— ¡Sé lo que digo! Tenéis una tez perfecta, ni una sola arruga, y el talle de una muchacha…

— ¡Hay que pensar en los vestidos sin perder un momento! -interrumpió Fouquet-. Sé de quién os cortará unos admirables.

— ¡Ya asoma la nariz el rey del buen gusto! -bromeó Sylvie-. Querido amigo, sabéis muy bien que he jurado no volver a llevar ropa de color, y guardar luto el resto de mi vida.

— También Diana de Poitiers guardó el de su anciano marido el senescal de Normandía, y eso no le impidió ser la amante oficial de Enrique II hasta la muerte de éste. No en vano habéis crecido en el castillo de Anet. Debo añadir que no es una mala elección: pueden hacerse grandes cosas con el negro, el blanco, el gris y el violeta. ¡Dejadme a mí, y os prometo un éxito clamoroso!

— No es lo que busco. Sólo deseo estar… decorosa. El rey aprecia la elegancia, pero también la mesura.

— Estaréis encantadora… y sin ostentación. Pero tengo que volver a París de inmediato. Diré a mi gente que prepare el equipaje.

— ¿Cómo? ¿Tan pronto?

— No hay tiempo que perder. Todos los sastres de París se han puesto ya a trabajar. ¡Os veré de nuevo en Conflans!

— Pero…

— ¡Dejadlo! -intervino Perceval, hasta entonces en silencio-. ¡Le hace tan feliz ocuparse de vos! Admito que lleva un poco lejos su gusto por el lujo, pero es un amigo muy fiel.

En un instante el castillo, apaciblemente adormecido bajo el frescor húmedo y suave de una noche de abril, se revolucionó, porque Nicolas Fouquet se había convertido en un gran señor que generaba mucho ruido a su alrededor. Su brillante inteligencia, su generosidad, su fortuna asentada en el patrimonio familiar sumada a la de dos matrimonios sucesivos muy ricos, una especie de genio gracias al cual fructificaba todo lo que caía en sus manos, y también su fidelidad a la causa real durante la Fronda, se añadían al hecho de que había sabido salvar la fortuna de Mazarino; todo ello le valió convertirse en superintendente de las Finanzas de Francia, procurador general del Parlamento de París, y señor de Belle-Isle, que había comprado dos años antes a unos arruinados Gondi, además de varios otros lugares. Su castillo de Saint-Mandé, donde se complacía en reunir a artistas y poetas como invitados permanentes, era tal vez el más agradable de los alrededores de la capital, pero corría la voz de que aquel pequeño paraíso iba a verse eclipsado muy pronto por el que Fouquet se estaba haciendo construir en su vizcondado de Vaux, cerca de Melun: un verdadero palacio en el que se concentraba todo el saber de varios jóvenes genios descubiertos por Fouquet en materia de arquitectura, decoración, pintura, escultura, jardinería y todas las artes posibles e imaginables. Una mansión de ensueño que no dejaba de suscitar la envidia de algunas personas, empezando por la del otro hombre de confianza de Mazarino, un tal Colbert, procedente de una familia de mercaderes y banqueros de Reims, que tanto en lo físico como en lo moral era lo opuesto al superintendente: tan rígido, áspero, severo, pesado y sombrío como Fouquet era ágil, diplomático, elegante, refinado y seductor. No eran comparables más que en dos aspectos: la inteligencia y el hecho de que ambos eran adictos al trabajo. Entre los dos se había establecido un verdadero duelo, un combate con armas aún embotonadas que el cardenal atizaba discreta pero malignamente con el objeto de dominarlos mejor. El lema «Divide y vencerás» habría ido como anillo al dedo al astuto ministro, que después de amasar él mismo una fortuna excesiva, veía con malos ojos brillar en su cénit el astro del superintendente.

Perceval de Raguenel, muy amigo, como la propia Sylvie, de la familia de Fouquet, observaba con inquietud el lujo creciente desplegado por su joven amigo, pero se cuidaba de no hacer explícitos sus temores ante su ahijada. Aunque después de la muerte de su amigo Théophraste Renaudot, ocurrida siete años antes, estaba menos al tanto de los sucesos cotidianos de la capital y de la corte, había podido observar el comportamiento de Mazarino a través de la tormenta de la Fronda. Por lo demás, conservaba un círculo de amigos juiciosamente elegidos para poder satisfacer una curiosidad siempre despierta. Incluso había descubierto en sí mismo la pasión por la botánica y la medicina. Próximo ya a la sesentena, había adquirido una sabiduría y un conocimiento de las cosas humanas bastante excepcional, y estaba convencido de que llegaría un día en que Mazarino traicionaría a Fouquet.

El ministro era astuto, hábil, agudo diplomático y gran político, pero también ávido, codicioso, presumido y tanto más celoso por el hecho de advertir que la edad y sobre todo la enfermedad arruinaban poco a poco una capacidad de seducción que estaba a punto de convertirse en un mero recuerdo y le hacían ver que no le quedaba ya apenas tiempo para disfrutar la inmensa fortuna acumulada. Fouquet, joven, guapo, adorado por las mujeres, apreciado por los hombres y además muy rico, empezaba a hacer sombra a un hombre detestado por todos pero que seguía conservando en sus manos la llave del poder. La manera en que Mazarino impulsaba la carrera de aquel Colbert que había quitado a los Le Tellier era significativa…, pero Fouquet, seguro de sí mismo, no quería advertirlo. Sus armas, con una ardilla rampante y la ambiciosa divisa Quo non ascendet, brillaban al sol del éxito. Y Perceval había acabado por callar, consciente de que es en vano pretender luchar contra el destino.

Desde la muerte de Jean, había tomado a Sylvie a su cuidado y pasaba la mayor parte del tiempo a su lado, de modo que sólo durante cortos períodos volvía a su casa de la Rue des Tournelles, celosamente guardada por Nicole con la ayuda de Pierrot, que se había convertido en un mozo alto y fuerte. La rica biblioteca de los duques de Fontsomme le consolaba del hecho de pasar tanto tiempo lejos de la suya. Su ahijada y los niños, por los que sentía el cariño de un abuelo y que le trataban como a tal, tenían un valor muy superior a sus ojos. Además, al instalarse junto a Sylvie había posibilitado por fin la boda de Jeannette con Corentin, nombrado ahora intendente de las propiedades de la familia. El matrimonio no había tenido hijos, y el disgusto por ello se había convertido en una dedicación mayor a la joven Marie y al pequeño Philippe. Todos ellos -incluidos Marie de Schomberg y los Fouquet- formaban en torno a Sylvie un círculo de afecto vigilante que la preservaba de nuevos sinsabores de la vida. En ese refugio vino a abrir una brecha la orden real. Quedaba por ver qué clase de vientos penetrarían por ella.

Al día siguiente por la mañana, los invitados de Fontsomme se dispersaron. El mosquetero real, que se llamaba Benigne Dauvergne, Monsieur de Saint-Mars, volvió a tomar el camino de Aix; la mariscala de Schomberg, en lugar de volver a Nanteuil, marchó a La Flotte a visitar a su abuela enferma, en tanto que Sylvie y Perceval, dejando a un Philippe malhumorado al cuidado del abate de Résigny y Corentin Bellec, regresaron, la una a su casa de Conflans, junto al bosque de Vincennes, y el otro a su hôtel de la Rue des Tournelles, para preparar el viaje. Jeannette acompañaba a la duquesa.

— No estoy dispuesta -confió a su marido- a dejarla volver sin protección a una corte que no debe de valer mucho más que la de antes.

— No busques excusas. Estás encantada de poder ver de cerca las fiestas de la boda, y es muy natural -replicó él con una sonrisa.

— Es verdad… y además no me gusta que esté lejos de mí. Éramos ya hermanas de leche, pero desde el día en que el abominable Laffemas, ¡así arda en el infierno toda la eternidad!, asesinó a nuestras madres, estamos unidas por algo más.

— El afecto, supongo. Sé muy bien -suspiró Corentin- que no hay que hablar mal de los muertos, pero respiro con más gusto desde que desapareció ése.

— Sobre todo porque ha tenido la suerte que se merecía, después de todos los tormentos que disfrutaba haciendo pasar a la gente.

En efecto, un atardecer de invierno, cuando la Fronda vivía sus últimos meses, los servidores del que fue llamado en otra época Verdugo del Cardenal de Richelieu, se refugiaron espantados en la iglesia de Saint-Julien-le-Pauvre, diciendo que el diablo había venido a buscar a su amo y le hacía sufrir los tormentos de una horrible agonía después de encerrarse con él en su habitación. Algunos vecinos se unieron a ellos y todos pasaron la noche rezando sin que nadie se aventurase a ver qué pasaba exactamente. Por la mañana, cuando, formando ya un grupo nutrido, se arriesgaron a volver al lugar, el espectáculo que descubrieron era abominable: sobre la cama, manchada de sangre y flema, el cadáver desnudo y casi negro aparecía retorcido por los últimos espasmos de una agonía espantosa. El rostro deformado y los ojos desorbitados reflejaban un terror sin nombre. Además, un gran sello de lacre rojo con la letra omega impresa en medio de la frente, y el goteo de cera ardiendo por todo el cuerpo daban al cadáver un aspecto particularmente macabro. Nadie quiso tocarlo y fueron a buscar a los frailes de la Misericordia con cubos de agua bendita para proceder al entierro del antiguo teniente civil que había aterrorizado París y las provincias durante años. Todo el pueblo coincidió en que estaba ya Condenado envida. El mismo día, en el Pont-Neuf, a la hora de mayor afluencia de gente, un hombre vestido de negro con el rostro oculto por una máscara grotesca saltó a lo alto del pedestal de la estatua de Enrique IV y proclamó que él, el capitán Courage, había hecho justicia con el infame torturador de mujeres, y luego saltó el parapeto, se disparó un pistoletazo en la cabeza y cayó al Sena. Perceval de Raguenel y su amigo Théophraste Renaudot, el gacetista, se habían esforzado la noche siguiente en recuperar el cuerpo de aquel extraño personaje que había sido un amigo fiel, pero no lo consiguieron y se contentaron con dedicarle algunas misas.

Antes de dejar París, Sylvie hizo dos visitas: la primera al convento de la Rue Saint-Antoine, donde su hija acogió con más entusiasmo aún que Philippe el nombramiento de su madre en la corte de la nueva reina. Próxima ya a cumplir los catorce años, Marie soñaba con ver mundo, la corte y sobre todo al rey, del que buena parte de sus compañeras pensionistas estaban enamoradas. Desde hacía más de un año, aquellas señoritas seguían apasionadamente el romance surgido entre el joven rey y María Mancini, una de las sobrinas de Mazarino, que había vivido con una de sus hermanas en la Visitation, donde habían dejado un recuerdo imborrable por sus travesuras y su costumbre de vaciar los tinteros en las pilas de agua bendita de la capilla. La joven italiana se había convertido de golpe en la heroína del convento, y todas se disputaban las informaciones sobre la marcha de su aventura. Se sabía que el cardenal había exiliado a sus sobrinas en Brouage. Cada cual añadía nuevos detalles a la escena de la despedida, en la que María, furiosa y desesperada, había dicho a Luis XIV: «¿Vos sois rey y os limitáis a llorar cuando me voy?» Incluso se cruzaban apuestas sobre si el rey conseguiría recorrer todo el calvario que le aguardaba hasta la boda con la infanta, o bien, incapaz de resistir a su pasión, acabaría por imponer su voluntad de casarse con la que amaba.

El hecho de que su madre fuera invitada a Saint-Jean-de-Luz llenó de alegría a la adolescente:

— ¡Oh, mamá, prométeme que me escribirás todos los días! ¡Quiero saber absolutamente todo lo que va a pasar!

— ¿Qué quieres que pase de extraordinario? -sonrió Sylvie-. ¡Nuestro rey va a dar una reina a Francia, y eso es todo!

— Sí, ¿pero cuál? ¿La infanta o María Mancini? Muchas compañeras dicen que está demasiado enamorado para dejarse casar y que está harto de hacer la voluntad del viejo Mazarino. Adora a María.

— ¡Estáis locas y soñáis demasiado! El viejo Mazarino, como tú le llamas, ha jurado que se llevará él mismo a su sobrina a Roma si se obstina en querer casarse. Hay que comprender que ha empeñado las pocas fuerzas que le quedan en el tratado que pone fin a más de treinta años de guerra. Y la infanta es el remate de ese tratado. Si Luis XIV quiere seguir siendo rey, tiene que casarse con María Teresa. Y si no, ha de renunciar al trono en favor de su hermano.

— ¡Por Dios, qué severa eres, mamá! ¿No debe pasar el amor por delante de todas las consideraciones políticas?

— ¡No cuando se es rey de Francia! Por otra parte, prometo que te escribiré a menudo…

— ¿Todos los días?

— Haré lo que pueda…

— Gracias, eres un ángel. Y a propósito, ¿cuándo piensas sacarme de aquí? ¡Tengo catorce años, y mi madrina era doncella de honor a los doce! Y además…

— Y además tienes prisa porque te vean en sitios distintos de un locutorio… ¡La vanidad es un pecado!