El ceño de preocupación de Caitlyn se suavizó.
– ¿Qué tal un helado de crema con chocolate?
– ¿Por qué no? -exclamó Sam, justo cuando pasaban por delante de la señal que daba la bienvenida a los recién llegados a Clear Springs.
Quizá tuvieran algo que celebrar. No todos los días aparecía por allí el padre de su hija. Oh, Dios, ¿cómo iba a atreverse a decirle que era el padre de Caitlyn? ¿Y qué haría él cuando lo supiera? ¿Se reiría en su cara? ¿La llamaría mentirosa? ¿O vería la verdad con sus propios ojos y decidiría que ya había llegado el momento de comenzar a ser un verdadero padre? Si en algún momento se le ocurría reclamar la custodia compartida, ella no podría luchar contra él. Contra el dinero de la familia Fortune y todos sus abogados, no tendría una sola oportunidad.
Sam sintió que se le secaba la garganta. Aparcó la camioneta y se obligó a tranquilizarse. No había por qué exagerar. Kyle solo iba a estar allí durante seis meses e, incluso en el caso de que averiguara que Caitlyn era su hija, no tenía por qué preocuparse. Estaba segura de que reaccionaría de una forma razonable. Claro que sí. ¿Pero Caitlyn? ¿Qué sentiría ella por su padre?
No, Samantha no podía perder a su hija. No podía perderla por culpa de nadie. Pero menos por la del hombre que la había engendrado.
Capítulo 2
– Qué desastre -con un bufido de disgusto, Kyle miró el libro de contabilidad.
El mohoso diario estaba abierto sobre el viejo escritorio de roble que llevaba en aquel estudio al menos tanto tiempo como Kyle era capaz de recordar. Había pertenecido a Ben Fortune, el abuelo de Kyle y marido de Kate, aunque Kyle no recordaba haber visto ni una sola vez a su abuelo sentado en el sillón de cuero. No, aquel rancho siempre había sido el refugio de Kate para alejarse del endiablado ritmo de la ciudad. Pero aquel libro de contabilidad era todo un misterio. ¿Por qué no habría utilizado un ordenador? ¿Por qué no había ninguna conexión a Internet? ¿O algún programa de contabilidad? Eso no era propio de su abuela, una mujer que siempre había vivido por delante de su tiempo, que utilizaba el teléfono móvil y el fax con la misma facilidad con la que se ponía un perfume. Kate Fortune había estado conectada por ordenador con todas las empresas de su difunto marido, incluyendo las más alejadas, situadas en Singapur y en Madrid. Aunque era capaz de utilizar el mismo lenguaje que los trabajadores de los pozos petrolíferos de Ben, era una mujer que pilotaba su propio avión. Y si algún rancho de Wyoming debía haber tenido un maldito PC y un módem, ese era precisamente el de Kate. Aquella falta de medios no tenía ningún sentido. A menos que Kate fuera siempre allí para alejarse del ritmo vertiginoso de la ciudad y prefiriera el paso lento con el que habían trabajado los rancheros desde hacía décadas.
Sonó el teléfono y Kyle levantó el auricular, esperando encontrarse con la voz profunda de Samantha al otro lado de la línea.
– Kyle Fortune -contestó.
– Vaya, así que era verdad -tronó la voz de Grant a través del auricular mientras Kyle se recostaba en el sillón-. Había oído el desagradable rumor de que habías vuelto a la ciudad.
– Las malas noticias corren muy rápido.
– Especialmente en esta familia.
Desde luego, pensó Kyle. Los Fortune siempre habían estado muy unidos, pero desde la muerte de Kate, Kyle había sentido cómo se reforzaban los vínculos entre primos y hermanos, como si de la tristeza compartida por la muerte de su abuela hubiera nacido una nueva camaradería.
– Me llamó Mike para decirme que habías ido hasta Jackson en el avión de la compañía, así que imaginé que aparecerías por aquí antes o después.
– Y ya he tenido tiempo de ver el animal que has heredado.
Grant soltó una carcajada.
– El Fuego de los Fortune.
– El Loco de los Fortune, lo llamaría yo.
– Te lo quitaré de las manos en cuanto puedan meterlo en un remolque. Sé que Samantha ha estado trabajando con él.
– Eso parece.
Sam. ¿Por qué no podría dejar de pensar en ella?
– Supongo que ya sabes que Rocky está pensando en venir a vivir aquí.
– ¿Rocky? ¿Te refieres a Rachel?
– Exacto, tu prima y la mía.
Kyle no había vuelto a ver a Rachel desde el día de la lectura del testamento de Kate. Normalmente atrevida y de rápida sonrisa, aquel día estaba tan afectada como el resto de la familia. Unas ojeras oscuras rodeaban sus ojos castaños. Parecía muy perdida en aquella ocasión, pero, en realidad, toda la familia lo estaba.
– Me he encontrado con Sam cuando estaba intentando domarlo. Ese semental parece un auténtico diablo.
– Lo es -rió Grant.
Kyle miró hacia la ventana. Los últimos rayos del sol acariciaban la tierra.
– Sam tiene una hija -comentó.
– Sí.
– Dice que el padre está fuera de escena. No sabía que había estado casada.
– Y no lo ha estado.
– ¿Entonces quién es el padre?
– No lo sé, nunca se lo he preguntado. No es asunto mío -contestó Grant. Sin decirlo explícitamente, estaba insinuando que tampoco era suyo.
– ¿No lo sabe nadie?
– Bueno, supongo que Sam lo sabrá, y también Bess, su madre. Algunos rumores intentaron señalar a Tadd Richter. ¿Te acuerdas de él?
– Sí. En realidad nunca lo conocí, pero tenía entendido que era el matón de la zona.
– Siempre iba rodeado de gente, montaba una moto enorme y no paraba de beber y de buscarse problemas con la ley. Sus padres se separaron y él terminó en la cárcel, o en un centro de menores cerca de Casper. En cualquier caso, Sam tuvo alguna relación con él justo antes de que se fuera de la ciudad y, bueno, al poco tiempo resultó que estaba embarazada. Pero nada de esto es asunto tuyo. Ella ha guardado silencio durante todos estos años y supongo que tendrá sus razones para hacerlo. En cualquier caso, solo llamaba para darte la bienvenida a Wyoming.
– Gracias.
– No es un mal lugar, ¿sabes?
– Nunca he dicho que lo fuera.
– Pero no parecías muy contento con la idea de tener que mudarte aquí.
Kyle fijó la mirada en los álamos que flanqueaban el arroyo.
– No me gusta que me digan lo que tengo que hacer. Ni siquiera que me lo diga Kate.
– Estoy seguro de que no va a ser tan terrible como crees. Quizá hasta descubras que es esto precisamente lo que te gusta. Nunca se sabe.
– No, nunca se sabe -Kyle sentía que estaba empezando a enfadarse. Sin necesidad de mencionarlo, Grant le estaba haciendo saber que no le gustaba la vida desarraigada que llevaba en Minneapolis.
– Quizá necesites tranquilizarte un poco.
– Quizá -contestó Kyle, tensando la mandíbula.
No necesitaba una regañina de nadie. Sabía que había desperdiciado años de su vida. Que se había casado con la mujer equivocada. Que había intentado trabajar con la familia y habían tenido que despedirlo. No le gustaba que le recordaran sus fracasos, y tampoco podía explicar la inquietud que lo perseguía desde la niñez, aquella sensación de no poder estar durante mucho tiempo en el mismo lugar. Y sospechaba que seis meses en Clear Springs con Samantha como vecina iban a ser demasiado tiempo.
– Iré por allí dentro de un par de días para asegurarme de que no estás maltratando a Joker.
– Creo que es más probable que el caballo acabe conmigo.
– O que lo haga Sam. Desde luego.
– Es muy mandona -le advirtió Grant-. Le gusta que las cosas se hagan a su manera.
– Ya me he dado cuenta.
– En cualquier caso, intenta recordar que sabe mucho más que tú sobre ranchos.
– Intentaré no olvidarlo.
– Muy bien, hasta mañana.
Kyle colgó el teléfono, frunció el ceño y cerró el libro de contabilidad. Sam. No había pensado en ella desde hacía años, no se había permitido hacerlo, pero desde que había pisado Wyoming, no era capaz de sacársela de la cabeza.
– Maldita sea -giró el cuello e hizo una mueca al sentir un tirón en una vértebra.
Tadd Richter. ¿Qué habría visto Sam en ese tipo? ¿Y qué podía importarle a él? Al fin y al cabo, aquello había ocurrido muchos años atrás.
El café instantáneo, apenas potable cuando estaba caliente, se había quedado frío y tenía una textura similar a la de un gel. Kyle ignoró la taza. El viejo sillón gimió cuando se levantó y se acercó hacia el mueble bar en el que, años atrás, Ben guardaba los licores. Estaba vacío. Segundo fracaso. Ni ordenador ni alcohol. Al parecer, en Wyoming la vida no había cambiado durante los últimos cincuenta años.
– Muchas gracias, Kate -gruñó.
Pero aquel rancho en el que pasaba los veranos, siempre había ocupado un lugar muy especial en su corazón. Un lugar que preferiría no recordar.
No había sido el viaje el responsable de su mal humor. El vuelo desde Minneapolis a Jackson no había sido malo en absoluto, ni tampoco el trayecto hasta el rancho en la camioneta. No, no era el viaje el que lo molestaba, sino aquella sensación de estar siendo manipulado. Una vez más. Por su abuela, que pretendía controlar su vida desde la tumba.
Apagó la luz del estudio y salió al larguísimo pasillo de aquella casa de dos pisos en la que había pasado tantas y tantas vacaciones de verano. En muchas ocasiones, la familia viajaba a rincones lejanos y exóticos, como México, Jamaica o la India. Pero los veranos que con más cariño recordaba, los mejores veranos, los había pasado allí, aprendiendo a ensillar caballos, marcando el ganado, bañándose en el arroyo y tumbándose en la hierba por las noches para contemplar el cielo inmenso de Wyoming.
Kyle subió hasta el segundo piso. Al final del pasillo se encontraba la habitación en la que dormían él y sus primos. Palpó la madera gastada de la puerta y acarició el boquete que había hecho Michael al intentar abrir la puerta el día que Kyle y Adam lo habían dejado encerrado. Kyle tenía entonces doce años. Y Michael, un año mayor que él y de un genio más rápido que la pólvora, no estaba dispuesto a permitir que un simple cerrojo le impidiera salir a vengarse de su hermano, arrojándole un cubo de agua helada.
Kyle sonrió al recordar a Michael, empapado de la cabeza a los pies.
Parecía que habían pasado siglos desde entonces. Aquello había ocurrido antes de que comenzara a afeitarse. De que empezara a fijarse en las chicas. Mucho antes que Sam.
Encendió la luz, entró en la habitación y contempló las literas. No había sábanas en ninguna de ellas y los colchones estaban muy desgastados. No quedaba ningún rastro de los paquetes de cigarrillos que le birlaban a su abuelo, ni de las revistas Playboy que uno de los trabajadores del rancho les alquilaba a los chicos, ni de las botellas que escondían en los cajones de la cómoda.
Deslizó la mano por el armazón de una litera y se detuvo frente a la ventana por la que tantas veces habían escapado. El saliente estaba al lado de un manzano de largas ramas y los chicos habían preparado un elaborado sistema de cuerdas y poleas que les permitía bajar y subir a su antojo. Pensaban entonces que eran muy ingeniosos, pero Kyle sospechaba que probablemente su abuela sabía todo lo que ocurría en el piso de arriba. Era demasiado inteligente para haber pasado por alto todas sus travesuras.
– Canalla -gruñó, apretando los puños con tristeza.
Pensar que su abuela se había ido para siempre le causaba un inmenso vacío en el alma. ¿Cómo se le habría ocurrido marcharse sola en ese condenado avión, en busca de una planta extraña de la selva amazónica? Nunca había podido encontrarla. El avión había explotado en algún remoto lugar del Brasil, había caído a tierra y había ardido en llamas. Habían devuelto su cuerpo achicharrado a los Estados Unidos, donde sus hijos y sus nietos habían tenido que enfrentarse con incredulidad y dolor al hecho de que la fuerza más influyente de sus vidas había desaparecido para siempre.
Kyle abrió la ventana, dejando entrar la brisa, y fijó la mirada en aquella tierra que había pasado a ser suya. Bueno, por lo menos lo sería durante seis meses, si era que conseguía aguantar durante tanto tiempo en ese lugar. La verdad era que no le había importado mucho dejar Minneapolis. Su vida en aquella ciudad se había quedado estancada. Nunca había conseguido encontrarse a sí mismo, no había alcanzado ninguna estabilidad, ni tenía un trabajo suficientemente bueno como para tenerlo en cuenta. No, él siempre había sido inquieto por naturaleza y por eso, de todos los nietos, Kyle había sido elegido para heredar el rancho. Probablemente aquella había sido la forma que había encontrado su abuela de obligarlo a echar raíces.
Diablos, recordaba el funeral, y el ataúd cubierto de flores, la iglesia estaba llena, y la familia, toda vestida de luto, luchaba contra las lágrimas. Horas después, todavía muy afectados y sin poder apenas pronunciar palabra, se habían sentado alrededor de la mesa del despacho del abogado de la compañía mientras él, Sterling Foster, con el testamento de Kate entre las manos, decía:
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