometí y yo obedecí porque entendía que el heredero legítimo de la casa de Norfolk debía ser un hombre de reputación intachable. Sé que siempre me estaréis agradecido por ello, pero desde ese día he tenido que sufrir el desdén de la corte y las madres apartan a sus hijas de mí como si fuera un apestado. Tengo casi treinta años y no encuentro a una mujer dispuesta a casarse conmigo y a darme hijos. Y ahora me pedís que ponga el cuello bajo el hacha del verdugo para que la tontita de mi prima Catherine se convierta en la próxima reina de Inglaterra. Por el amor de Dios, abuelo, ¿no hemos tenido bastante con una Howard como reina?

– Si haces lo que te pido conseguirás a esa esposa que tanto deseas -insistió el duque-. Su familia es famosa por el elevado número de bebés sanos que tienen sus mujeres. ¡Di que sí, Varían! La muchacha es preciosa y muy rica.

Varían de Winter cerró los ojos y se sumió en sus pensamientos. Su abuelo estaba decidido a llevar a cabo su plan tanto si decidía ayudarle como si no. Recordó el baile que había compartido con Nyssa Wyndham hacía algunos meses. No sólo era preciosa, sino también ingeniosa e inteligente. Había tratado de conquistarla pero había advertido la expresión de alarma en el rostro de su tío cuando había corrido a separarla de su lado. Desde ese día, la joven le había evitado pero él no se daba por vencido y se había propuesto ganarse su confianza y su cariño.

Apenas la había visto después del día de la boda del rey porque la joven vivía para servir a la reina y no se separaba de su lado. De vez en cuando cruzaban una mirada en el comedor, en la capilla o en el jardín pero, aunque había tratado de acercarse a ella, no habían vuelto a cruzar palabra. Y ahora su abuelo le revelaba un plan monstruoso con el que pretendía arruinar su reputación y dejar el campo libre a su prima Catherine.

¿A quién escogería su abuelo si se negaba a ayudarle? Quizá a algún bruto que maltrataría a la pobre chiquilla. La idea de que otro hombre la poseyera le hacía hervir la sangre pero no se atrevía a expresar sus pensamientos en voz alta. Nyssa Wyndham debía ser sacrificada por la ambición de los Howard y sólo podía hacer una cosa para ayudarla.

– ¿Es necesario que la deshonre? -preguntó.

– No -contestó el duque-. Drogaremos a la joven y la llevaremos a tu cama. Cuando proclame su inocencia nadie la creerá y -el rey se pondrá tan furioso que no se molestará en comprobar hasta dónde habéis llegado. Yo también me fingiré muy furioso e insistiré hasta que el rey ordene que os caséis antes de que se desate el escándalo. No podrá negarse porque sabe que no estaría bien visto que hiciera público su interés por una de las damas de honor de su esposa.

– Será mejor que no os equivoquéis, abuelo -suspiró el conde de March, resignado-. Temo que vuestra ambición acabe por perderos y siento pena por la pobre Nyssa. Estoy avergonzado por aceptar vuestra propuesta pero no quiero que nadie haga daño a la muchacha.

– ¿La conoces? -preguntó el duque.

– Bailé con ella el día de la boda de su majestad con lady Ana pero cuando su tío se dio cuenta se apresuró a llevársela. No es de extrañar si tenemos en cuenta que toda la corte me culpa por haber empujado a la muerte a una mujer embarazada. Es encantadora y espero ganarme su cariño. ¡Que Dios me ayude si no lo consigo! Siempre he dicho que un hombre y su esposa deben ser buenos amigos.

– Me pregunto quién te ha metido esas ideas tan absurdas en la cabeza -repuso su abuelo-. Lo único que debes mirar de una mujer son las tierras y el dinero que aporta como dote y la pureza de su sangre. Eso es lo único que importa.

El conde de March agachó la cabeza y no contestó. Era un hombre frío y sin principios como todo Ho-ward pero debajo de aquella máscara de arrogancia se escondía un corazón de oro, lo más valioso que había heredado de su padre. Enrique de Winter había muerto cuando Varían tenía dieciséis años y hasta el día de su muerte no había dejado de hablar de su María Eliza-beth. Aunque Varian no había llegado a conocerla, las palabras de su padre habían conseguido despertar su cariño por su madre. Su retrato, regalo de bodas, había estado colgado siempre en el dormitorio del conde. Cuando era pequeño solía contemplarlo mientras se decía que era la mujer más hermosa que un niño podía tener como madre y cuando creció le pareció una mujer muy joven de aspecto frágil. Nyssa Wyndham le recordaba a ella.

– ¿Cuándo debe ocurrir? -suspiró.

– Esta misma noche -contestó el duque.

– ¿Tan pronto? Abuelo, ¿no podríais darme unos días para ganarme su confianza?

– ^¡Qué pérdida de tiempo! -exclamó Thomas Ho-ward-. Tú mismo acabas de decir que su familia no deja que te acerques a ella. Te diré otro secreto: Crom-well no tardará en caer. Acabará en la Torre y morirá como un traidor pero no tenemos mucho tiempo.

– ¡Pero si el rey acaba de nombrarle conde de Es-sex! -exclamó Varian de Winter sorprendido-. ¡Ya lo entiendo! El rey trata de hacerle creer que sigue confiando en él ciegamente para que se afane en deshacer su matrimonio con lady Ana. Cromwell no piensa con claridad cuando está asustado.

– Exactamente -sonrió el duque, orgulloso de su astuto nieto. Qué lástima que no sea un Howard legítimo, se lamentó. Varian razona como un cortesano pero tiene corazón de campesino. Permanece en la corte para complacerme pero sospecho que cuando el rey le descubra junto a lady Nyssa tendrá que marcharse. Voy a echarle mucho de menos.

El conde de March advirtió que su abuelo se arrebujaba en su batín de terciopelo con cuello de piel y echó otro leño al fuego.

– Contadme los detalles de vuestro plan, abuelo -pidió.

– Lady Rochford administrará un somnífero a todas las damas de honor. Cuando estén dormidas, dos de mis hombres entrarán en la habitación y llevarán a Nyssa Wyndham a tu dormitorio. Luego vendrán aquí, me comunicarán que todo está listo y yo iré en busca del rey. Irrumpiremos en tu habitación, así que asegúrate de ofrecer una estampa convincente. Cuando la abraces seguramente se despertará pero, aunque proteste, nadie creerá en su inocencia. El rey la rechazará y Catherine ocupará su lugar. Prometo recompensarte en cuanto se celebre vuestro matrimonio. Eres el único en quien puedo confiar.

Brillante, se dijo Varían de Winter. A su edad, la mayoría de los hombres se retiran a disfrutar de los pocos años de vida que les quedan, pero Thomas Howard no puede dejar de maquinar planes malvados.

– Tomaré parte en vuestro plan pero quiero tener esas tierras esta misma tarde. No soy tan confiado como mi padre, que en paz descanse.

El duque de Norfolk estalló en ruidosas carcajadas.

– ¡Has salido inteligente como un Howard en vez de confiado como un De Winter! -rió-. Está bien, tú ganas; serán tuyas antes de la puesta de sol.

– Será mejor que cumpláis vuestra promesa o vuestro plan se irá al agua. Y espero que seáis muy generoso conmigo.

– Está bien, está bien. Y ahora vete, muchacho. Todavía tengo muchas cosas que hacer.

– Apuesto a que sí -contestó el conde de March haciendo una reverencia a su abuelo y abandonando la habitación.

El dormitorio de Varían de Winter se encontraba cerca del de su abuelo, un signo inequívoco del cariño que el duque sentía por su nieto. Había vivido con su padre en Winterhaven hasta el día de su sexto cumpleaños. Hasta entonces, había visto al abuelo Howard unas cuantas veces y aquel día le recordaba de pie junto al sillón de su padre, en la biblioteca, discutiendo con él su futuro.

– Es hora de llevar al niño al hogar que nunca debería haber abandonado -había dicho el abuelo-. Ha pasado estos seis años entre campesinos y tiene los modales de un cabrero. Es mi único nieto y deseo que se críe como tal.

– ¡También es mi único hijo! -había protestado débilmente Enrique de Winter-. Pero tenéis razón, señor. Yo ya he hecho todo lo que tenía que hacer en esta vida y deseo morir aquí, pero Varían debe conocer otros lugares y a otras gentes antes de decidir cómo desea vivir. Vos sois la persona más indicada para enseñarle todo cuanto necesita saber. Podéis llevároslo pero deberá pasar los veranos aquí conmigo para que no olvide que nació De Winter. Es todo cuanto tengo y voy a echarle mucho de menos.

Así había sido cómo Varían había ido a vivir con el duque de Norfolk y había crecido junto a los dos hijos que su abuelo había tenido con su segunda esposa. Enrique Howard había nacido al año siguiente de su llegada y Varían tenía diez años cuando nació su tía María.

Cuando tenía quince años, su tío Enrique había seducido a la hija de unos granjeros. El furioso padre había propinado una monumental paliza a la joven en un vano intento por averiguar el nombre de su amante pero la muchacha sólo había revelado que se trataba de «uno de los señores». Había vuelto a ver a Enrique en secreto pero éste, temeroso de su poderoso padre y avergonzado por tener que admitir su pecado delante de su madre, había hecho oídos sordos a sus súplicas. Desesperada, la joven se había colgado de una viga del granero de su padre y el escándalo se había desatado entre los sirvientes del duque.