—¿Te refieres a la parricida de Sevilla?
—Sí. Le prometí que haría cuanto estuviera en mi mano para ayudarla. Me parece que su arrepentimiento es sincero y…
—Y sólo un judío puede liberarla de la maldición de otro judío. No temas: cuando el rubí haya perdido su poder, la hija de Diego de Susan podrá descansar. Ahora, presta atención. Y bebe si te apetece.
Sin hacer caso del gesto negativo de Morosini, el anciano llenó de nuevo el vaso; después apoyó la espalda en la silla y cruzó las largas manos sobre las rodillas. Finalmente, sin mirar a su visitante, empezó:
—En el año 1583, Rodolfo tenía treinta y un años. Ocupaba el trono imperial desde los siete, y aunque estaba prometido a su prima, la infanta Clara Eugenia, no se decidía a celebrar la boda. La indecisión fue, por lo demás, su defecto más grave. Pese a que le gustaban las mujeres, el matrimonio le daba miedo y se contentaba con saciar sus necesidades viriles con muchachas humildes o mujeres fáciles. Su corte, a la que afluían artistas, sabios y también charlatanes, era en aquella época muy alegre y brillante. El pintor Arcimboldo, el hombre de las caras extrañas que fue para él lo que Leonardo da Vinci fue para Francisco I en Francia, organizaba fiestas, inventaba danzas, espectáculos y sobre todo bailes de disfraces, que encantaban al emperador. Fue en una de esas fiestas donde se fijó en dos jóvenes de una gran belleza. Se llamaban Catalina y Octavio y, para sorpresa de Rodolfo, que no los había visto nunca hasta entonces, eran hijos de uno de sus «anticuarios», Jacobo da Strada, natural de Italia, como Arcimboldo, y tan apuesto también que Tiziano le había dedicado un lienzo. Catalina y Octavio se parecían de un modo extraordinario, y al verlos, el emperador quedó profundamente impresionado, quizás incluso más que aquellos dos jovencitos ante la majestad del soberano. Le parecieron tan excepcionales que creyó que eran seres sobrenaturales y deseó mantenerlos a su lado.
»El padre se convirtió en conservador de las colecciones y Octavio, a quien Tintoretto pintaría un día, en encargado de la biblioteca. En cuanto a Catalina, fue durante años la compañera de Rodolfo, y era tan discreta que, con excepción de los familiares, nadie sospechó la existencia de esa relación. Era cariñosa y quería al emperador, a quien dio seis hijos.
»El primero, Julio, nació en 1585 y Rodolfo quedó enseguida prendado de él. Deploraba que no pudiera ser su heredero, pese a las advertencias de Tycho Brahe, su astrónomo-astrólogo: según el horóscopo de su nacimiento, el niño sería excéntrico, cruel y tiránico. Si reinaba, sería una especie de Calígula, y en cualquier caso el pueblo no lo aceptaría jamás. Desconsolado pero resignado, el emperador, pese a todo, lo hizo criar a su lado de un modo principesco. Por desgracia, el horóscopo resultó ser exacto: el niño presentaba todas las taras de los Habsburgo, exactamente igual que su primo carnal don Carlos, hijo de Felipe II. A los nueve años se le declaró una epilepsia y hubo que vigilarlo de cerca, lo que no le impedía escaparse con una astucia que desanimaba a cuantos le rodeaban. Cuando tenía dieciséis años empezaron a correr rumores: el príncipe atacaba a sus sirvientas, raptaba niñas para hacerlas azotar, maltrataba a los animales. Un día provocó un escándalo terrible por pasearse desnudo por las calles de Praga persiguiendo como un sátiro a las mujeres que encontraba a su paso. El pueblo protestó y el emperador, apenado, decidió alejarlo de la capital. Y como Julio era amante de la caza, le dio como residencia el castillo de Krumau, en el sur del país… ¿Qué ocurre?
—Perdone que lo interrumpa —dijo Morosini, que se había estremecido al oír ese nombre—, pero no es la primera vez que oigo hablar de Krumau.
—¿Quién te ha hablado de ese lugar?
—El barón Louis. Parece ser que Simón Aronov tiene una propiedad en los alrededores.
—¿Estás seguro?
—Sí.
—Es extraño, porque el rubí está precisamente en Krumau. Es… digamos una coincidencia, pero voy a proseguir mi relato. En sus nuevos dominios, Julio era dueño y señor, pero las órdenes eran tajantes: en ningún caso debía volver a Praga. Sólo su madre podía visitarlo. Muy pronto, el terror empezó a reinar en la región. El «príncipe», que era un fanático de la caza, tenía una jauría de perros que espantaban incluso a los muchachos encargados de cuidarlos. Además, como Krumau era un gran centro de curtido de pieles, había instalado una curtiduría en el castillo, así como un taller de taxidermia: desollaba animales y rellenaba las pieles con paja o las curtía, según su capricho. Las noches estaban dedicadas a celebrar orgías. Conseguían muchachas pagándoles, a veces raptándolas, y algunas no regresaron nunca. El miedo iba en aumento.
»Al principio, un miedo mudo, pues nadie se atrevía a informar al emperador. Este adoraba a su primogénito y, sabiendo que, como a él, le gustaban las joyas, sobre todo los rubíes, con motivo de su dieciocho cumpleaños le regaló la magnífica piedra que Khevenhüller había traído de España. Julio manifestó una alegría casi demencial, la hizo montar en el extremo de una cadena y no se separó de ella jamás.
»Una tarde, mientras volvía de cazar, se encontró en su camino con una muchacha muy joven, casi una niña, pero tan bella que se enamoró inmediatamente de ella y la llevó al castillo. Nada más llegar, la violó. La pequeña, aterrorizada, huyó durante la noche, pero, debilitada por lo que acababa de sufrir, se desvaneció al borde del estanque, donde los guardias la encontraron al amanecer con el cuerpo lleno de cortes. Naturalmente, informaron a su señor, que la llevó personalmente al castillo. Esta vez la encerró en su habitación y prohibió a los criados que se acercaran. Todas las noches la oían gritar, llorar, pedir clemencia. Su padre, barbero en la ciudad, finalmente se atrevió a ir al castillo para reclamarla. Aquello desencadenó la furia de Julio, que la emprendió a golpes contra él con la hoja de la espada hasta echarlo.
»Sin embargo, al cabo de un mes la pobre criatura consiguió escapar y se refugió en casa de sus padres. Julio fue a reclamarla. Le dijeron que no la habían visto; entonces, loco de rabia, se apoderó del padre y le dijo a la madre, deshecha en lágrimas, que si su hija no iba a reunirse con él esa noche mataría a su marido. Y por la noche, la jovencita regresó. Julio se mostró encantador; despidió al padre con presentes y palabras amistosas: amaba a su "palomita" y pensaba casarse con ella. La noche siguiente sería su noche de bodas. El hombre se marchó un poco más tranquilo.
Jehuda Liwa hizo una pausa y respiró hondo, como si se preparara para pasar un mal trago.
—Al día siguiente, los criados, al no poder abrir la puerta de la habitación y no oír ningún ruido, se decidieron a derribarla. Estaban acostumbrados a las crueldades de su señor, pero el espectáculo que descubrieron los hizo retroceder de horror. La habitación estaba patas arriba, los colchones rajados, las alfombras manchadas de sangre y sembradas de jirones de carne. En medio de todo eso, Julio, completamente desnudo, aunque con la cadena de la que colgaba el rubí puesta, abrazaba llorando el cuerpo… o lo que quedaba del cuerpo de la joven: estaba despedazada, tenía los dientes rotos, los ojos hundidos, las orejas cortadas, las uñas arrancadas.
»Los guardias consiguieron sacar de allí a Julio, extraviado y medio inconsciente. Reunieron los restos de la muerta en una sábana a fin de darles cristiana sepultura e informaron al emperador. Era el 22 de febrero de 1608.
»Rodolfo fue a Krumau. Tenía el corazón partido, pero dio las órdenes que debía dar. Era preciso, ante todo, sofocar el escándalo de ese crimen abominable. Los padres de la muchacha recibieron una fortuna y tierras para que se marcharan lejos de allí. En cuanto a Julio, que había perdido totalmente la razón, lo encerraron en sus aposentos, tapiaron las puertas y pusieron gruesos barrotes en las ventanas. Con excepción de dos sirvientes fieles, nadie lo vio nunca más, pero lo oían gritar todas las noches. No soportaba ninguna prenda de vestir y vivía desnudo como un animal. Cuatro meses más tarde lo encontraron muerto y el emperador, que había ordenado ese fin, jamás halló consuelo. Enterraron al joven en la capilla del castillo.
Cuando la voz del gran rabino se apagó, Morosini sacó un pañuelo, se secó el sudor de la frente, se sirvió vino y se lo bebió de un trago. Esa inmersión en un pasado abominable le resultaba penosa, pero ante aquellos ojos oscuros y atentos que lo observaban se esforzó en disimular su emoción.
—¿Es eso —dijo por fin— lo que el emperador le ha revelado?
—No. No ha hablado tanto. Yo ya conocía esa terrible historia; de lo que no sabía nada es del rubí. Ahora sé dónde está, pero no creo que te alegres mucho cuando te lo diga. Tus dificultades no han acabado, príncipe Morosini.
—¿Dónde está?
—Continúa en Krumau… y continúa en el cuello de Julio. Su padre exigió que se lo dejaran puesto.
Aldo se enjugó de nuevo la frente. Notaba que un sudor helado le bajaba por la espalda.
—No querrá decir que voy a tener que…
—¿Violar una sepultura? Sí. Y yo, que siento un gran respeto por los muertos, te animo a que lo hagas. Es preciso, aunque sólo sea por la paz del alma de ese desgraciado loco y por la redención de la de la sevillana. Pero además, y sobre todo, el pectoral debe ser reconstruido. El futuro de Israel depende de ello.
—Es terrible —murmuró Morosini—. Le juré a Simón Aronov que no retrocedería ante nada, pero esta vez…
—¿Tanto miedo tienes? —rugió el rabino—. ¿De qué? Los arqueólogos modernos no dudan en entrar, en nombre de la ciencia, en las tumbas de personajes muertos hace cientos y cientos de años.
—Lo sé. Un amigo mío ejerce esa profesión y no tiene ninguna clase de escrúpulos.
—Y sin embargo, lo que ellos hacen es infinitamente más grave. Sacan los cuerpos de los difuntos para exponerlos a la curiosidad pública en toda su miseria. Tú sólo tendrás que retirar la piedra, sin turbar el sueño de Julio, y una vez que lo hayas hecho ese sueño será más plácido. Pero no podrás hacerlo solo. No sé qué vas a encontrar allí: una losa de piedra, un sarcófago… ¿Puede ayudarte alguien?
—Contaba con este amigo egiptólogo, pero parece que va a tardar.
—Espera un poco. Si no viene, te daré una carta para el rabino de Krumau. Él encontrará a alguien que te ayude.
—Por cierto, ¿dónde está Krumau?
—Más de cuarenta leguas al sur de Praga, en el alto valle del Moldava. El castillo, que pertenece al príncipe Schwarzenberg, fue durante mucho tiempo una fortaleza a la que han añadido construcciones más agradables. La capilla está en la parte antigua. No puedo decirte nada más. Ahora te acompañaré hasta la entrada de los jardines…, pero no te vayas sin haber venido antes a verme. Intentaré ayudarte todo lo que pueda.
Cuando hubo regresado al coche, Aldo permaneció un rato sentado al volante, sin moverse. Se sentía aturdido, abrumado por esas horas vividas fuera del tiempo. Necesitaba inmovilidad y, sobre todo, silencio, y a esas horas de la noche era absoluto, profundo, parecía fuera del tiempo también.
Después encendió un cigarrillo y lo saboreó con tanta voluptuosidad como si llevara días sin fumar. Se sintió apaciguado y pensó que ya iba siendo hora de volver al hotel. El automóvil recorrió las pendientes del Hradcany y condujo a su dueño hacia el mundo más prosaico de los vivos.
Eran más de las tres de la madrugada cuando llegó al Europa, sumido en la penumbra. El bar estaba cerrado, lo que le produjo un gran placer: temía un poco ver aparecer a su pesadilla americana, con una sonrisa estereotipada y una jarra de cerveza en la mano. Todo estaba en calma. El portero de noche lo saludó y le dio su llave, acompañada de un papel doblado por la mitad que estaba en el casillero.
—Hay un mensaje para su excelencia.
Morosini desdobló el papel y estuvo a punto de gritar de alegría:
Estoy en la habitación 204, justo al lado de la tuya, pero, por el amor de Dios, déjame dormir. Me contarás tus calaveradas mañana.
Era de Vidal-Pellicorne.
Morosini se habría arrodillado de buen grado para dar gracias al Señor. Era un alivio inmenso saber que Adalbert estaría con él para afrontar la prueba que lo esperaba. Se dirigió hacia el ascensor muy animado. De repente, la vida le parecía mucho más bella.
Morosini acababa de abrir los ojos cuando Adalbert entró en su habitación precedido de una mesa con ruedas con un copioso desayuno para dos. Dado que las efusiones eran raras entre ellos, el arqueólogo miró primero a su amigo, sentado en la cama, y luego las elegantes prendas dejadas de cualquier manera con mirada crítica.
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