Juliette Benzoni


El ópalo de Sissi

Las joyas del templo III

© El ópalo de Sissí

© Juliette Benzoni

Año publicación: 2005

Título: El ópalo de Sissi

Saga: Las joyas del templo 03

Autor: Benzoni, Juliette (1920-)

Idioma: Español

Género: Narrativa — Histórica

Año publicación: 2005

ISBN 13: 978-84-666-2815-0 ISBN 10:84-666-2815-0

Editorial: Ediciones B, S. A.

Género: Narrativa — Histórica

jrmaverick





PRIMERA PARTE


La máscara de encaje


Otoño de 1923



1 . Tres días en Viena



Refugiado bajo el gran paraguas de un botones del hotel Sacher, Aldo Morosini, príncipe veneciano y anticuario, cruzó Augustinerstrasse corriendo, pero evitando sumergir en los charcos los zapatos de charol, en dirección a la entrada de los artistas de la Ópera. Acceder por esa puerta era un privilegio de los clientes del célebre hotel cuando hacía mal tiempo. ¡Y vaya si el tiempo era malo! Desde que había llegado a Viena, el príncipe anticuario soportaba una lluvia incesante, persistente, regular, desprovista de violencia pero cuyo ritmo pertinaz empapaba la capital austriaca. Pese a la carta un poco misteriosa que lo había llevado allí, Aldo casi añoraba su querida Venecia, donde sin embargo, y por primera vez en su vida, se aburría desde hacía varios meses.

No es que hubieran dejado de apasionarle los objetos raros y preciosos —en particular las piedras perfectas y las joyas históricas—, pero, desde su regreso de Inglaterra, le costaba horrores recuperar la ardiente curiosidad que lo caracterizaba antes de que Simon Aronov hubiese aparecido en su vida, una noche del año anterior, en las profundidades subterráneas del gueto de Varsovia. Resultaba difícil encontrar a un personaje más enigmático y atrayente que el Cojo. Y todavía más difícil soñar con una sopera de porcelana, por más que hubiera sido hecha en Sèvres para Catalina la Grande, o con un par de morillos venecianos procedentes del palacio Rezzonico que tuvieron el privilegio de calentar las zapatillas de Richard Wagner, después de las peripecias, las emociones y los peligros vividos en compañía de su amigo Adalbert Vidal-Pellicorne durante la búsqueda de un nuevo Grial: las gemas robadas en la noche de los tiempos del pectoral del Sumo Sacerdote de Jerusalén.

El, Morosini, había tenido entre sus manos ese pectoral convertido en leyenda en la memoria de los judíos y de algunos historiadores, ese ornamento sagrado surgido de épocas remotas con su aterrador cortejo de locura, miseria y crímenes. Un momento inolvidable. La gran placa de oro cuadrada, que Aronov guardaba en su capilla ciega, llevaba las emocionantes huellas de su paso a través de los siglos desde que las legiones de Tito saquearon el Templo. Más sobrecogedoras aún eran las heridas dejadas por las manos rapaces de los ladrones en las cuatro hileras de tres piedras. De los doce cabujones que representaban las doce tribus de Israel, sólo quedaban ocho, quizá casualmente los menos preciosos. Se habían esfumado el zafiro de Zabulón, el diamante de Benjamín, el ópalo de Dan y el rubí de Judá. Y, según la tradición, Israel no recuperaría su patria y su soberanía hasta que el pectoral completo regresara a su tierra.

Guiados por las indicaciones del Cojo y ayudados también por la suerte, los dos amigos lograron recuperar en nueve meses dos de las piedras fugitivas: el zafiro, tesoro durante tres siglos de los duques de Montlaure, antepasados maternos del príncipe Morosini, y el diamante conocido con el nombre de la Rosa de York, herencia de Carlos el Temerario, duque de Borgoña, y reivindicado por la Corona inglesa.

A costa, eso sí, de no pocos sufrimientos. Al igual que todo objeto sagrado profanado por la codicia, las dos joyas habían resultado ser igual de maléficas. La princesa Isabelle, madre de Aldo, había pagado con su vida el zafiro, la Estrella Azul. La misma suerte había corrido su último propietario, sir Eric Ferráis, riquísimo vendedor de cañones, asesinado —oficialmente al menos— por el antiguo amante de su mujer. En cuanto al diamante, el número de cadáveres sembrados a su paso era ya incontable. ¡Pero qué apasionantes aventuras habían vivido los dos hombres siguiéndoles el rastro! Y era eso lo que Morosini añoraba tan cruelmente desde principios de ese año, 1923, cuyo último cuarto ya había empezado.

Después de las fiestas de fin de año pasadas en su casa de Venecia «en familia», en torno a la Candelaria Aldo se había encontrado prácticamente solo. Su familia —es decir, su tía abuela, la querida marquesa de Sommieres, y Marie-Angéline du Plan-Crépin, prima y lectora de la primera, así como Adalbert Vidal-Pellicorne, arqueólogo de profesión y elevado al rango de amigo fraternal— se había dispersado. Una especie de «sálvese quien pueda» que lo había dejado en compañía de su antiguo preceptor, Guy Buteau, convertido en su apoderado, y de sus fieles sirvientes, Zaccaria y Celina Pierlunghi, que lo habían visto nacer. ¡Y eso justo en el momento en que renacía la esperanza de embarcarse de nuevo en grandes aventuras!

Dicha esperanza había aparecido el 31 de enero en forma de una carta procedente del banco suizo a través del cual el Cojo y sus enviados se ponían en contacto. Por desgracia, aunque contenía una importante letra de cambio y una nota escrita por Simon, el texto resultó de lo más decepcionante: no sólo Aronov no citaba a Morosini, sino que, tras haberlo felicitado brevemente por su «último envío», le aconsejaba «tomarse una temporada de descanso y no hacer nada hasta nueva orden, a fin de dejar que el ambiente se calmara un poco».

A partir del día siguiente, los invitados empezaron a abandonar el palacio Morosini. El primero en partir fue Adalbert, quien, bastante satisfecho en el fondo del entreacto anunciado, decidió inmediatamente embarcar rumbo a Egipto; hacía meses que el fantástico descubrimiento de la tumba del joven faraón Tutankamon y de sus tesoros le quitaba el sueño. Quería ir a ver aquello con sus propios ojos.

—Así podré pasar unos días con mi querido profesor Loret, el conservador del Museo del Cairo. No lo he visto desde hace dos años y debe de estar muerto de envidia ante los descubrimientos de esos condenados ingleses. Intentaré mantenerte informado.

Y había embarcado en el primer barco que zarpaba para Alejandría, seguido de cerca por la señora Sommieres y Marie-Angéline, para gran desesperación de ésta. Durante todo el mes de enero, Plan-Crépin se había esforzado en sustituir a la incomparable Mina[1] como secretaria de Aldo y, como estaba desenvolviéndose bastante bien, se había aficionado a las antigüedades y su mayor deseo era quedarse. Desgraciadamente, si bien la anciana dama quería mucho a Aldo, el invierno veneciano, muy húmedo y frío ese año, la estaba afectando en exceso. Padecía en particular de reuma, aunque se esforzaba en disimularlo para no obstaculizar el trabajo de la casa, pero cuando el notario Massaria comunicó a Morosini que el joven que le había propuesto como secretario acababa de regresar y estaba a su disposición, la marquesa ordenó inmediatamente que prepararan su equipaje a fin de ir en busca de un clima más seco. Marie-Angéline protestó:

—Si es en París donde esperamos encontrar el tiempo ideal, cometemos un gran error —declaró, empleando ese plural mayestático que siempre utilizaba cuando hablaba con la señora Sommieres.

—¿Te crees que estoy loca, Plan-Crépin? No tengo ninguna intención de ir a helarme a París.

—¿Escogeremos acaso la Costa Azul?

—¡Demasiada gente! ¡Demasiado cosmopolita! ¿Por qué no Egipto?

—¿Egipto? —refunfuñó Aldo, vagamente frustrado—. ¿Usted también?

—No te lo tomes a mal, pero nuestro querido Adalbert nos ha hablado tanto de ese país durante un mes que ha acabado por tentarme. Y además, el soplo del desierto será mano de santo para mis articulaciones. Plan-Crépin, vaya a Cook a reservar dos camarotes y también dos habitaciones en el Mena House de Gizeh para empezar. Después ya veremos.

—¿Y cuándo nos vamos?

—Mañana, enseguida..., en el primer barco. ¡Y no ponga esa cara! Con la de cuerdas que ha tocado ya, ahora podrá ejercitarse en el manejo del pico y la pala. Después de sus hazañas como caco escalador, será un cambio.

Dos días más tarde, habían desaparecido, dejando tras de sí una montaña de lamentaciones y un gran vacío absolutamente palpable cuando Morosini y Guy Buteau se encontraron cara a cara en el salón de las Lacas, la estancia donde comían casi siempre. El antiguo preceptor también se mostraba sensible a la súbita desertización del palacio. Al finalizar aquella primera comida, expresó así su impresión:

—Debería casarse, Aldo. Esta gran morada no está hecha para albergar únicamente a un soltero y un solterón.

—Cásese usted, si es lo que le dicta el corazón. A mí no me tienta la idea.

Luego, tras haber encendido un cigarrillo con gesto indolente, añadió:

—¿No cree que somos un poco ridículos? Después de todo, nuestros invitados sólo llevaban aquí un mes largo, y antes creo recordar que vivíamos perfectamente bien.

Bajo su fino bigote gris, los labios del señor Buteau desplegaron una media sonrisa.

—Nunca estuvimos solos, Aldo. Antes teníamos a Mina. Creo que es a ella a la que más echo de menos.

Morosini cambió de expresión y apagó en un cenicero el cigarrillo que acababa de encender.

—Por favor, Guy, evitemos hablar de ella. Mina, no hace falta que se lo diga, no existía. Era una añagaza, el fruto del capricho pasajero de una chica rica que quería distraerse.

—No es usted justo y lo sabe. Mina..., o más bien Lisa, para llamarla por su verdadero nombre, nunca buscó aquí una distracción. Ella amaba Venecia, amaba este palacio, y quiso vivir aquí.

—Sí, vivir aquí y, disfrazada de sabihonda, examinarme como a un bicho raro a través de un microscopio desprovisto de benevolencia. Su veredicto no me ha sido favorable.

—¿Y el suyo, ahora que la conoce con su aspecto real?

—¡Qué más da! ¿A quién quiere que le interese?

—A mí, por ejemplo —dijo Buteau sonriendo—. Estoy convencido de que es la mujer que le conviene.

—Eso es cosa suya, pero como yo no opino lo mismo lo mejor es olvidarse del asunto. Más vale que nos vayamos a dormir. Mañana tendremos que poner al corriente al joven Pisani, y además de eso hay varias citas, así que será un día largo. Si ese muchacho trabaja bien, no tardaremos en olvidar a Mina.

De hecho, nada más verlo, Morosini estuvo seguro de que el nuevo fichaje le iría como anillo al dedo. Aquel joven veneciano rubio, cortés, bien educado, bien vestido y bastante parco en palabras no desentonaría entre los mármoles y los oros de un palacio transformado en tienda de antigüedades de primera clase. Incluso se integró con una naturalidad perfecta, pues sentía auténtica pasión por los objetos antiguos, sobre todo los procedentes de Extremo Oriente. En lo tocante a estos últimos, demostró una erudición que dejó a su nuevo jefe estupefacto cuando descubrió sobre una consola una vasija de celadón del siglo XVIII. Sin siquiera tomarse la molestia de darle la vuelta para buscar el nien-hao (el nombre del reinado), Angelo Pisani exclamó:

—¡Admirable! Esta vasija de triple gollete de la época Kien-Long, decorada en relieve con los diagramas talismánicos de las «verdaderas formas de las cinco montañas sagradas», es una pura maravilla. ¡No tiene precio!

—Pues así y todo yo pienso ponérselo —dijo Morosini—. Pero permítame que lo felicite. El señor Massaria no me había dicho que era usted un sinólogo tan experto.

—Tengo un poco de sangre de Marco Polo por parte de madre —explicó con modestia el nuevo secretario—. Seguramente mi atracción por esa cultura viene de ahí, pero también sé algunas cosillas sobre las antigüedades de otros países.

—¿Y las piedras preciosas y las joyas antiguas? ¿Entiende también de eso?

—Nada en absoluto —admitió el joven con una sonrisa enternecedora—. Salvo en lo que se refiere a las joyas y los jades chinos, claro. Pero, si el señor Buteau tiene la amabilidad de iniciarme, seguro que aprendo deprisa.