– Siento oír que Po Chu ya no reside en tu casa. El corazón de un hombre debe de resentirse cuando su único hijo lo abandona con palabras duras.
– Sea hija o sea hijo, el corazón de un padre siempre sangra.
– He venido a hablarte de Po Chu.
– Es una cucaracha inútil que sólo sirve para vivir en las alcantarillas.
– Temo que, más que las cloacas, pronto habite en la cárcel.
Feng hundió aún más la cara en el cuello del abrigo y observó fijamente a Theo.
– Mientes.
– No, Feng Tu Hong. Digo la verdad. Tu hijo ha secuestrado a una muchacha fanqui. Es la hija de un periodista británico que hará recaer todo el peso del ejército británico sobre los jefes chinos de Junchow si no liberan a la joven de inmediato.
La mano enorme de Feng se aferró al bastón de marfil que sostenía en su regazo. Li Mei le había contado a Theo que se trataba de una espada camuflada, pero él nunca la había visto en acción. No es que tuviera excesivo interés. Feng aspiró hondo, pero no dijo nada.
– Una enemistad de ese tipo entre nuestra gente -prosiguió Theo- sería contraproducente para tus… negocios.
Feng ahogó una carcajada.
– ¿Qué es lo que quieres, Willbee?
– Quiero saber dónde la oculta Po Chu.
– Ajá, te llevas a mi hija y ahora quieres llevarte a mi hijo. Ten cuidado, inglés, de que no me lleve yo tu cabeza.
– No, Feng, a quien quiero es a la niña, no a tu hijo. Si la recupero deprisa, a Po Chu no le sucederá nada. He venido a advertirte del peligro que corre.
Feng apartó la cara y miró sin ver por la ventanilla. En la acera, al otro lado de la calle, un acróbata se sostenía sobre unos zancos, mientras un mono flaco vestido con chaqueta granate pasaba el platillo pidiendo dinero. El chófer le arrojó una moneda.
– Mi hijo me desobedeció, Willbee. Lo mismo que su hermano Yuesheng hizo antes que él, y lo mismo que su hermana. Tiene prohibida la entrada en mi casa, pero me duele, Willbee, porque yo ya no puedo engendrar más hijos, por más jóvenes y lascivas que sean las doncellas a las que doy placer. Mi vara aún quiere, pero las semillas están ajadas y secas, aunque como carne de tigre. Envejezco. -Con desagrado, se pasó la mano por el pelo liso, por las sienes canosas-. Necesito a mi hijo.
– Los tribunales británicos lo condenarán a la horca.
Feng se echó hacia atrás para mirar a Theo, y en sus ojos éste vio la desesperación.
– Lo quiero vivo, por más que sea un inútil.
– Aún existe una posibilidad de que sobreviva, si encuentro deprisa a la joven, antes de que las autoridades se involucren en el caso.
Feng se acercó mucho a Theo, que tuvo que esforzarse para no demostrar la ira que recorría su ser. No había olvidado que ése era el hombre que había causado tanto dolor a Li Mei, y que le había causado tantos problemas a él mismo con Mason.
– Muy bien, Willbee. Confío en ti porque no me queda otro remedio. Po Chu es demasiado cauto como para permitir que alguno de mis hombres se acerque a él, pero tú eres distinto. Tal vez tú puedas hablar con él, porque en ti no verá ninguna amenaza. -Suspiró sonoramente, agitando todos los músculos de su cuerpo-. Mis espías me dicen que él y sus secuaces se esconden en una granja. Cerca de los Siete Bosques, al este de la ciudad. -Clavó los ojos negros en Theo-. Sálvalo, profesor. Hazlo por mí, por su padre.
Theo asintió.
– Cuando todo termine, si Po Chu se salva, yo mismo pondré mi precio -dijo, antes de descender del automóvil.
– Alfred.
– Gracias a Dios que has llegado, Theo. -El periodista, por lo general pulcro y aseado, tenía mal aspecto, con la chaqueta arrugada y unas grandes ojeras bajo las gafas-. ¿Ha habido suerte?
– Traigo noticias.
– ¿La has encontrado?
– Todavía no. -Theo meneó la cabeza y aceptó el whisky que Alfred le alargaba-. ¿Cómo está su madre?
– Furiosa. Dios santo, no soporto verla en ese estado de agonía. La policía es del todo inútil, y más lenta imposible.
– No deberíais haber contactado con ella aún.
– Lo siento, amigo, pero era nuestro deber. De todos modos, no he mencionado que el amigo chino de Lydia era un comunista fugitivo, de modo que tú estás a salvo de cualquier acusación. Pero cuéntame, deprisa, ¿cuáles son esas noticias que traes?
– Una granja. Ahí es donde la tienen. -Theo no sabía cuánto revelarle a Alfred, porque no quería que la policía estuviera al corriente de la información por el momento, pero por otra parte sabía que iba a necesitar a alguien que le diera apoyo-. Voy a acercarme hasta ahí en secreto para tratar de negociar con Po Chu.
– Muy bien.
– ¿Vienes conmigo?
– Por supuesto.
– Trae un arma.
– Alfred, escúchame, lleva contigo a Liev Popkov.
– ¿A quién?
– No seas lento, tienes que acordarte de él. El ruso borracho que irrumpió furioso en el banquete de boda. Sé dónde vive, y puedo enviar a alguien a buscarlo ahora mismo.
– Ah, sí, buena idea. Es altísimo.
– Tengan cuidado los dos. No quiero que mi esposo muera, señor Willoughby.
– No te preocupes, Valentina. Si Dios quiere, volveré. Con Lydia. Ahora también es hija mía.
– Oh, Alfred, si lo logras, besaré el suelo que pises hasta el día de mi muerte… lo quiera o no lo quiera Dios. Ven aquí.
– Cuidado, niña. Theo nos está mirando.
– Que mire.
El camino era malísimo, tan lleno de baches que el Morris Cowley de Theo casi no llegó a su destino. Era poco más que un sendero que rodeaba los campos que se extendían, desnudos y grises, hasta donde alcanzaba la vista. En primavera habrían sido un manto verde de brotes nuevos, pero en invierno se asemejaban a un mar de cenizas, más deprimentes aún bajo aquel cielo plomizo. Theo soltó una maldición y agarró con fuerza el volante para girar a la izquierda y esquivar una rodera más. A su lado, Alfred fumaba su pipa en silencio, y la calma con que soltaba el humo irritaba a Theo, al que el corazón le latía con la fuerza de un barco a vapor. Maldita sea, ojalá él también se hubiera fumado una pipa de las suyas antes de salir, una pipa del sueño para aplacar sus nervios.
– Alfred, sé buen chico y apaga esas señales de humo, ¿quieres?
Alfred miró a su alrededor, y lo observó un segundo, antes de arrojar la pipa por la ventanilla.
– ¿Mejor así?
Theo no respondió y se concentró en el camino. En el asiento de atrás, el corpulento ruso soltó una carcajada, y presa de la impaciencia, se echó hacia delante.
La carretera terminaba en un sendero, y dejaron el coche tras unos pinos escuálidos que Feng Tu Hong había llamado bosque. A pie avanzaron hasta el borde de éste, y se agacharon para observar la granja que se alzaba a unos quinientos metros. Se trataba de una serie de edificios de madera arracimados que cubrían los tres lados de un rectángulo, con un patio en el centro, y el cuarto lado lo cerraba un muro de piedra encalada, con puertas altas y redondeadas en su parte alta, de roble macizo.
Esperaron treinta minutos, según el reloj de Theo. Una bandada de grajos de alas maltrechas descendieron desde los nubarrones y se posaron en el suelo desnudo y plano, frente a la casa, donde se pusieron a caminar con las patas tiesas, como ancianos, mientras picoteaban en busca de lombrices.
Al rato, uno de ellos alzó el cuello y emprendió el vuelo. Volando en círculos sobre las cabezas de los fanquis, graznó varias veces. Theo esperaba que no se tratara de un gran presagio.
– Nada -dijo, cuando el reloj de Alfred marcó las dos. No habían dejado de observar los portones, instándolos a abrirse-. Tal vez podríamos acercarnos a echar un vistazo. Po Chu y yo tenemos asuntos que tratar.
– ¿Conoces a ese hombre?
– Sí, claro. Es el hermano de Li Mei.
– Deberías habérmelo dicho.
– Te lo estoy diciendo ahora.
– De modo que se trata de un asunto personal.
– No, estoy aquí por Lydia.
– Ya veo.
El ruso tuerto se desperezó y se puso en pie tras los árboles. Clavó primero la mirada en Alfred, y después en Theo.
– Shdite zdes -dijo-. Ustedes aquí. -Señaló el reloj de Theo, e hizo señas del paso del tiempo-. Una. -Extendió el índice grueso y lleno de cicatrices-. Una. Ustedes aquí.
– ¿Una hora?
– Da -asintió.
– ¿Quieres que nos quedemos aquí una hora?
– Da.
– ¿Y luego? -preguntó Alfred.
– Ustedes… ahí -respondió Liev Popkov señalando los portones.
– ¿Y tú? ¿Dónde estarás tú?
El ruso separó los labios, mostrando unos dientes fuertes bajo la barba negra, gruñó algo en su lengua y volvió a adentrarse en la arboleda. Con su sombrero de pieles y su abrigo largo, gris, le bastaron unas zancadas para perderse en el paisaje.
– Dios Todopoderoso -murmuró Theo, sentándose a esperar.
Alfred se quitó las gafas y se dedicó a limpiarlas meticulosamente.
Theo aporreó los portones de roble. Alfred hizo sonar una campanilla de bronce que colgaba de una cadena, a un lado, y casi de inmediato se abrió una ranura situada al nivel de las caras. Se asomó un par de ojos chinos, pero uno era traslúcido, y el otro nervioso.
– Vengo a hablar con Feng Po Chu -informó Theo con aplomo, en mandarín-. Informa a tu señor de que el honorable Tiyo Willbee está aquí. Y deprisa. Este frío es como el aliento del diablo.
Alfred dio un puñetazo a la puerta, y el cerrojo repicó contra ella.
– Abrid la puerta, maldita sea.
Para su sorpresa, sus palabras fueron recibidas con el sonido de una llave que, al girar, permitió que se descorriera un pasador. Al momento los portones se abrieron y, frente a ellos, un chino anciano, de trenza anticuada, apareció tendido inconsciente sobre los adoquines, mientras que, junto a la entrada, un hombre barbudo sostenía un tronco de leña en la mano.
– ¡Liev Popkov! -exclamó Alfred-. ¿Cómo…?
– No te preguntes cómo ha entrado -le conminó Theo-. Iniciemos la búsqueda.
Extrajo el arma. El ruso también sacó dos pistolas del cinto, y Alfred hizo lo propio con una Smith & Wesson, blandiéndola con torpeza en dirección a los edificios. Theo sintió la inyección de adrenalina en sus tripas. Casi tan emocionante como ir a recoger opio al río Peiho una noche de tormenta. Se dirigió a toda prisa hacia la primera de las puertas, pero sólo encontró estancias vacías. Buscaron por todo el lugar, a conciencia, recorrieron todos los edificios, todos los cobertizos que los rodeaban. Pero ni rastro de Lydia. Ahí sólo vivía un granjero en compañía de sus dos hijos corpulentos y de un puñado de mujeres.
Una de las esposas jóvenes lo admitió.
– Feng Po Chu se ha ido hace dos días. Se llevó a sus hombres con él.
El ruso soltó un grito de frustración. Llegaban demasiado tarde.
Capítulo 59
Lydia se aferraba al dolor que sentía en el seno. Estaba sentada, con las rodillas levantadas, y con una mano apretaba la herida con fuerza, para interrumpir la hemorragia. Jamás imaginó que se alegraría al verse de regreso en la Caja, pero así era. Había llorado de alivio cuando vio que volvían a encerrarla a oscuras.
Se mantendría en sus trece, en su historia. Chang An Lo estaba muerto. Si lograba que Po Chu lo creyera, tal vez sobreviviera a eso. «No, no lo pienses. Todavía falta demasiado tiempo. Piensa sólo en el momento siguiente.»
La había golpeado unas pocas veces más, pero luego paró. Era como si la visión y el olor de su sangre, su sabor cuando le lamió la barbilla, satisficiera alguna necesidad interna. Por el momento. Pero, como todo adicto, volvería a por más. Le dolía el pezón pero, de algún modo, el dolor había activado un resorte en su mente, y la había despertado del sopor en el que iba cayendo lentamente, donde la muerte la aguardaba, con los brazos extendidos y esbozando una sonrisa. La vida era más complicada. Más difícil de vivir. Y el dolor equivalía a vida, de modo que no dejaba de decirse que el dolor era bueno.
Chang An Lo.
Mamá.
Sun Yat-sen.
E incluso Alfred.
Su ejército menguado de rostros con el que mantener a raya el miedo.
Y el de Polly. El rostro de su amiga tardó en acudir. Pero acudió al fin.
«Puedo hacerlo. Puedo. Sobrevivir. Eso es lo que se me da bien.»
El sonido del cerrojo en lo alto de la escalera.
Empezó a respirar hondo, anticipándose al agua. Pero los pasos eran distintos, más pesados, tambaleantes, y sintió que el pánico le cerraba la garganta. La luz, tenue, brillaba más intensa a través de los respiraderos, a medida que los pasos se acercaban. Miró hacia arriba. ¿Qué le esperaba esa vez? ¿Agua? ¿Aceite caliente? ¿Ácido? ¿Cualquier otra cosa?
El techo desapareció y Lydia, deslumbrada, empezó a parpadear. Una mano le tiró del pelo, y ella, que sentía que tenía las rodillas metidas en cemento, se apoyó en las paredes laterales con las manos y logró ponerse en pie. Enseguida la sacaron de la Caja, pero las piernas no la sujetaron y se desplomó sobre el suelo polvoriento del sótano. Un hombre se echó a reír. Ella trató de ponerse en pie, sin lograrlo. Otra risotada pérfida. Una bota le dio una patada en el culo, instándola a levantarse, y esa vez sí lo logró. Y, aun antes de verle el rostro, supo quién era su torturador.
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