– Gracias. Tú también lo estás.

Rafe entró en el salón y miró la hora.

– Tenemos que estar en la antesala del comedor dentro de diez minutos.

– Si estás insinuando que lleguemos tarde, olvídalo. Siempre llego a tiempo a mis citas -intervino Cleo, que también estaba presente-. Sobre todo, si voy a tener ocasión de conocer a varios príncipes de carne y hueso.

– Está bien. Si ya estáis preparadas, vámonos…

Zara miró a su hermana y le pareció tan arrebatadora y bella con aquel vestido azul que no pudo creer que Rafe se sintiera atraído por ella y no por Cleo. Pero no tuvo ocasión de pensar más en ello, porque en ese momento las tomó del brazo a las dos.

Cleo se pegó a él de inmediato. Pero Zara, siempre más tímida, se mantuvo a cierta distancia mientras avanzaban por el corredor.

– Rafe, vas armado… -comentó Cleo.

– Soy un hombre cauto.

– Este hombre se toma su trabajo muy en serio, hermanita. Deberías advertirle que se mantenga alejado si alguien te pide bailar con él.

– Zara puede hacer lo que desee -comentó Rafe.

– Ah, sí, ya me lo han contado. Puede hacer lo que quiera siempre que se limite a mirar. Caramba, Rafe… No pensaba que fueras de esa clase de hombres -dijo Cleo, en tono de recriminación-. Había pensado que te gustaba la acción, que no permanecías al margen de las cosas.

Zara se sintió profundamente avergonzada por el comentario de su hermana y deseó que no lo hubiera hecho. Intentó cambiar de conversación, pero no fue necesario porque justo entonces llegaron a la antesala.

Alrededor de una docena de personas se encontraban charlando animadamente en pequeños grupos. Sin embargo, todos quedaron en silencio cuando la vieron.

Sabrina estaba allí, junto con un hombre alto y atractivo que supuso sería su marido. Todos los hombres llevaban esmoquin y algunos lucían condecoraciones y bandas. Y en el centro se encontraba el rey, que sonrió al verla.

– Querida Zara, estás preciosa esta noche -dijo Hassan-. Me alegra mucho que te hayas puesto ese collar. Se lo regalaron a mi bisabuela cuando cumplió veinte años y siempre ha sido mi joya preferida.

El rey se inclinó sobre ella y la besó en una mejilla antes de volverse hacia Cleo para saludarla.

Zara notó que todo el mundo la estaba mirando. Y también notó que Rafe se había alejado para hablar con el marido de Sabrina y que la princesa no parecía precisamente contenta.

Después, el rey le presentó a sus cuatro hijos. Todos eran encantadores, pero resultó evidente que estaban más interesados en Cleo.

Al cabo de un rato, el rey se acercó a ella y le dijo en voz baja:

– Sé que estás nerviosa, pero tranquilízate. Sólo es un acto sencillo, sin demasiada relevancia.

– Ten en cuenta que no estoy acostumbrada a estas cosas…

– Tonterías. Además, esta noche sólo vendrán unos cuantos cientos de personas.

– ¿Unos cuantos cientos? No pensarás decir nada sobre mí, ¿verdad? -preguntó, aterrorizada.

– Por supuesto que no. Primero quiero que te acostumbres a la vida en palacio.

– No sé si conseguiré acostumbrarme. Además, creo que deberíamos esperar a que me hiciera unas pruebas para saber si efectivamente soy tu hija.

Hassan rió.

– Querida mía, no necesito ninguna prueba. Sé que lo eres.

A lo largo de los siguientes minutos le presentaron a todo tipo de personas, incluido el príncipe Kardal, que resultó ser bastante más amable y agradable que su esposa. Y ya casi se había convencido de que conseguiría sobrevivir a la velada cuando apareció un mayordomo y anunció que era hora de pasar al salón.

Hassan fue el primero en entrar. Por desgracia, Zara no tuvo más remedio que abrir la marcha con él porque el rey la tomó del brazo. Pero unos segundos más tarde se acercó un hombre para hablar con el monarca y ella aprovechó la ocasión para apartarse unos metros.

Rafe se dio cuenta, se acercó a ella y murmuró:

– Simula que te estás divirtiendo.

– ¿Mi incomodidad es tan evidente?

– Bueno, los invitados del rey no suelen comportarse como si estuvieran apunto de matarlos.

– Preferiría ir al dentista antes que estar aquí.

– Pero no tienes elección. Así que prepárate: estás a punto de conocer a las personas más importantes del país.

– Oh, Dios mío… No podré hacerlo. Siempre olvido los nombres.

– Prueba a asociarlos con algo, con algún detalle distintivo. Por ejemplo, si algún conde tiene nariz de gancho, piensa en él como conde Gancho.

– ¿Es que hay alguno que se llame así?

– No, sólo era un ejemplo…

– ¿Y si me da un ataque de risa?

– Me veré obligado a lanzarte un vaso de agua a la cara.

– En tal caso, intentaré controlarme.

– Piensa en el rey. Está muy contento y dudo que pretendas herir sus sentimientos.

Hassan volvió entonces a su lado y comenzó a presentarle a los invitados. Intentó aplicar la técnica que le había recomendado Rafe para recordar los nombres, pero todos ellos le parecieron perfectos y, en cierto sentido, iguales.

Entonces se detuvieron ante un hombre joven, de treinta y pocos años, alto y de ojos azules.

– Zara, me gustaría presentarte al duque de Netherton.

– Alteza, siempre es un honor encontrarse con usted. Señorita Paxton…

Zara deseó salir corriendo y esconderse. Pero en lugar de huir, se obligó a sonreír e intentó ser espontánea y sincera hasta cierto punto.

– Es la primera vez que me presentan a un duque. ¿Cómo debo llamarlo?

– Byron, por favor. Y le ruego que no haga bromas al respecto. Digamos que mi madre es una fanática de Lord Byron…

Tras el encuentro con el duque, Zara se sintió más animada. Lo estaba haciendo mejor de lo que habría imaginado.

Poco después se les unió otro hombre, llamado Jean Paul. No tenía título, pero no tardó en mencionar que su familia poseía un castillo desde hacía quinientos años, así como infinidad de viñedos y de obras de arte que naturalmente le invitó a ver.

– ¿Quieres una copa de champán? -preguntó Jean Paul en determinado momento.

Byron, con quien ya había empezado a tutearse, intervino.

– Lo siento, pero Zara ya me había dicho que me acompañaría al bar.

Hassan sonrió.

– Está bien, os dejaré a solas. Así podréis competir tranquilamente por el afecto de Zara.

Zara miró a Rafe como pidiéndole que la ayudara, pero Rafe se mantuvo alejado. Sin embargo, los siguió a cierta distancia cuando se dirigieron al bar.

– Sólo tomaré agua con gas -comentó ella.

– ¿No prefieres champán? -preguntó Jean Paul.

– Esta noche no, gracias.

Ya habían servido las copas cuando Jean Paul dijo:

– Tengo entendido que has conocido recientemente al rey…

– Sí. Mi hermana y yo llevamos poco tiempo en Bahania.

– ¿No lo habías visto antes? -preguntó Byron, sorprendido-. ¿No habíais tenido ningún tipo de contacto?

– No.

Jean Paul asintió.

– Eres tan encantadora, Zara… Dime una cosa: ¿qué haces cuando no te dedicas a volver locos a los hombres?

– Soy profesora en una universidad de Washington.

– ¿Y hay alguien especial en tu vida? -preguntó Byron.

– Ahora ya lo hay -dijo Jean Paul, molesto.

Byron no hizo caso alguno a su rival e insistió:

– Suelo visitar a menudo tu país. Viví allí casi un año, cuando terminé la carrera en Oxford.

Jean Paul no tardó en contraatacar.

– Lo único tan bello como tú es la visión de los viñedos en el verano, después de la lluvia. Las uvas brillan bajo el sol y no sería capaz de describir la inmensa belleza de los olores… Como Bahania, Francia es un festín para los sentidos. No como esa fría y oscura isla de la que procedes, Byron.

– ¿Has estado alguna vez en Inglaterra? -preguntó Byron a Zara-. Nuestro palacio está abierto al público de miércoles a sábado. Nuestra residencia londinense, en cambio, es privada. Pero si quisieras venir alguna vez…

Los dos hombres siguieron con su particular competición hasta que Zara se cansó y decidió cortar por lo sano.

– Si me perdonáis, tengo que dejaros. He de hablar con mi hermana.

Zara giró en redondo y se perdió entre la multitud.

– Si estás buscando a Cleo, está al fondo.

Al oír la voz de Rafe, se sorprendió. Siempre se las arreglaba para aparecer a su lado.

– Ha sido terrible. No puedo creer que esos dos sean tan maleducados.

– No han sido maleducados. Les gustas, nada más.

– Oh, vamos. Seguro que han sabido la verdad de algún modo y que sólo intentaban acercarse a mí porque soy la hija del rey.

– Dudo que el duque necesite más dinero y poder del que ya tiene.

– Entonces querrá otra cosa.

– No. Tanto él como el francés son muy ricos y están solteros. Te dije que tuvieras cuidado, no que fueras demasiado desconfiada. Sencillamente les has gustado, como acabo de decirte.

Zara lo miró y se sintió molesta por la actitud de Rafe. Se lo tomaba con tal naturalidad que casi parecía que estaba deseando que mantuviera una relación con otro hombre.

– Pues bien, no me interesan -espetó.

Entonces, se alejó de él y caminó hacia su hermana, Cleo, que estaba hablando con uno de los príncipes. Le bastó mirarlos para saber que se lo estaban pasando en grande.

– Hola -dijo Cleo al verla-. ¿Te acuerdas del príncipe Sadik?

El hermanastro de Zara la saludó y dijo:

– Me alegro de verte. Quería tener la ocasión de charlar contigo y conocerte un poco. ¿Te apetecería bailar más tarde?

– Claro, por qué no.

Zara se alejó. Y cuando se encontraba a cierta distancia, se volvió hacia Rafe y preguntó:

– ¿Es que hay baile después de la cena?

Rafe rió.

– Oh, sí. Y sospecho que Byron y Jean Paul no permanecerán muy lejos de ti. Estoy deseando verlo.

Capítulo 8

CUANDO el príncipe Sadik le pidió que bailara con él, Zara se sintió profundamente aliviada. Llevaba un buen rato bailando con hombres que no conocía y, por supuesto, con Jean Paul y Byron. No sólo la trataban como si fuera una pieza deseada por el rival, sino que no dejaban de mirarse entre ellos. Casi estuvo a punto de sugerir que se marcaran un tango juntos.

– ¿Te estás divirtiendo? -le preguntó el príncipe.

– Sí, es una velada maravillosa -mintió.

Él sonrió.

– Tu hermana me ha comentado que tienes reservas sobre lo de formar parte de nuestra familia.

– No te preocupes. Cuando la estrangule, dejará de hablar demasiado.

– Bueno, no se puede decir que el comentario me haya extrañado. Es lógico. Significa un cambio radical de tu vida y ni siquiera conoces bien nuestro país.

– Dime una cosa: ¿todo el mundo me odia? He aparecido así, de repente, y el rey está convencido de que soy… bueno, ya lo sabes.

– Sí, la hija de su amada Fiona, lo sé. Pero no te preocupes por eso. Nadie está molesto con tu llegada.

Zara pensó que el príncipe se limitaba a ser amable con ella para intentar tranquilizarla. O tal vez no supiera que Sabrina no se había alegrado demasiado.

Cuando terminaron de bailar, Zara aprovechó que Jean Paul y Byron estaban lejos para alejarse hacia las escaleras y estar un rato a solas. Pero acababa de llegar cuando alguien la tocó en un brazo.

– Ah, eres tú… Me has abandonado.

– Sólo estaba dejando que te divirtieras -dijo Rafe.

– No debes saber mucho de mujeres si crees que me estaba divirtiendo.

– ¿Es que no te gusta bailar?

– No cuando estoy entre las garras de dos hombres que se comportan como perros de presa -protestó.

– Te he visto con Sadik. Él no es así…

– Es cierto, es muy amable. Ha intentado convencerme de que la familia no está molesta con mi llegada, pero no lo creo.

– Deberías creerlo -dijo, mientras miraba hacia atrás-. Por cierto, hay dos perros que se dirigen hacia aquí…

– ¡Dios mío! Sálvame, te lo ruego. ¿No quieres bailar conmigo?

– Claro.

– Entonces, pídemelo.

– Está bien, te lo pido…

Rafe la llevó a la sala de baile y enseguida descubrió que era un excelente bailarín.

– No sabía que enseñaran a bailar en la academia militar.

– Soy un hombre de múltiples talentos.

Estuvieron bailando varios minutos, en un cómodo y agradable silencio. A pesar de todo lo que había sucedido, ella se sentía totalmente a salvo entre sus brazos.

– Zara…

– No digas nada, Rafe. Yo también lo siento.

– Pero lo que sentimos es irrelevante.

– ¿Por qué? Dudo que el rey te cortara realmente la cabeza. No te haría algo así.

– No puedes saber lo que haría. En cambio, yo lo conozco desde hace tiempo y estoy familiarizado con las costumbres de su mundo.

– ¿Y qué hay de besarse? Eso no puede ser ilegal…