—Sí la tenéis si le dejáis entrar en vuestra cama.
—Eso son murmuraciones.
—Que yo creo ciertas.
Me apretaba con fuerza la muñeca y me hacía daño, pero no cedí. Me enfrenté a él desafiante.
—¿No deberíais considerar vuestra propia vida, señor, en vez de examinar con tanto detalle la mía?
—Sois mi esposa —dijo—. Lo que hagáis en mi lecho es asunto mío.
—¡Y lo que vos hagáis en otros lechos, mío!
—Oh, vamos —dijo'—. No nos desviemos del asunto. Yo estoy fuera… sirviendo a la Reina.
—Vuestra linda señora…
—La señora de todos nosotros.
—Pero en especial… vuestra.
—Vos sabéis muy bien que nunca ha habido la menor intimidad entre nosotros.
—Arthur Dudley podría contar otra historia.
—Podría contar muchas mentiras —replicó él—. Y cuando dice que es hijo mío y de Isabel, cuenta la mayor de todas.
—Pues al parecer, le creen.
Me apartó de sí, furioso.
—No eludas la cuestión. Vos y Blount sois amantes, ¿no es cierto? Decidme.
—Soy una mujer despreciada —empecé.
—Ya habéis respondido —dijo, achicando los ojos—. No creáis que voy a perdonarlo. No penséis que podéis traicionarme sin más. Os haré pagar este ultraje… a vos y a él.
—Ya he pagado al casarme con vos. La Reina no ha vuelto a recibirme desde entonces.
—¡Y llamáis a eso pagar! Ya veréis lo que es bueno.
Se irguió ante mí, grande y amenazador, el hombre más poderoso del país. Bailaban ante mis ojos las palabras del célebre folleto: asesino, envenenador. ¿Sería verdad aquello? Pensé en la gente que había muerto tan oportunamente para él. ¿Había sido pura coincidencia?
Él me había amado. En tiempos yo había significado mucho para él. Quizá todavía lo significase. Venía a mí cuando podía; físicamente, habíamos tenido, una relación satisfactoria; pero yo había dejado de amarle.
Ahora él sabía que yo tenía un amante. Yo no sabía si aún seguía queriéndome. Estaba enfermo y los años le pesaban mucho. Creo que entonces sólo quería descansar, pero había odio en sus ojos al mirarme. Jamás me perdonaría haber tomado un amante.
Yo creía entonces que, durante aquellas ausencias de casa, no había sido infiel. Había estado sirviendo a la Reina desde su regreso de los Países Bajos y yo recordaba que cuando había estado allí había querido que yo me uniese a él, como una reina.
Sí, yo había tenido cierto poder sobre él, pues me había querido. Me necesitaba; si la Reina se lo hubiese permitido, habría sido un marido amoroso.
Y ahora yo le había traicionado. Había tomado un amante y además uno que ocupaba lo que él consideraba una posición servil en su propia casa. No podía permitir que alguien le ofendiese impunemente. De algo estaba yo segura. Habría venganza.
Me pregunté si debería avisar a Christopher. No, demostraría su miedo. No debía saberlo. Yo entendía a Leicester como Christopher jamás podría entenderle. Sabría cómo actuar, me dije.
—Lo dejé todo por vos —dijo lentamente.
—¿Os referís a Douglass Sheffield? —pregunté, decidida a ocultar el miedo que empezaba a sentir con una impertinencia fingida.
—Sabéis que ella significaba poco para mí. Me casé con vos y desafié la cólera de la Reina.
—Iba dirigida contra mí. No fuisteis vos quien tuvisteis que desafiarla.
—¿Cómo podía estar seguro yo de lo que iba a pasarme? Y, sin embargo, me casé con vos.
—Mi padre os obligó a legalizarlo, ¿recordáis?
—Yo quería casarme con vos. No amé a ninguna mujer como a vos.
—Y luego me abandonasteis.
—Sólo por la Reina.
Esto me hizo reír.
—Éramos tres, Robert… dos mujeres y un hombre. No importa que una de las mujeres fuese reina.
—Importa mucho. Yo no fui su amante.
—No os dejó meteros en su cama. Lo sé. Pero aun así fuisteis su amante, y ella amante vuestra. En consecuencia, no juzguéis a los otros.
Me cogió de los hombros. Le ardían los ojos y pensé que iba a matarme. Había una gran violencia en su mirada. Intenté ver qué más había.
Estaba haciendo planes, lo percibí.
—Saldremos mañana —dijo de pronto.
—¿Saldremos? —tartamudeé.
—Vos y yo, y vuestro amante entre otros.
—¿Adonde iremos?
Asomó a sus labios una astuta sonrisa.
—A Kenilworth —dijo.
—Creí que ibais a tomar los baños.
—Más tarde —dijo—. Primero a Kenilworth.
—¿Y por qué no vais directamente a los baños? Eso fue lo que vuestra señora os ordenó. Os aseguro que tenéis aspecto de enfermo… De enfermo grave.
—Lo sé —contestó—. Pero primero quiero ir a Kenilworth con vos.
Luego me dejó.
Tenía miedo. ¿Qué significaba aquel brillo de sus ojos al decir Kenilworth…? ¿Por qué Kenilworth? El lugar donde nos habíamos conocido y amado arrebatadamente, el sitio de nuestros encuentros secretos, donde él había decidido que aunque se enfureciese la Reina, se casaría conmigo.
«Kenilworth», había dicho, con una sonrisa cruel. Me di cuenta de que albergaba algún plan siniestro. ¿Qué me haría en Kenilworth?
Me acosté y soñé con Amy Robsart. Tumbada en la cama, veía a alguien acechando en las sombras de la habitación… hombres que avanzaban en silencio hacia el lecho. Era como si unas voces me susurrasen: «Cumnor Place. . Kenilworth…»Desperté temblando de miedo, y todos mis sentidos me decían que Robert planeaba una terrible venganza.
Salimos para Kenilworth al día siguiente. Cabalgué junto a mi esposo y, mirándole de reojo, percibí la palidez mortal de su piel bajo la red de venillas rojas de las mejillas. Su elegante gorguera, su jubón de terciopelo, su sombrero con la pluma rizada, no podían ocultar el cambio producido en él. Sin duda alguna, estaba muy enfermo. Se acercaba ya a los sesenta y había vivido peligrosamente; se había negado muy pocas cosas de las que el mundo llama placeres de la vida. Era evidente ahora.
—Mi señor —dije—. Deberíamos ir a Buxton sin dilación, pues es evidente que necesitáis de esas aguas benéficas.
—Iremos a Kenilworth —dijo abruptamente.
Pero no llegamos a Kenilworth. Cuando terminamos el día, vi que apenas podía sostenerse en el caballo. Nos hospedamos en Rycott, en la casa de la familia Norris, y se retiró a su lecho y allí estuvo varios días sin poder levantarse. Yo le atendí. No mencionó a Christopher Blount, pero escribió a la Reina y me pregunté qué le diría, si le hablaría de mi infidelidad y el efecto que causaría en ella si lo hacía. Estaba segura de que se enfurecería, pues aunque deplorase mi matrimonio, consideraría un insulto para ella el que yo prefiriese a otro hombre.
Pude leer la carta antes de que saliese. En ella sólo había muestras de su amor y de su devoción a su diosa.
Aún la recuerdo, palabra por palabra.
Debo suplicaros, Majestad, que perdonéis a este pobre siervo por su atrevimiento al suplicaros me comuniquéis cómo os halláis y si os habéis librado al fin de los dolores que últimamente os asediaban, pues es para mí lo más importante saber que disfrutáis de buena salud y que tendréis larga vida. En cuanto a mi estado, aún sigo tomando vuestra medicina y me resulta mejor que ninguna otra cosa que me hayan dado antes. Esperando pues curarme del todo en los baños, con el vivo deseo de que Vuestra Majestad siga sana y feliz, beso humildemente vuestros pies, desde esta vieja mansión de Rycott, esta mañana de jueves en que me dispongo a reanudar el viaje. El más fiel y obediente siervo de Vuestra Majestad, R. Leicester.
Añadía luego una posdata agradeciendo un regalo que ella le había enviado y que nos había seguido hasta Rycott.
No, no había allí nada sobre mi infidelidad. Y, por supuesto, había escrito desde Rycott porque en el pasado, ella y él habían estado allí muchas veces. Allí, en aquel parque, habían cabalgado y cazado juntos. Allí, en el gran salón, habían festejado y bebido y jugado a ser amantes.
Me dije que estaba justificada para tomar un amante. ¿No había sido mi esposo amante de la Reina todos aquellos años?
Hice llamar a Christopher y nos encontramos en un pequeño aposento que quedaba separado del resto de la casa.
—Él lo sabe —=le dije.
Lo había sospechado. Dijo que daba igual, pero era una bravata. En realidad, temblaba.
—¿Qué creéis que hará? —preguntó, procurando aparentar despreocupación.
—No lo sé, pero le vigilo. Cuidaos vos. No andéis solo si podéis evitarlo. Tiene a sus sicarios por todas partes.
—Estaré atento —dijo Christopher.
—Creo que se vengará en mí —le dije, lo cual hundió a Christopher en un calvario de miedo, y me produjo gran satisfacción.
Salimos de Rycott y viajamos por Oxfordshire. No estábamos muy lejos de Cumnor Place. Parecía haber en esto algo significativo.
—Deberíamos pasar la noche en nuestra casa de Cornbury —le dije a Leicester—. No estáis todavía en condiciones de ir más allá.
Aceptó.
Era un lugar bastante oscuro y lúgubre… una casa de guardabosques, en realidad, en medio del bosque. Sus criados le ayudaron a entrar en el aposento que se dispuso rápidamente, y se acostó.
Dije que debíamos quedarnos allí hasta que el conde estuviese lo bastante repuesto para seguir viaje. Él necesitaba un descanso, el viaje de Rycott a Cornbury le había dejado exhausto.
Aceptó que debía descansar y pronto se hundió en un profundo sueño.
Me senté junto a su lecho. No tenía que fingir ansiedad, pues estaba realmente ansiosa por saber lo que él cavilaba en silencio. Por su forma de fingir despreocupación, sabía que planeaba algo que me afectaba.
Reinaba en la casa una atmósfera de silencio y quietud. Pero no podía descansar. Tenía miedo de las sombras que llegaban con la oscuridad. Las hojas empezaban a tomar un color bronceado, pues estábamos en setiembre; el viento había arrastrado muchas hojas y el bosque estaba tapizado de ellas. Miré por las ventanas aquellos árboles y escuché el viento que gemía entre las ramas. Me pregunté si Amy habría sentido una sensación similar durante sus últimos días en Cumnor Place.
El día 3 de setiembre, brillaba el sol alegre y él se reanimó un poco. Al final de la tarde, me llamó a su lado y me dijo que si persistía la mejoría reanudaríamos el viaje al día siguiente. Dijo que debíamos olvidar nuestras diferencias y llegar a un acuerdo. Estábamos demasiado próximos uno a otro, dijo, para separarnos mientras siguiéramos con vida.
Estas palabras me parecieron amenazadoras; había en sus ojos un brillo de febril intensidad.
Se sentía tan mejorado que quiso comer, convencido de que en cuanto comiese recuperaría suficientes fuerzas para poder seguir.
—¿No deberíais ir lo antes posible a los baños? —pregunté.
Me miró fijamente y dijo:
—Veremos.
Comió en su aposento, pues estaba demasiado cansado para bajar al comedor. Dijo que tenía un buen vino y que quería que bebiese con él.
Yo tenía todos los sentidos alerta. Fue como si una señal de aviso recorriese mi mente. No debía beber aquel vino. No había hombre en el reino más habilidoso para envenenar que el doctor Julio, que trabajaba asiduamente para su señor.
Yo no debía beber aquel vino.
Quizás él no tuviese la menor intención de envenenarme, por supuesto. Quizá pensase en una venganza distinta a la muerte. Quizá manteniéndome encerrada en Kenilworth, comunicando al mundo que había perdido la razón, pudiese hacerme más daño que con una muerte súbita. Pero debía estar atenta.
Fui a su aposento. Había en la mesa una jarra de vino con tres copas: una llena de vino, las otras dos vacías. Él estaba apoyado en sus almohadas; tenía la cara muy roja y creo que había bebido ya más de lo razonable.
—¿Es éste el vino que he de probar? —pregunté.
Abrió los ojos y asintió con un cabeceo. Me llevé la copa a los labios, pero no tomé nada. Sería una imprudencia.
—Es bueno —dije.
—Sabía que te gustaría.
Creí oír un tono de triunfo en su voz. Dejé la copa en la mesa y me acerqué a su lecho.
—Estáis muy enfermo, Robert —dije—. Tendréis que renunciar a algunas de vuestras tareas. Habéis trabajado en exceso.
—La Reina jamás lo permitirá —contestó.
—Pensad que está muy preocupada por vuestra salud.
—Sí —dijo, con una sonrisa—% Siempre lo estuvo.
Había en su voz ternura, y sentí una súbita oleada de cólera al pensar en aquellos dos viejos amantes que jamás habían consumado su amor y que ahora, viejos y arrugados, aún lo glorificaban, o lo pretendían.
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