Cerró las ventanas y cambió la dirección del aire acondicionado, después salió fuera. El pato Ebenezer y su banda de tambaleantes seguidores se acercaron rápidamente a ella, con Ebenezer graznando su desagrado por haber tenido que esperar tanto por el trigo que ella le daba siempre a primera hora de la mañana. Ebenezer era el ganso más gruñón que había existido, estaba segura, pero había cierta majestuosidad en él, tan grande y blanco, y a ella le gustaban sus excentricidades. Joe vino desde la esquina trasera de la casa y espero observando como daba de comer a los gansos, dejando distancia entre ellos como siempre hacía. Rachel vertió la comida de Joe en su plato y llenó su cuenco con agua dulce, después se aparto. Él nunca se acercaría mientras ella estuviera cerca de su comida.
Recogió los tomates maduros de su pequeño huerto y comprobó las plantas de las judías; las judías verdes necesitaban otro día más o menos antes de cosecharlas. Para entonces su estómago decía con voz cavernosa que tenía hambre, y se dio cuenta de que habían pasado horas desde la hora en la que solía desayunar. Todo su horario se había ido por los suelos, y no parecía tener muchos deseos de recuperarlo. ¿Cómo se podría concentrar para escribir cuando todos sus sentidos estaban pendientes del hombre que estaba en su dormitorio?
Entró en la casa a ver cómo estaba, pero él no se había movido. Volvió a mojar la toalla y la puso sobre su frente, después presto atención a los gruñidos de su estómago. Hacía tanta calor que cualquier cosa que fuese cocinada parecía un alimento demasiado pesado, de modo que se decidió por un bocadillo de fiambre con uno de los tomates frescos que había recogido cortado en rebanadas. Con un vaso de té helado en una mano y su bocadillo en la otra, encendió la radio y se sentó al lado de ella para escuchar las noticias. Allí no había nada extraño: las maniobras políticas normales, tanto locales como nacionales; una casa había salido ardiendo; una prueba de interés local, seguida por el clima, que prometía más de lo mismo. Nada que ofreciese una débil luz para explicar la presencia y el estado del hombre que había en su dormitorio.
Cambiando la cadena, escuchó durante casi una hora, pero otra vez no había nada. Era un día tranquilo, la mayoría de la gente se quedaba en su casa a causa del calor. No había nada sobre la búsqueda de un hombre o droga. Al oír que un coche se paraba delante de su casa apagó la radio y se levantó para mirar por la ventana. En ese momento, Honey estaba saliendo de su coche y llevaba consigo otra bolsa de la tienda de comida.
– ¿Cómo ha estado? -Preguntó tan pronto como estuvieron dentro.
– Aún no se ha despertado. Tenía fiebre cuando me desperté, de modo que conseguí darle dos aspirinas y un poco de agua. Luego lo lavé con una esponja.
Honey entró en el dormitorio y cuidadosamente comprobó las reacciones de su paciente, después miro su trabajo en el hombro y muslo y volvió a vendar sus heridas.
– He comprado un termómetro nuevo -murmuró, sacudiéndolo arriba y abajo y metiéndoselo en la boca-. No tenía para humanos.
Rachel se había estado moviendo nerviosamente.
– ¿Cómo lo ves?
– Sus reacciones son mejores, y las heridas parecen limpias, está completamente fuera de peligro. Va a estar enfermo durante unos días. La verdad, mientras más tiempo esté tan quieto como está, mejor para él. Descansará la cabeza y no forzará ni el hombro ni la pierna.
– ¿Y la fiebre?
Honey le tomo el pulso, luego sacó el termómetro de su boca y lo leyó.
– Treinta y ocho. No es crítico, excepto que como dije, va a estar muy enfermo durante algún tiempo. Dale una aspirina cada cuatro horas y hazle beber tanta agua como puedas. Sigue bañándolo con una esponja con agua fría. Volveré mañana, pero no puedo venir muy a menudo o parecería sospechoso.
Rachel compuso una sonrisa nerviosa.
– ¿También tu fantasía ha corrido demasiado contra ti?
Honey se encogió de hombros.
– Escuché la radio y leí el periódico. No aparecía nada sobre este tipo. Quizá me equivoque, pero solamente se me ocurren dos posibilidades. Una es que es un agente, y la otra es que es un camello que se está escondiendo de su gente.
Bajando la mirada hasta él, con el cabello negro enmarañado, Rachel negó con la cabeza.
– No creo que sea un camello.
– ¿Por qué no? ¿Tienen tatuajes identificativos, o algo?
No le dijo nada a Honey sobre las manos de él.
– Es posible que sólo quiera reconfortarme pensando que he hecho lo correcto.
– Después de lo que estás haciendo, creo que tienes razón. Anoche no pensé en eso, pero hoy lo he hecho, y he hablado con un policía esta mañana. No mencionó nada raro. Si tu tipo está relacionado con las drogas tendrás tiempo para enterarte antes de que pueda ser peligroso. Así pues, creo que estás haciendo lo correcto.
Había también otra posibilidad, una en la que Rachel había pensado pero que no pensaba decir a Honey. ¿Qué pasaría si él era un agente… para alguien más? Un camello, un agente -ninguno de los dos trabajos era muy sano, teniendo en cuenta de todo lo que había descubierto mientras trabajaba como reportera. Rachel había sido una reportera muy buena, un as, adentrándose en los hechos haciendo frente al peligro. Sabía, mucho mejor que Honey, lo peligroso que era simplemente esconder a ese hombre, pero había algo que le hacía imposible lavarse las manos y entregarlo al sheriff, dejando que después los acontecimientos siguieran su curso natural. Ella se había hecho responsable de él desde que lo vio nadando en el Golfo, y eso no cambiaría. Mientras hubiese una posibilidad, por muy remota que fuera, de que fuera digno de su protección, tenía que ofrecérsela. Era un riesgo que debía correr.
– ¿Cuánto tiempo falta para que se despierte? -se quejó.
Honey vaciló.
– No lo sé. Soy veterinaria, ¿recuerdas? Con la fiebre, la pérdida de sangre, el golpe en la cabeza… Debería estar en la UVI, y tener puesto suero. Su pulso es débil y acelerado, probablemente necesita sangre y está en estado de shock, pero aparte de eso promete. Puede despertarse en cualquier momento, o puede que sea mañana. Cuando se despierte puede encontrarse desorientado, lo que no sería extraño. No dejes que se ponga nervioso, y sea lo que sea que hagas, no le permitas levantarse.
Rachel lo miró, su pecho fuertemente musculado, y se preguntó si había alguna forma de que ella pudiera evitar que él hiciese cualquier cosa que desease. Honey sacó gasa y esparadrapo de su bolso.
– Cámbiale el vendaje mañana por la mañana. No volveré hasta mañana por la noche, a menos que creas que él ha empeorado y me llames, y en ese caso sería mejor que llamases a un doctor.
Rachel compuso sonrisa tensa.
– Gracias. Sé que no te ha sido fácil hacer esto.
– Por lo menos has traído algo de excitación al verano. Me tengo que ir ahora, o Rafferty querrá alguna tira de mi piel por hacerle esperar.
– Saluda a John de mi parte -dijo Rachel cuando estuvieron en el porche.
– Depende de su estado de ánimo -Honey sonrió abiertamente, sus ojos iluminaos por la idea de la pelea. Ella y John Rafferty habían estado peleando desde que Honey había comenzado a trabajar en la zona; Rafferty había dejado clara su opinión de que una mujer no era lo suficientemente fuerte para ese trabajo, y Honey se había propuesto desmentir esa idea. Su relación había evolucionado hacía mucho tiempo en un respeto mutuo y una pelea continua de la que ambos disfrutaban. Desde que Honey se había comprometido con un ingeniero en el extranjero, con planes para casarse cuando él regresase al Estado, también ella quedó a salvo del legendario deseo de Rafferty, pues algo que él no hacía, era pescar furtivamente.
Joe se levantó simplemente en la esquina de la casa, volviéndose más agresivo mientras veía a Honey montarse en el coche y marcharse. Normalmente Rachel le habría hablado tranquilizadoramente, pero hoy, también, ella estaba tensa y cautelosa.
– Guarda -dijo suavemente, sin saber si él entendería la orden-. Eres un buen chico. Protege la casa.
Pudo trabajar en su libro durante un par de horas, pero realmente no podía concentrarse en lo que estaba haciendo cuando escuchaba cualquier sonido que salía del dormitorio. Cada dos por tres, entraba a ver como estaba, pero cada vez lo veía igual que antes. Intentó varias veces obligarlo a beber algo, pero su cabeza se recostaba contra su hombro cada vez que se la levantaba, y él no terminaba de responder. A última hora de la tarde su fiebre comenzó a subir otra vez, y Rachel abandonó el intento de escribir. De alguna manera tenía que animarle lo suficiente como para que se tomase la aspirina.
La fiebre parecía peor esta vez. Cuando lo tocó su piel ardía, y tenía el rostro ruborizado por el calor. Rachel le habló al levantarle la cabeza, cantando dulcemente y adulándolo. Con la mano libre le acarició el pecho y los brazos, intentando animarle, y su esfuerzo se vio recompensado cuando él gimió repentinamente y giró el rostro contra su cuello.
El sonido y el movimiento, de alguien que había estado quieto y silencioso, la sobresaltaron. Su corazón latió salvajemente, y fue incapaz de moverse durante un momento, simplemente sujetándolo y sintiendo como su barba la raspaba cuando la acarició. Fue una sensación raramente erótica, y su cuerpo se aceleró por el recuerdo. Un rubor ardiente coloreó sus mejillas; ¿qué hacía ella, reaccionando por el toque de un hombre sin sentido y enfermo? Concedido, había pasado mucho tiempo desde la última vez, pero nunca se había considerado una persona mal amada, tan hambrienta para que el contacto más leve con un hombre la hiciera excitarse.
Intento alcanzar la cucharilla donde había disuelto la aspirina y le hizo abrir la boca, tocándole los labios con la cucharilla como había hecho antes. Nerviosamente él aparto la cara, y Rachel siguió el movimiento con la cuchara.
– No hagas eso -murmuró con dulzura-. No te vas a escapar. Abre la boca y tómate esto. Te hará sentir mejor.
Frunció el ceño oscuramente y se apartó, esquivando la cuchara de nuevo. Tenazmente Rachel volvió a intentarlo, y esta vez logró meter la amarga aspirina en su boca. Se la tragó, y mientras colaborase debía lograr que bebiese té helado antes de que volviera a sumergirse de nuevo en el estado de inconsciencia. Tras la costumbre que había comenzado esa mañana, lo lavó pacientemente con una esponja mojada en agua fría esperando que la aspirina hiciese efecto y la fiebre bajara otra vez, permitiéndole descansar.
Su respuesta, nerviosa como había sido, le dio esperanzas de que pronto despertaría, pero esa esperanza murió durante esa larga noche. Su fiebre subía en intervalos hasta que ella le dio más aspirinas y logró tenerla bajo control de nuevo. Sólo pudo descansar durante breves intervalos, porque pasó la mayor parte de la noche pendiente de él, lavándolo con una tela mojada en agua fría para mantenerle tan calmado como podía, y haciendo todo aquello que era necesario cuando había un paciente postrado en una cama.
Hacia el amanecer él volvió a gemir e intentó cambiar de posición. Imaginando que los músculos le debían doler después de estar tanto tiempo en la misma posición, Rachel le ayudó a ponerse sobre su costado sano, después aprovechó la nueva posición en la que estaba y le limpió la espalda con agua fría. Él se tranquilizo casi de inmediato, su respiración se volvió profunda y constante. Con los ojos ardiéndole y los músculos doloridos, Rachel siguió frotándole la espalda hasta que estuvo segura de que él descansaba por fin, luego avanzó a rastras hasta la cama. Estaba tan cansada. Fijó la mirada en la musculosa espalda de él, preguntándose si podría dormir y como lograría estar despierta durante un momento más. Debido al cansancio sus párpados descendieron e inmediatamente se durmió, el instinto llevándola a acercarse más a esa espalda ardiente.
Aún era pronto cuando se despertó; al mirar el reloj vio que había dormido unas dos horas. Él volvía a estar boca arriba, y había vuelto a patear las sábanas hasta que estar quedaron enredadas alrededor de su pierna izquierda. Molesta por no haberse despertado por sus movimientos, Rachel salió de cama y la rodeó para enderezar la sábana y taparlo, intentando no moverle la pierna izquierda. Su mirada vago sobre su cuerpo desnudo y rápidamente la aparto, sonrojándose otra vez. ¿Qué estaba mal en ella? Sabía qué los hombres desnudos se parecían, y no era como si fuera la primera vez que había visto uno. Lo había cuidado durante casi dos días; lo había bañado y había ayudado a coserle las heridas. Pero aun así, no podía evitar la sensación de bienestar que la inundaba cada vez que lo miraba.
– Es simple lujuria-, se dijo a si misma firmemente. -Simple y normal lujuria. Soy una mujer normal, y él es un hombre guapo. ¡Es normal que admire su cuerpo, así que tengo que dejar de actuar como una adolescente!
"La Bahia Del Diamante" отзывы
Отзывы читателей о книге "La Bahia Del Diamante". Читайте комментарии и мнения людей о произведении.
Понравилась книга? Поделитесь впечатлениями - оставьте Ваш отзыв и расскажите о книге "La Bahia Del Diamante" друзьям в соцсетях.