A su derecha había un papagayo enorme dentro de una jaula. Ryan respiró hondo y trató de serenar los nervios. El papagayo estaba mirándola.

– ¿Le ha enseñado usted a hablar? -preguntó sin dejar de mirar al pájaro de reojo.

– Digamos…

– ¿Quieres una copa, muñeca?

Ryan contuvo una risotada al tiempo que se giraba hacia Pierce. Éste se limitó a lanzar una mirada indiferente hacia el papagayo.

– Lo que no le he enseñado son modales.

Ella se obligó a no dejarse distraer.

– Señor Atkins, si pudiéramos…

– Su padre quería un hijo -atajó Pierce. Ryan se olvidó de lo que había estado a punto de decir y lo miró. Él la observaba con atención al tiempo que le sujetaba la mano con delicadeza-. Y eso le ha hecho las cosas difíciles. No está casada, vive sola. Es una mujer realista que se considera muy práctica. Le cuesta controlar su genio, pero va consiguiéndolo. Es una mujer muy precavida, señorita Swan. No es fácil ganarse su confianza, tiene cuidado con sus relaciones. Está impaciente porque tiene algo que demostrar… a su padre y a usted misma.

La mirada perdió parte de su intensidad cuando le sonrió.

– ¿Capacidad adivinatoria?, ¿telepatía? -prosiguió Pierce. Cuando le soltó la mano, Ryan la retiró y la colocó sobre su regazo. Él continuó, satisfecho por la expresión de asombrada de Ryan. Luego explicó-: Conozco a su padre, entiendo el lenguaje corporal. Además, no son más que conjeturas. ¿He acertado?

Ryan entrelazó las manos con fuerza sobre el regazo. La palma derecha seguía caliente del contacto con la de Pierce.

– No he venido a jugar a las adivinanzas, señor Atkins.

– No -Pierce esbozó una sonrisa encantadora-. Ha venido a cerrar un trato, pero yo hago las cosas a mi manera, a mi ritmo. Los artistas tenemos fama de excéntricos, señorita Ryan. Complázcame.

– Lo intento -contestó Ryan. Luego tomó aire y se recostó sobre la silla-. Pero creo que no me equivoco si digo que los dos nos tomamos en serio nuestro trabajo.

– Cierto.

– Entonces entenderá que mi trabajo consiste en conseguir que firme para Swan, señor Atkins -dijo ella. Quizá funcionara un poco de adulación, pensó-. Queremos que firme con nosotros porque sabemos que es el mejor en su campo.

– Lo sé -contestó Pierce sin pestañear.

– ¿Sabe que queremos que firme con nosotros o que es el mejor en su campo? -se sorprendió replicando Ryan.

– Las dos cosas -dijo él sonriente.

Ryan respiró hondo y se recordó que los artistas podían ser imposibles.

– Señor Atkins -arrancó.

Tras estirar las alas, Merlín salió volando de la jaula y aterrizó sobre el hombro izquierdo de Ryan. Se quedó helada, sin respiración.

– Dios… -murmuró. Ya era demasiado, pensó nerviosa. Más que demasiado.

Pierce miró al papagayo con el ceño fruncido.

– Curioso: nunca había hecho algo así con nadie.

– Suerte que tengo -murmuró Ryan, sin moverse lo más mínimo de la silla. ¿Los papagayos mordían?, se preguntó. Decidió que no le importaba esperar a descubrirlo-. ¿Cree que podría… sugerirle que se posara en otro lado?

Pierce hizo un ligero movimiento con la mano y Merlín levantó el vuelo.

– Señor Atkins, por favor, entiendo que los magos se sientan cómodos en lugares… con ambiente -Ryan tomó aire para intentar calmarse, en vano-. Pero me resulta muy difícil hablar de negocios en… una mazmorra. Y con un papagayo revoloteando alrededor -añadió al tiempo que sacudía un brazo.

La risotada de Pierce la dejó sin palabras. Apoyado sobre su hombro izquierdo, el papagayo escudriñaba a Ryan con la mirada.

– Ryan Swan, creo que me va a caer muy bien. Yo trabajo en esta mazmorra -dijo él de buen humor-. Es un lugar retirado y tranquilo. La magia necesita algo más que destreza; requiere mucha preparación y concentración.

– Lo entiendo, señor Atkins, pero…

– Hablaremos de negocios más convencionalmente durante la cena -interrumpió Pierce.

Ryan se levantó con él. No había previsto quedarse allí más de una hora o dos. Había media hora larga de curvas por la carretera de la colina hasta el hotel.

– Pasará aquí la noche -añadió él como si, en efecto, le hubiese leído el pensamiento.

– Aprecio su hospitalidad, señor Atkins -dijo Ryan mientras seguía a Pierce, con el papagayo aún sobre el hombro, de vuelta hacia las escaleras-. Pero tengo una reserva en un hotel. Mañana…

– ¿Ha traído equipaje? -Pierce se paró a tomarla del brazo antes de subir las escaleras.

– Está en el coche, pero…

– Link cancelará su reserva, señorita Swan. Se avecina una tormenta -dijo él, girándose para mirarla a los ojos-. No me quedaría tranquilo pensando que puede ocurrirle algo en la carretera.

Como dando énfasis a sus palabras, un trueno estalló cuando llegaban al final de las escaleras. Ryan murmuró algo. No estaba segura de querer pensar en la perspectiva de pasar la noche en aquella casa.

– Nada debajo de la manga -dijo Merlín.

Ryan lo miró con cierta desconfianza.

Capítulo II

La cena la ayudó a tranquilizarse. El salón era muy grande, con una chimenea enorme en un extremo y una vajilla antigua de peltre en el otro. Porcelana de Sévres y cubertería de Georgia adornaban la larga mesa.

– Link cocina de maravilla -dijo Pierce mientras el gigantón servía una gallina rellena. Ryan miró con disimulo sus enormes manos antes de que Link abandonara la pieza.

– Es muy callado -comentó después de agarrar el tenedor.

Pierce sonrió y le sirvió un vino blanco exquisito en la copa.

– Link sólo habla cuando tiene algo que decir. Dígame, señorita Swan, ¿le gusta vivir en Los Ángeles?

Ryan lo miró. Los ojos de Pierce resultaban cálidos de pronto, no inquisitivos y penetrantes como antes. Se permitió el lujo de relajarse.

– Sí, supongo. Es adecuado para mi trabajo.

– ¿Mucha gente? -Pierce cortó la gallina.

– Sí, claro; pero estoy acostumbrada.

– ¿Siempre ha vivido en Los Ángeles?

– Menos durante los estudios.

Pierce advirtió un ligero cambio en el tono de voz, un levísimo deje de resentimiento que nadie más habría captado. Siguió comiendo.

– ¿Dónde estudiaba?

– En Suiza.

– Bonito país -dijo él antes de dar un sorbo de vino-. ¿Fue entonces cuando empezó a trabajar para Producciones Swan?

Ryan miró hacia la chimenea con el ceño fruncido.

– Cuando mi padre se dio cuenta de que estaba decidida, accedió.

– Y usted es una mujer muy decidida -comentó Pierce.

– Sí. El primer año no hacía más que fotocopias y preparar café a los empleados. Nada que pudiera considerar un desafío -dijo ella. El ceño había desaparecido de su frente y, de pronto, un destello alegre le iluminaba los ojos-. Un día me encontré con un contrato en mi mesa; lo habían puesto ahí por error. Mi padre estaba intentando contratar a Mildred Chase para una miniserie, pero ella no cooperaba. Me documenté un poco y fui a verla… Eso sí que fue una experiencia. Vive en una casa fabulosa, con guardias de seguridad y un montón de perros. Como muy diva de Hollywood. Creo que me dejó entrar por curiosidad.

– ¿Qué impresión le causó? -preguntó Pierce, más que nada para que siguiera hablando, para que siguiera sonriendo.

– Me pareció maravillosa. Toda una dama de verdad. Si no me hubieran temblado tanto las rodillas, estoy segura de que le habría hecho una reverencia -bromeó ella-. Y cuando me fui dos horas después, tenía su firma en el contrato -añadió en tono triunfal.

– ¿Cómo reaccionó su padre?

– Se puso hecho una furia -Ryan tomó su copa. La llama de la chimenea proyectaba un juego de brillos y sombras sobre su piel. Se dijo que ya tendría tiempo de pensar más adelante en aquella conversación y en lo abierta y espontánea que estaba siendo-. Me echó una bronca de una hora. Y al día siguiente me había ascendido y tenía un despacho nuevo. A Bennett Swan le gusta la gente resolutiva -finalizó dejando la copa sobre la mesa.

– Y a usted no le faltan recursos -murmuró Pierce.

– Se me dan bien los negocios.

– ¿Y las personas?

Ryan dudó. Los ojos de Pierce volvían a resultar inquisitivos.

– La mayoría de las personas.

Él sonrió, pero siguió mirándola con intensidad.

– ¿Qué tal la cena?

– La… -Ryan giró la cabeza para romper el hechizo de su mirada y bajó la vista hacia el plato. La sorprendió descubrir que ya se había terminado buena parte de la suculenta ración de gallina que le habían servido-. Muy rica. Su… -dejó la frase en el aire y volvió a mirar a Pierce sin saber muy bien cómo llamar a Link. ¿Sería su criado?, ¿su esclavo?

– Mi amigo -dijo Pierce con suavidad para dar un sorbo de vino a continuación.

Ryan trató de olvidarse de la desagradable sensación de que Pierce era capaz de ver el interior de su cerebro.

– Su amigo cocina de maravilla.

– Las apariencias suelen engañar -comentó él con aire divertido-. Ambos trabajamos en profesiones que muestran al público cosas que no son reales. Producciones Swan hace series de ficción, yo hago magia -Pierce se inclinó hacia Ryan, la cual se echó hacia el respaldo de inmediato. En la mano de Pierce apareció una rosa roja de tallo largo.

– ¡Oh! -exclamó ella, sorprendida y halagada. La agarró por el tallo y se la llevó a la nariz. La rosa tenía un olor dulce y penetrante-. Supongo que es la clase de cosas que debe esperarse de una cena con un mago -añadió sonriendo por encima de los pétalos.

– Las mujeres bonitas y las flores hacen buena pareja -comentó Pierce y le bastó mirarla a los ojos para ver que Ryan se retraía. Una mujer muy precavida, se dijo de nuevo. Y a él le gustaban las personas precavidas. Las respetaba. También le gustaba observar las reacciones de los demás-. Es una mujer bonita, Ryan Swan.

– Gracias -respondió ella casi con pudor.

– ¿Más vino? -la invitó Pierce sonriente.

– No, gracias. Estoy bien -rehusó Ryan. Pero el pulso le latía un poco más rápido. Puso la flor junto al plato y volvió a concentrarse en la comida-. No suelo venir por esta parte de la costa. ¿Vive aquí hace mucho, señor Atkins? -preguntó para entablar una conversación.

– Desde hace unos años -Pierce se llevó la copa a los labios, pero Ryan notó que apenas bebió vino-. No me gustan las multitudes -explicó.

– Salvo en los espectáculos -apuntó ella con una sonrisa.

– Naturalmente.

De pronto, cuando Pierce se levantó y sugirió ir a sentarse a la salita de estar, Ryan cayó en la cuenta de que no habían hablado del contrato. Tendría que reconducir la conversación de vuelta al tema que la había llevado a visitarlo.

– Señor Atkins -arrancó justo mientras entraban en la salita-. ¡Qué habitación más bonita!

Era como retroceder al siglo XVIII. Pero no había telarañas, no había signos del paso del tiempo. Los muebles relucían y las flores estaban recién cortadas. Un pequeño piano, con un cuaderno de partituras abierto, adornaba una esquina. Sobre la repisa de la chimenea podían verse diversas figuritas de cristal. Todas de animales, advirtió Ryan tras un segundo vistazo con más detenimiento: unicornios, caballos alados, centauros, un perro de tres cabezas. La colección de Pierce Atkins no podía incluir animales convencionales. Y, sin embargo, el fuego de la chimenea crepitaba con sosiego y la lámpara que embellecía una de las mesitas era sin duda una Tiffany. Se trataba de la clase de habitación que Ryan habría esperado encontrar en una acogedora casa de campo inglesa.

– Me alegro de que le guste -dijo Pierce, de pie junto a ella-. Parece sorprendida.

– Sí, por fuera parece una casa de una película de terror de 1945, pero… -Ryan frenó, horrorizada-. Oh, lo siento. No pretendía…

Pero Pierce sonreía, obviamente encantado con el comentario.

– La usaron justo para eso en más de una ocasión. La compré por esa razón.

Ryan volvió a relajarse mientras paseaba por la salita.

– Había pensado que quizá la había elegido por el entorno -dijo ella y Pierce enarcó una ceja.

– Tengo cierta… inclinación por cosas que la mayoría no aprecia -comentó al tiempo que se acercaba a una mesa donde ya había un par de tazas-. Me temo que no puedo ofrecerle café. No tomo cafeína. El té es más sano -añadió al tiempo que llenaba la taza de Ryan, mientras ésta se dirigía al piano.

– Un té está bien -dijo en tono distraído. El cuaderno no tenía las partituras impresas, sino que estaban escritas a mano. Automáticamente, empezó a descifrar las notas. Era una melodía muy romántica-. Preciosa. Es preciosa. No sabía que compusiera música -añadió tras girarse hacia Pierce.

– No soy yo. Es Link -contestó después de poner la tetera en la mesa. Miró los ojos asombrados de Ryan-. Ya digo que valoro lo que otros no logran apreciar. Si uno se queda en la apariencia, corre el riesgo de perderse muchos tesoros ocultos.