La traición

La traición (1998)

Título Original: The trhree-year itch (1997)

Capítulo 1

Abbie Lockwood miró compasivamente a la gente que se arremolinaba alrededor de la cinta giratoria del equipaje. Pero no se detuvo. No tenía por qué. El tiempo empleado en los viajes era demasiado preciado para perderlo haciendo colas para recoger el equipaje, y ella no llevaba más que una ropa de quita y pon que no necesitaba plancha, un ordenador y una cámara de fotos; todo metido en un bolso de lona, lo suficientemente pequeño como para poder llevarlo a bordo con ella.

Pasó con familiaridad por todas las formalidades que requería la situación y se dirigió al vestíbulo de llegadas del aeropuerto. Miró alrededor buscando a Grey. Se desilusionó un poco al no encontrar inmediatamente aquella sonrisa cálida que la podía hacer sentir en casa nuevamente. Se puso de puntillas, aunque era lo bastante alta como para ver entre la gente. Además, él no era un hombre que pasara desapercibido, ya que su altura, solía llevarle mas de una cabeza a la mayoría de la gente, y su atlética figura destacaba habitualmente entre la multitud. Así que, si no lo veía, era porque no estaba allí.

Abbie se sintió decepcionada. La agradable sensación de haber hecho un buen trabajo y de que estaba en casa otra vez se oscureció al no ver a Grey. Él siempre iba a recogerla. No fallaba jamás. Aunque estuviera muy ocupado.

Abbie se dijo que exageraba, que seguramente se habría retrasado, o que habría aparecido un cliente a última hora, tal vez estuviera en los tribunales. Ella no se había puesto en contacto directo con él, así que él no había tenido tiempo de explicarle nada…

Probablemente habría dejado un mensaje, pensó, mientras se abría paso entre la gente hacia el mostrador de «Información». Al fin y al cabo era absurdo pensar que él iba a dejar todo para ir a buscarla, sólo porque ella hubiera estado un par de semanas fuera y estuviera desesperada por estrecharlo entre sus brazos y abrazarlo fuertemente. Solo que nunca antes le había fallado. Nada más.

– Mi nombre es Abigail Lockwood. Estoy esperando a mi marido, pero él no esta aquí. Quería saber si no ha dejado algún recado para mí por favor.

– Me temo que no, señora Lockwood.

– ¡Oh, bueno! -contestó ella, tratando de disimular la molestia que le producía todo aquello, aún a sabiendas de que aquella sensación de que pasaba algo malo fuera ridícula-. Supongo que ha habido un mal entendido. Será mejor que tome un taxi.

La chica sonrió automáticamente. Habría escuchado aquellas palabras miles de veces.


Al llegar a la lujosa urbanización donde vivían ella y Grey, aquel sentimiento de vuelta a casa se le había marchitado totalmente, y simplemente se sentía cansada. A pesar de ello, tuvo una sonrisa de cortesía para el conserje, quien le alabó su bronceado y le preguntó si había tenido un buen viaje.

– Muy bueno, gracias, Peter -le contestó ella-. Pero me alegro de estar en casa nuevamente.

Aunque aquellas dos semanas no habían sido un plato de gusto. Las había pasado paseando por las calles de Karachi con una madre desquiciada en busca de su hija, a la que un litigio por la custodia había arrancado de sus manos.

– Es lo mismo que dijo el señor Lockwood hace cinco minutos, cuando regresó.

– ¿Está en casa el señor Lockwood?

«¿Tan temprano por la tarde? Debe de haber pasado algo», pensó ella.

– Sí, señora Lockwood. Y seguramente se alegrará de que esté nuevamente en casa, sana y salva. Permítame el bolso. Yo lo llevaré…

Pero Abbie ya no lo escuchó. Estaba demasiado impaciente para esperar el ascensor de hierro forjado, y subió por la escalera los dos pisos con su bolso colgado a la espalda, dando pasos largos, subiendo los peldaños de dos en dos, como si se hubiera olvidado de repente del cansancio en su necesidad de asegurarse de que Grey no estuviera enfermo o herido. Se sintió un poco tonta. Porque de ser así, Peter se lo habría dicho.

Seguramente lo que había pasado era que, al ver que no llegaba a tiempo al aeropuerto, habría ido a esperarla a casa para darle una sorpresa. Bueno, en ese caso la sorpresa se la daría ella, pensó Abbie sonriendo con malicia.

Abrió la puerta sigilosamente, dejó el bolso en el suelo de la entrada, y por un momento saboreó la dulce sensación de estar en casa, rodeada de cosas que habían acompañado su vida, en lugar de estar en una impersonal habitación de hotel.

Escuchó los ruidos del pequeño estudio que compartían. Se quitó los zapatos, y atravesó la entrada sin hacer ruido. Grey estaba sentado ante el escritorio escuchando los mensajes del contestador automático, con una pluma y un cuaderno de notas por si necesitaba anotar algo.

Ella se quedó un instante en el quicio de la puerta, disfrutando del placer de observarlo secretamente. No se cansaba nunca de mirar cómo su pelo grueso y oscuro formaba rizos alrededor de su vigoroso cuello, la forma perfecta de sus orejas, y la forma pronunciada de su mandíbula. Veía su amado rostro reflejado en el cristal de las estanterías de la biblioteca, la concentración que ponía en la tarea de escribir un número de teléfono. Ella se reflejaba detrás de él, pero como él estaba escribiendo, aún no la había descubierto.

Entonces, cuando Grey terminó de escuchar el mensaje de Abbie, en el que le decía la hora y el número de vuelo en el que llegaba, él juró en voz baja, miró el reloj de pulsera y extendió la mano hacia el teléfono. En ese momento finalmente la descubrió reflejada en el cristal.

– ¡Abbie! ¡Lo siento tanto! Ahora mismo acabo de oír tu mensaje.

– Te he escuchado -dijo ella, reprochándoselo en tono de broma-. Y como te he llamado con veinticuatro horas de antelación, quiero que me des los detalles de lo que has hecho en ese tiempo -bromeó ella. Esperó que él le contestara amablemente, diciéndole que era imposible una noche de lujuria sin ella y su ofrecimiento a demostrarle que no le mentía.

Pero él, en cambio, se pasó los dedos nerviosamente por el pelo.

– Tuve que salir de viaje un par de días. Acabo de llegar.

– ¿Sí?

Era raro, pensó ella. Sintió que, así como le hubiera resultado lo mas natural del mundo echarse en sus brazos en el vestíbulo del aeropuerto, allí, en su casa, el ambiente le resultaba muy constreñido como para hacerlo, con el ruido de fondo del contestador automático, y Grey sentado frente al escritorio con la pluma en la mano todavía.

– ¿Y qué exótico paraíso has aprovechado para descubrir en mi ausencia? -preguntó ella.

– Manchester -contestó él, después de un momento-. Una conferencia sobre un caso.

Era ridículo, pero Abbie habría jurado que Grey había dicho lo primero que se le había ocurrido.

– ¡Dios mío! Te he echado mucho de menos -exclamó él.

Ella no pudo contestarle nada, contarle cuánto lo había echado de menos, porque él la besó desesperadamente, con más ardor que el mismo sol de Karachi.

Cuando finalmente Grey alzó la cabeza, le sonrió y le dijo:

– Bienvenida a casa, señora Lockwood.

– Esto sí es una bienvenida -Abbie le acarició la cara, y los pliegues alrededor do los ojos-. Pareces cansado. Supongo que habrás estado trabajando día y noche durante mi ausencia. ¿No?

– Me ayudaba a que el tiempo pasara más deprisa. Pero tienes razón, estoy cansado, muy cansado, tanto que creo que me voy a ir a la cama inmediatamente.

Grey la levantó en brazos. Ella se tambaleó un poco con el movimiento.

– Y quiero que me acompañes. Ya sabes lo mal que duermo cuando estoy solo.

– ¡Tonto! -exclamó ella riendo-. Bájame inmediatamente. He estado viajando todo el día, y como no me duche…

– ¿Ducharte? Grey se paró de repente, y sonrió de medio lado-. Esa sí es una buena idea.

– ¡No, Grey! -le advirtió ella.

Él no le hizo caso y no dejó que ella se pusiera de pie. Se dirigió al baño sin detenerse, excepto para quitarse los zapatos sin usar las manos. Y la llevó a la ducha.

– ¡No! -dijo ella, cuando sintió el chorro de agua caliente.

Él la besó apasionadamente mientras el agua tibia les mojaba las caras. Tiró de ella hacia él. Mientras, la camiseta de Abbie se iba mojando y ciñéndole los pechos, y el abdomen. Abbie suspiró.

– ¡Oh, sí! -susurró ella, cuando él le quitó la camiseta, le desabrochó el sujetador, y los tiró al suelo.

Luego llegó a la cintura de sus vaqueros. Deslizó las manos por dentro, por su trasero, y le quitó la prenda.

Ella estaba a punto de derretirse de deseo. Grey le dio vuelta y le puso gel en los hombros y en la espalda.

Ella gimió de placer. Luego se rio suavemente.

– Creí que habías dicho «no» -murmuró él, mientras deslizaba suavemente la lengua por la oreja.

Luego le tocó los pechos; tomó posesión de ellos, y la atrajo hacia él.

– Te doy veinticuatro horas para que pares -suspiró ella, apoyándose en él, mientras sentía el contacto de sus manos poniéndole jabón.

Muchas veces había soñado con todo lo que le estaba haciendo Grey, en la soledad de aquella habitación de hotel, a cinco mil millas de allí. Y había decidido que aquél sería su último trabajo en el extranjero. Le daría igual que la tentasen con una buena historia, no volvería a aceptar otro trabajo fuera.

Sería una decisión difícil para ella. Le gustaba su trabajo. Era una buena periodista fotográfica y sabía que su labor era necesaria. Su viaje a Karachi había servido para captar la realidad en el lugar de los hechos. Sabía que los litigios sobre tenencia de los niños necesitaban aquella desesperada caza, el incansable esfuerzo de golpear a todas las puertas, puesto que los caminos legales no tenían en cuenta el dolor de una mujer que busca a un hijo. Y las fotos eran testigo de la desesperación de aquella mujer por recuperar a su hija, y todo para que luego la despojaran de ella. Era una historia emotiva y convincente.

Pero ya bastaba. Cada vez que se iba fuera su matrimonio parecía resentirse un poco. Nada que pudiera señalar con precisión. Sentía que les pasaban cosas cuando estaban separados que no podían compartir. A veces, ella, que acababa de estar una semana con los refugiados o con las víctimas de una catástrofe natural, volvía a casa y se encontraba con quejas acerca de una lavadora que perdía agua o cualquier otro drama doméstico. Grey era socio de un bufete de abogados muy prestigioso. No tenía tiempo de lidiar con las pequeñas trivialidades de la vida. Una vez había bromeado acerca de que no le vendría mal una esposa de recambio, había dicho que tal vez no fuera mala idea que ella compartiera el trabajo de esposa con otra persona para que ésta se encargase de las cosas mientras ella estaba fuera.

– Creo que preferiría tener dos maridos -le había contestado Abbie relajadamente, riéndose. Pero no había desoído la advertencia.

Grey Lockwood era el tipo de hombre que volvía locas a las mujeres. Y como la mayoría de los hombres, no tenía más que aparentar sentirse perdido en el mundo, para que todas las mujeres se enternecieran y quisieran hacerle de madre. Pero no tenían en mente sólo la labor maternal, por supuesto. Ella había intentado que sus ausencias fueran lo menos traumáticas posible, pero no era tan tonta como para no ver ciertas cosas.

¿Cuánto tiempo más pasaría hasta que alguna secretaria se ofreciera a extender sus servicios más allá del uso de la lavadora, aprovechando la pequeña fisura que se iba produciendo en su matrimonio cada vez que ella se iba de viaje?

Ella sabía que Grey la amaba, pero no era de piedra. Era un hombre de carne y hueso, lleno de vida. Y ella lo amaba más que a nada.

Se dio la vuelta y empezó a ponerle jabón, extendiendo sus manos sobre su pecho ancho, haciendo espuma con el vello que lo cubría. Luego las deslizó por su vientre liso hasta que lo oyó gemir.

– Yo no sé tú, Grey, pero yo creo que estoy suficientemente limpia ya -le dijo ella mirándolo.

Él no contestó. Simplemente cerró el grifo y alargó la mano hacia una toalla para envolverla. Luego la alzó, salió de la ducha y la llevó a la cama.

El día que ella volvía de viaje siempre había sido especial. Se volvían a descubrir, volvían a afirmarse en su amor. Pero ese día Grey parecía tener una necesidad imperiosa de ella, de volver a descubrirla. Y ese brillo salvaje en sus ojos, ese violento deseo la excitó más aún.

– ¡Grey!

Él cayó encima de ella en la cama. Y puso una rodilla en medio de sus piernas, en un gesto de macho que necesita dominar para poner su semilla.

Abbie gritó y arañó los músculos de sus hombros mientras él la hacía galopar a un ritmo enloquecedor. Era la pasajera de aquel viaje de pasión en el que él la sumergía. Ella respondió a su ardiente empuje hasta desplomarse, saciada, exhausta, empapada en sudor.