Pero, Trahern, sabiendo eso, ¿no daría por supuesto que él esperaría? ¿Se permitiría dormir al menos una hora, pensando que su presa aguardaría hasta justo antes del amanecer para llevar a cabo cualquier intento por llegar hasta su montura? ¿O confiaría en que el caballo armara el suficiente revuelo como para despertarlo, cuando McCay intentara llevárselo?

Rafe sonrió consciente de que sus posibilidades de salir con vida de aquello eran mínimas, independientemente de lo que hiciera, y de que, con toda probabilidad, la opción más temeraria era la que tenía más posibilidades de éxito.

Se acercó aún más a la formación rocosa tras la que estaba su caballo y esperó a que los sonidos le indicaran que el animal se había despertado. Aguardó unos pocos minutos más, se puso en pie sin hacer ruido y después se aproximó al enorme animal, que captó su olor y le dio cariñosamente unos golpes con la cabeza. McCay le acarició el aterciopelado hocico antes de coger las riendas y saltar sobre la silla haciendo el mínimo ruido posible. La sangre corría desenfrenadamente por sus venas, como siempre lo hacía en momentos así, y tuvo que apretar los dientes para evitar dar rienda suelta a la tensión soltando un grito. El caballo se estremeció bajo él percibiendo el salvaje placer de su jinete al correr aquel riesgo, y McCay se vio obligado a apelar a su férreo autocontrol para hacer girar al animal y empezar a avanzar con lentitud, debido a que la irregularidad del terreno le impedía huir a toda velocidad. Ese era el momento más peligroso, cuando más probabilidades existían de que Trahern se despertara.

Rafe oyó de pronto el chasquido de un percutor al ser levantado y, de inmediato, se inclinó sobre el cuello del caballo al tiempo que le hacía virar bruscamente hacia la derecha. Sintió un agudo quemazón en su costado izquierdo un segundo antes de escuchar el disparo. Sin embargo, el destello del arma le había indicado la posición de Trahern, y consiguió desenfundar y disparar antes de que su perseguidor pudiera hacerlo de nuevo.

Aterrado, el enorme caballo de McCay se desbocó y cabalgó vertiginosamente hacia la espesura del bosque. Rafe pudo oír cómo maldecía el cazador de recompensas, a pesar del estruendo de los cascos de su montura.

Temiendo que ambos acabaran con el cuello roto, McCay obligó finalmente al animal a detenerse antes siquiera de recorrer medio kilómetro. El costado le ardía y sentía cómo la sangre se extendía por el lateral de sus pantalones. Con el caballo avanzando al paso, se quitó el guante tirando de él con los dientes y empezó a palparse a tientas. Encontró dos agujeros en la camisa, uno frente al otro, y los correspondientes orificios en su cuerpo que marcaban la entrada y la salida de la bala. Se quitó el pañuelo que llevaba al cuello y lo colocó a modo de venda por debajo de la camisa, usando el codo para mantenerlo presionado contra las heridas.

¡Maldición, tenía mucho frío! Un temblor convulsivo se inició en sus pies y recorrió todo su cuerpo, haciéndole estremecerse como un perro mojado y casi logrando que se desmayara a causa del dolor. Volvió a ponerse el guante, desató su abrigo de la parte de atrás de la silla y después se encogió bajo la pesada prenda forrada de lana. Los temblores continuaron y la humedad siguió extendiéndose por su pierna izquierda. El hijo de perra no le había dado en ningún órgano vital, pero estaba perdiendo mucha sangre.

De nuevo, tuvo que volver a iniciar el juego de las suposiciones. Trahern seguramente esperaría que cabalgara sin descanso a todo galope para poner la mayor distancia posible entre ellos antes del amanecer. McCay calculó que habría recorrido un kilómetro y medio cuando finalmente dirigió al caballo hacia un frondoso grupo de pinos y desmontó. Le dio al animal un puñado de pienso y algo de agua mientras le palmeaba cariñosamente en el cuello como muestra de agradecimiento por su aguante, y desató el saco de dormir. Tenía que detener la hemorragia y entrar en calor, o Trahern lo encontraría tumbado inconsciente en mitad del camino.

Colocó la cantimplora de agua junto a una gruesa capa de pinaza, se envolvió en la manta y se tendió sobre su costado izquierdo en el improvisado camastro, de forma que su propio peso ejerciera presión sobre la herida de la espalda, mientras apretaba el orificio de salida con la mano. La posición le hizo gemir de dolor, pero supuso que la incomodidad sería mejor que desangrarse hasta morir. Por otra parte, dormir era impensable. Incluso si el dolor se lo permitiera, no se atrevería a dejarse llevar y relajarse.

No había comido desde el mediodía, sin embargo, tampoco tenía hambre. Bebió un poco de agua de vez en cuando y observó el débil resplandor de las estrellas a través de la pesada cubierta que le ofrecían las ramas de los árboles sobre su cabeza. Escuchó atento cualquier sonido, aunque, en realidad, no esperaba que Trahern fuera tras él tan pronto. Sólo se oían los característicos ruidos nocturnos.

Poco a poco, empezó a entrar en calor y el ardiente dolor de su costado se convirtió en un sordo dolor punzante. Su camisa se estaba quedando rígida, lo que significaba que el flujo de sangre fresca había cesado. Ahora era más difícil mantenerse despierto, pero se negó a ceder ante el cansancio. Ya habría tiempo de dormir más adelante, cuando hubiera matado a Trahern.

Al amanecer, se levantó sintiendo una creciente sensación de mareo que amenazaba con hacerle caer y que le obligó a apoyar la mano sobre un árbol para mantenerse en pie. Maldición, debía de haber perdido más sangre de la que había pensado. Cuando recuperó el equilibrio, se acercó al caballo murmurándole palabras tranquilizadoras y cogió algo de cecina de ternera de su alforja. Estaba convencido de que la comida y el agua harían que la sensación de mareo desapareciera más rápidamente que cualquier otra cosa, así que se forzó a sí mismo a comer. Luego, sin hacer ruido, guió al caballo hasta el camino que había abandonado horas antes. Su plan no había funcionado la primera vez, pero estaba seguro de poder conseguirlo en aquella ocasión, ya que Trahern estaría concentrado en seguir los rastros de sangre.

Llevaba apostado sólo unos pocos minutos cuando vio a su perseguidor ascender por la hondonada, pistola en mano. McCay maldijo en silencio consciente de que el hecho de que Trahern fuera a pie significaba que estaba siendo muy cauteloso. Aquel maldito cazarrecompensas tenía un sexto sentido para detectar el peligro, o era el hijo de perra más afortunado que él hubiera conocido nunca.

McCay siguió los movimientos de Trahern con la mirilla del rifle, pero su presa nunca dejaba al descubierto todo su cuerpo. Rafe sólo conseguía vislumbrar un hombro, parte de una pierna y aquel sombrero tan peculiar. En ningún momento tuvo un blanco claro, así que su única posibilidad era herirlo. Aquello retrasaría a Trahern y equilibraría la balanza entre ellos.

El siguiente blanco que el cazarrecompensas le ofreció fue una pequeña porción de la pernera del pantalón. Una fría sonrisa surgió en el rostro de McCay mientras apretaba suavemente el gatillo con las manos firmes como rocas. El grito de dolor de Trahern al ser alcanzado por la bala se oyó casi al mismo tiempo que la aguda detonación del rifle, aunque ambos sonidos quedaron amortiguados por los árboles.

McCay retrocedió y montó sobre su caballo; un movimiento que le resultó más difícil de lo que había esperado. Su costado empezó a arderle de nuevo y volvió a notar cómo la sangre empapaba sus ropas. Maldita sea, se le habían abierto las heridas. Pero, ahora, Trahern también estaba herido y le costaría mucho tiempo llegar hasta su caballo; tiempo que McCay no podía permitirse malgastar. Ya se ocuparía de sus heridas más tarde.


Annis Theodora Parker, a quien desde la infancia llamaban Annie, preparó con calma un suave té de valeriana sin perder de vista en ningún momento a su paciente. Eda Couey tenía el aspecto de una campesina fuerte y capaz, la clase de mujer de la que se esperaría que diera a luz con facilidad, pero estaba teniendo problemas y empezaba a dejarse llevar por el pánico.

Sabiendo que todo iría mejor si Eda se calmaba, Annie llevó el té caliente hasta la cama y sostuvo la cabeza de la muchacha para que pudiera beber.

– Esto calmará el dolor -le aseguró suavemente a su paciente. Eda sólo tenía diecisiete años y aquel era su primer parto. En realidad, la valeriana no haría que disminuyera el dolor, pero la tranquilizaría para que pudiera ayudar a traer al mundo a su hijo.

La muchacha se calmó cuando el sedante empezó a hacer efecto, sin embargo, su rostro todavía estaba blanco como el papel y sus ojos seguían hundidos mientras las dolorosas contracciones continuaban. Según Walter Couey, el esposo de Eda, la chica ya llevaba de parto dos días cuando cedió ante sus súplicas de que pidiera ayuda y llevó a Annie a su choza de una sola habitación. El marido se había quejado de que no había podido dormir nada con todo aquel jaleo, y Annie tuvo que controlar un fuerte impulso de abofetearlo.

El bebé venía de nalgas y el parto no iba a ser fácil. Annie rezó en silencio por que el pequeño sobreviviera, ya que, a veces, en aquel tipo de partos, el cordón quedaba enganchado y el bebé moría antes de salir. También se preguntaba si viviría lo suficiente como para llegar a celebrar su primer cumpleaños, en el caso de que consiguiera sobrevivir a ese complicado parto. Las condiciones de vida de aquella miserable choza resultaban atroces y Walter Couey era un hombre brutal y mezquino que nunca les ofrecería nada bueno a Eda y a su hijo.

Walter parecía tener más de cuarenta años y Annie sospechaba que Eda no era en realidad su esposa, sino una chica de granja analfabeta que había sido vendida para ser prácticamente su esclava y liberar así a su familia de una boca a la que alimentar. Aquel hombre no era más que un minero fracasado que ni siquiera había tenido éxito allí, en Silver Mesa, donde prácticamente todo el mundo estaba encontrando plata en forma de gruesas vetas. La minería era un trabajo duro y Walter no estaba dispuesto a trabajar duro en nada. Annie no podía permitirse a sí misma pensar que sería una bendición que el bebé muriera, pero sentía lástima por los dos, por la madre y por el niño.

Eda gimió al tiempo que su vientre se tensaba de nuevo con una fuerte contracción.

– Empuja -la instó Annie en voz baja al ver que las nalgas del bebé empezaban a asomar-. ¡Empuja!

Un desgarrador grito gutural surgió de la garganta de la muchacha mientras empujaba con todas sus fuerzas elevando los hombros por encima del camastro. Annie colocó las manos sobre el hinchado vientre y ayudó a Eda ejerciendo presión sobre él.

Era ahora o nunca. Si Eda no conseguía dar a luz en aquel instante, ambos morirían. El parto continuaría, pero la muchacha cada vez sentiría más débil.

Annie intentó sujetar las nalgas del bebé, que sobresalían del cuerpo de la muchacha. Pero estaban demasiado resbaladizas, así que metió los dedos en el interior de la ensanchada abertura y agarró al pequeño por las piernas.

– ¡Empuja! -insistió de nuevo.

Eda pareció no escuchar y ya estaba recostándose, casi paralizada por el dolor. Annie esperó a la siguiente contracción, que llegó en unos segundos, y aprovechó la fuerza natural que ejercían los músculos internos de la muchacha para, literalmente, tirar del bebé y liberarlo en parte del cuerpo de la madre. Era un niño. Volvió a meter con extrema suavidad los dedos de una mano para evitar que los músculos de Eda se cerraran atrapando al bebé, y con la otra mano tiró poco a poco del niño hasta sacarlo del todo. El recién nacido quedó tendido sin fuerzas entre los muslos de Eda, que estaba inmóvil y en silencio.

Annie cogió al pequeño y lo sujetó bocabajo sobre su antebrazo mientras le daba golpecitos en la espalda. De pronto, el diminuto bebé empezó a respirar agitadamente y emitió un estridente lloriqueo cuando el aire inundó sus pulmones por primera vez.

– Muy bien -susurró Annie, dándole la vuelta al pequeño para comprobar que su boca y su garganta no estuvieran obstruidas. En condiciones normales, habría hecho eso primero, pero, en esa ocasión, le había parecido más importante conseguir que el niño respirara. El chiquitín agitó las piernas y los brazos al tiempo que lloraba, y una cansada sonrisa iluminó el rostro de Annie. El llanto sonaba cada vez más fuerte.

El cordón había dejado de latir, así que lo ató cerca del vientre del niño y lo cortó. Sin perder un segundo, envolvió al pequeño con una manta para protegerlo del frío y lo colocó junto al calor de su madre. Después centró su atención en la muchacha, que sólo estaba medio consciente.

– Aquí tienes a tu bebé, Eda -la animó Annie-. Es un niño y parece sano. ¡Sólo tienes que escuchar qué pulmones tiene! Los dos lo habéis hecho muy bien. Expulsarás la placenta en un minuto, y entonces te limpiaré y te pondré cómoda.