Tenía todos los músculos entumecidos y no podía mover una pierna, pero se forzó a ascender de nuevo a la superficie y tomó otra bocanada de aire. Algo iba mal -terriblemente mal- pero no podía recordar qué era. Respiró aire y tragó agua, y luego vio unas luces no demasiado lejos. Con esfuerzo empezó a respirar, todavía tosiendo, sintiendo que su cuerpo se deslizaba sobre el agua y notando que los helados dedos del río trataban de arrastrarlo de nuevo hacia el fondo.
Poco a poco empezó a recuperar la memoria. Mientras peleaba contra la corriente, las piezas de la noche empezaron a juntarse en su mente. Nadó con más fuerza, tratando de flotar sobre el agua, luchando contra la corriente y esperando que el peso muerto de su pierna no le hiciera desfallecer.
«¡Adria!» Se había quedado con Jason en el yate. Oh, Dios, podría estar ya muerta. La adrenalina empezó a bombearle por la sangre y se puso a nadar más rápido, ignorando el frío glacial, intentando no desfallecer por los calambres que sentía en los músculos y moviéndose rápido sobre el agua. Solo esperaba que aún no fuera demasiado tarde. «¡Dios, por favor, permíteme que la salve!»
Estaba ya a casi quinientos metros del barco, arrastrado por la corriente, cuando finalmente se pudo agarrar a un pilote, y tosiendo y temblando, consiguió salir del agua, se echó sobre la orilla rocosa y empezó a vomitar agua, pensando que había estado a punto de morir. Había perdido una de las botas en el río y se quitó la otra. Una de las piernas le dolía condenadamente. Apretando los dientes, escaló por la orilla como buenamente pudo. Apoyándose en una pierna, consiguió subir a un embarcadero de cemento y avanzó por el pavimento anegado por la lluvia, hacia una gasolinera abierta durante toda la noche. Se acercó cojeando hasta la pequeña oficina del guarda.
Bajo la luz titubeante de un fluorescente, un empleado, con la colilla de un cigarrillo prendida entre los labios, vio acercarse a Zach y se agachó bajo el mostrador para agarrar su pistola.
– Dios bendito, menudo aspecto tiene -dijo mientras se dirigía hacia la puerta.]
– Llame a la policía -gritó Zach, agarrándose al marco de la puerta.
– Vaya mierda. Por supuesto, ahora mismo llamo a la policía. -Apuntando la pistola en dirección a Zach, el empleado cogió el teléfono y marcó un número con dedos temblorosos-. Hola, soy Louie, de la Texaco que está en la carretera de la marina. Tenemos un pequeño problema aquí…
– …ya le digo que no sé lo que pasó. Yo estaba abajo, en el salón, y de repente oí un ruido en cubierta. Subíi corriendo la escalera y me di cuenta de que Adria Nashí y Zach ya no estaban por ninguna parte. Por eso pedí ayuda y salté al agua -dijo Jason con tono convincente. Le castañeaban los dientes, estaba temblando, y tenía las ropas empapadas y pegadas al cuerpo.
Había llegado la policía y una lancha patrullera estaba ya en el río, mientras que los demás policías recorrían el yate, haciéndole preguntas y registrando el interior. Ya habían saltado varios buzos a las heladas aguasl y sus linternas hendían la oscuridad del río.
Llegó otro coche patrulla con las luces de destellos encendidas. Cuando vio que el coche aparcaba al lado; de los otros y descendían de él dos oficiales, Jason se preparó para otra serie de preguntas. Pero no estaban solos. Tardaron un rato en ayudar a salir a otro hombre del asiento trasero.
Escudriñó la oscuridad, y cuando los oficiales y el otro acompañante pasaron bajo las luces de seguridad, pensó que había perdido la cabeza. El tercer hombre eral Zach. Completamente vivo. Arrastrando la pierna herida y lo bastante enfurecido como para echar chispas.
Un terror caliente como un ácido empezó a quemarle el estómago. Tenía que darle la vuelta a todo aquel asunto de alguna manera.
Zach sabía demasiado.
Tendría que encontrar una manera de detenerlo. Pero Zach no era el tipo de persona a la que se puede comprar. Con dinero no podría conseguir nada. No, su debilidad eran las mujeres, y la única mujer que podría persuadirle de que mantuviera la boca cerrada ya no estaba allí; sin duda ahora su cuerpo estaría flotando hacia el mar.
Por primera vez en su vida, viendo la cara enfurecida de su hermano, Jason supo lo que era el miedo. Un miedo auténtico y real que le hacía estremecerse hasta los huesos.
Apoyándose en unas muletas, y con un chubasquero echado sobre los hombros, Zach ascendió por la pasarela hasta la cubierta del yate. Estaba pálido, empapado, desaliñado y furioso. Llevaba la barbilla elevada en un gesto despiadado y sus ojos grises emitieron una luz asesina en cuanto se posaron sobre su hermano mayor.
– ¡Zachary! -Jason intentó que el tono de su voz sonara aliviado, aunque en realidad sentía que estaba acabado-. Cielos, temí que hubieras desaparecido cuando te caíste…
– ¿Dónde está Adria? -preguntó Zach.
– No está aquí. Se tiró al agua detrás de ti, creo.
– ¿Crees? ¿Crees? ¿Dónde demonios está, mentiroso pedazo de mierda? -Zach se abalanzó hacia Jason, tirando las muletas y estuvo a punto de caerse al torcerse el tobillo. Agarrando con los puños la mojada camisa de su hermano, acercó su cara a la de Jason-. Si le ha pasado algo, te juro por Dios que lo pagarás.
– ¡Oiga, ya está bien, cálmese! -le gritó un policía, corriendo hacia él.
Zach no le hizo caso. Dio un puñetazo a Jason en plena cara.
¡Crac!
Se le rompió el cartílago de la nariz y empezó a brotarle la sangre.
Jason sintió un horrible dolor por toda la cara.
Trató de protegerse, de darle un puñetazo, pero ya era demasiado tarde.
Frenético de ira, Zach le lanzó otro puñetazo a las costillas, que hizo que Jason estuviera a punto de caerse al suelo.
– ¡Maldito bastardo. Maldito bastardo asesino! -gritaba Zach mientras uno de los policías lo separaba de su hermano-. Tú la has matado.
– Bueno, cálmese -le advirtió otro de los policías, pero Zach agarró la muleta e intentó golpear a su hermano con ella.
Jason esquivó el golpe y el policía más fornido agarró a Zach.
– El señor Danvers nos ha dicho que ustedes dos se cayeron o se tiraron al río…
– ¿Que nos caímos? ¿Que nos tiramos? Este desgraciado me empujó. -Zach se volvió hacia su hermano-. ¿Dónde demonios está ella? ¿En el río? ¡Oh, Dios, será mejor que reces para que no le haya pasado nada!
– ¡Zach! -dijo Jason con un tono de voz avergonzado- Lo siento…
– Y un cuerno lo sientes. Estás esperando que te cubra las espaldas, ¿no es así? Pues ni lo sueñes. ¡Porque no pienso hacerlo! ¡Has intentado matarme! -dijo él, apretando los dientes-. Y por lo que sé, también has intentado matarla a ella.
– Arreglaremos esto en comisaría -dijo uno de los oficiales.
– ¡No! ¡Antes tienen que encontrarla a ella! -insistió Zach, intentando llegar hasta la barandilla, mirando hacia las negras aguas-. ¡Tienen que encontrarla!
– Ha pasado ya más de media hora, señor Danvers…
Zach se abalanzó hacia la borda, con los ojos fijos en la oscuridad. Intentó saltar al agua, pero una mano le agarró por la espalda, y luego una segunda, y luego le pusieron unas esposas.
– No puede…
– Vamonos, señor Danvers.
Trató de escabullirse, pero su tobillo herido no le permitía andar, haciendo que le doliera toda la pierna. Los agentes lo metieron en uno de los coches y Zach estuvo seguro de que nunca más volvería a verla. Ya no podría decirle que la amaba; nunca más, durante el resto de su vida, volvería a sentirla como cuando estaba a su lado. Adria Nash, o London Danvers, como quisiera que la llamaran, se había ido para siempre.
Zach había pasado varios días sin dormir. Cada período de veinticuatro horas parecía diluirse en el siguiente y él no tenía ni idea del tiempo que pasaba, o de la fecha que era, solo vivía con el angustioso conocimiento de queja-son estaba entre rejas y su madre, una vez recuperada de las heridas y dada de alta del hospital, se enfrentaba a un juicio. El cómplice de Jason, un matón en libertad condicional, había estado hablando más de la cuenta en un bar cercano al muelle de los pescadores y un informante de la policía lo había descubierto. No había hecho falta persuadirlo demasiado para que declarara y mencionara el nombre de Jason.
Nicole, quien se había trasladado con Shelly a Santa Fe, acababa de pedir el divorcio, y Kim había desaparecido de la escena con rapidez. Nadie la había visto desde hacía tiempo, aunque muchos sospechaban que ella había sido la primera en dar la noticia a la prensa de que Adria Nash era London Danvers. Por lo que a Zach respectaba, su hermano mayor y su amante se merecían todo lo que les pasara y mucho más.
Trisha había abandonado a Mario Polidori, cuando él le pidió que se casara con ella, diciéndole claramente que se mantuviera apartado de su vida. Pero Zach no creía que aquella fuera la última palabra. Trisha siempre había actuado como una estúpida cuando se trataba de Mario.
Y en cuanto a Nelson, al final parecía que tenía más agallas de las que él había supuesto, y en ese momento estaba intentando ayudar a Eunice. Durante años había sido un alma perdida, procurando mantener el equilibrio entre lo que era y lo que pensaba que tenía que ser, intentando todavía complacer a su padre.
La mayoría de la gente creía que Adria había muerto.
Zach tenía el corazón destrozado por una pena que se le propagaba por el cuerpo.
La policía y varios voluntarios habían emprendido una búsqueda a fondo por el río, y lo habían dragado en las zonas en que se podía, pero los informes de la prensa y de la policía especulaban con que el cuerpo de Adria podía haber sido arrastrado hasta el mar, que allí llamaban el gran Pacífico. Él cerró los ojos y sintió la presión de unas lágrimas amargas bajo los ojos. No había llorado desde hacía años, pero ahora no dejaba de sollozar como si fuera un niño.
En su imaginación podía verla a ella, medio seductora, medio inocente, con sus azules ojos rebosando deseo, mientras se tumbaba a su lado, pidiéndole que la amara. Se había sacrificado por él, arrojándose al río cuando lo que debería haber hecho era escapar de allí. Él tenía que haber sido quien intentara salvarla a ella. Él debería haber muerto y ella debería estar empezando una nueva y vibrante vida como London Danvers.
«Hijo de puta», gruñó, mientras destapaba de nuevo la botella de Scotch que le hacía compañía y echaba un buen chorro en su vaso vacío, uno que había cogido del cuarto de baño de aquel hotel Danvers: su pesadilla. Se preguntó si su padre lo estaría viendo en aquel momento. «¡Espero que te estés riendo a gusto de mí!» Se quedó mirando al techo, pero pensó que, mejor que eso, quizá había otra alternativa, y Witt Danvers no debía de estar al otro lado de las puertas del paraíso, no señor, sino más bien en el infierno, intentando llegar a un trato con el diablo.
Zach apretó los dientes con furia silenciosa. La prensa parecía haberse lanzado a competir para ver quién publicaba el mayor escándalo de la infame familia Danvers, y todavía estaban acampados a las afueras del hotel, del yate, del rancho, de los aserraderos, de las explotaciones forestales y de las malditas oficinas centrales de la compañía. Zach se echó al gaznate tres dedos de whisky y miró el reloj. Ya eran casi las diez. Dios, menudo desastre. Tenía un regusto amargo en la boca y le ardían las entrañas. Sonó el teléfono que tenía al lado de la cama; lo descolgó deseando en su interior oír la voz de Adria, pero sabía que eso no sucedería jamas.
– ¿Sí?
– ¿Quién está al mando?
– ¿Quién habla? -preguntó Zach.
– ¿No me digas que no me reconoces?
– Sweeny -dijo Zach con una sensación de asco.
– Tu hermano, el que está en la cárcel, me debe dinero.
– Sí, me lo imagino.
– He pensado que quizá tú deberías hacerme los honores.
Zach agarró la botella medio vacía y se echó un trago.
– No lo creo.
– Tengo una información nueva.
– Métetela en el culo.
– Es sobre London.
Todos los músculos de su cuerpo se tensaron. «No te derrumbes por esto.» Le dieron ganas de arrojar el teléfono al suelo, pero no lo hizo. Aguantó la respiración y esperó.
– Pero antes tendrás que pagarme.
– Vale. Estoy en la habitación 714.
– Voy para allá.
Clic. Zach se quedó mirando la botella y se preguntó si debería acabársela antes de enfrentarse con ese Oswald Sweeny.
Ignorando las muletas, se levantó de la cama, se miró en el espejo y se estremeció. Tenía la cara todavía pálida y lo que había pensado que no sería más que la barba de dos días era al menos de seis. «Mierda», farfulló mientras se quitaba la ropa y se metía en la ducha, intentando no mojarse la maldita escayola, esperando que el chorro de agua caliente sobre su piel pudiera llevarse el recuerdo de ella. Pero el agua de la ducha no pudo hacer nada para borrar unas imágenes que parecía que iban a acompañarle para siempre.
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