Los pálidos labios de Eda se movieron en silencio indicándole que la había oído, pero estaba demasiado exhausta como para coger al niño entre sus brazos.

La placenta salió sin problemas y Annie se sintió aliviada al comprobar que no había ninguna hemorragia fuera de lo normal, pues algo así habría matado a la muchacha, dado el frágil estado en que se encontraba. Limpió a Eda con eficiencia y ordenó un poco la humilde choza. Luego, cogió al inquieto bebé al comprobar que su madre estaba demasiado débil para mirarlo siquiera y le habló en voz baja con suavidad mientras lo mecía entre sus brazos. El pequeño se calmó y volvió su cabecita llena de pelusa hacia ella.

Con cuidado, Annie despertó a Eda y la ayudó a acunar a su hijo mientras le desabotonaba el camisón y dirigía la boquita del bebé hacia el pecho de su madre. Por un momento, pareció que el pequeño no supiera qué hacer, pero, enseguida, afloró el instinto y empezó a succionar con ansia. Asombrada, Eda dio un respingo y soltó un entrecortado grito de sorpresa.

Annie se echó hacia atrás y observó aquellos primeros momentos mágicos de descubrimiento, cuando la joven madre, a pesar del cansancio, miró maravillada a su hijo.

Finalmente, Annie, agotada, se puso el abrigo y cogió su bolsa.

– Pasaré mañana para ver cómo va todo.

Eda alzó la cabeza, y su cansado y pálido rostro se iluminó con una resplandeciente sonrisa.

– Gracias, doctora. Ni el bebé ni yo lo hubiéramos conseguido sin usted.

Annie le devolvió la sonrisa, pero estaba impaciente por salir y sentir el aire fresco, por mucho frío que hiciera fuera. La tarde ya casi estaba llegando a su fin y había pasado con Eda todo el día sin probar bocado. Le dolían las piernas y la espalda, y estaba exhausta Aun así, el hecho de que el parto hubiera acabado con éxito le hacía sentir una inmensa satisfacción.

La choza de los Couey estaba a las afueras de Silver Mesa y tendría que atravesar toda la ciudad para llegar a la diminuta casa de dos habitaciones que hacía las veces de consulta y hogar a un tiempo. Recibía a los pacientes en la habitación delantera y vivía en la que daba a la parte de atrás. Mientras se abría paso con dificultad entre el fango de la única y sinuosa «calle» de Silver Mesa, respondió con amabilidad a los toscos saludos de los mineros con los que se cruzaba. A aquellas horas de la tarde, abandonaban sus explotaciones y se reunían en la ciudad para beber whisky, jugar al póquer y gastar en prostitutas el dinero que tanto les había costado ganar. Silver Mesa era una ciudad en pleno crecimiento sin ningún tipo de ley o servicio social, a no ser que se contara como tal a los cinco salones construidos con precarios materiales. Algunos comerciantes emprendedores habían erigido toscas edificaciones con tablones para almacenar sus mercancías, pero las construcciones de madera eran encasas y estaban alejadas las unas de las otras. Annie se sentía afortunada por disponer de una de ellas para ofrecer sus servicios médicos, y, a su vez, los habitantes de Silver Mesa se sentían afortunados por contar con un doctor, aunque se tratara de una mujer.

Llevaba allí seis, no, ocho meses, tras haber intentado sin éxito montar una consulta en su Filadelfia natal y en Denver. Había descubierto la amarga realidad de que, independientemente de lo buena doctora que fuera, nadie acudiría a ella si había un médico varón en ciento sesenta kilómetros a la redonda. Allí, en Silver Mesa, no lo había. Y, aun así, le costó bastante tiempo que la gente empezara a acudir a ella, a pesar de que, como todas las ciudades que empezaban a surgir y se expandían rápido, Silver Mesa era un lugar violento donde vivir. Los hombres recibían disparos continuamente, puñaladas o golpes, se rompían huesos o se machacaban algún brazo o pierna. El goteo inicial de pacientes se había convertido poco a poco en un flujo continuo, hasta el punto de que a veces no tenía tiempo ni de sentarse un minuto en todo el día.

Eso era lo que siempre había deseado, por lo que había trabajado durante años, pero cada vez que alguien la llamaba «doctora» o escuchaba que se referían a ella como la «doctora Parker», se veía embargada por la tristeza, pues le habría gustado que su padre también hubiera estado allí para oírlo. Sin embargo, aquello ya no sería posible. Frederick Parker había sido un hombre maravilloso y un magnífico doctor. Había permitido a Annie ayudarle en pequeñas cosas desde que era una niña, y fomentó su interés por la medicina enseñándole todo lo que pudo y enviándola a la universidad cuando ya no le quedó nada que enseñarle. Y también la había apoyado durante los duros años en los que luchó por conseguir su título de medicina, pues parecía que nadie, excepto ellos dos, deseara que una mujer ejerciera aquella profesión. De hecho, no sólo había sido rechazada por sus compañeros de estudios, sino que éstos se habían esforzado por entorpecer su progreso. No obstante, su padre le había enseñado a no perder el sentido del humor ni la constancia, y se había sentido tan entusiasmado como ella cuando Annie encontró un empleo en el Oeste.

Llevaba en Denver menos de un mes cuando recibió una carta de su pastor, comunicándole con pesar la noticia del fallecimiento de su padre. Parecía estar bastante sano, aunque había estado quejándose de que ya no era ningún niño y de que empezaba a notar los efectos de la edad. Un apacible domingo, justo después de haber disfrutado de una buena comida, se llevó las manos al pecho y cayó muerto. El pastor no creía que hubiera sufrido.

Annie había llorado su muerte en silencio, ya que no tenía a nadie con quien poder hablar, a nadie que pudiera comprender su dolor. Cuando se había aventurado a viajar al Oeste, sentía la presencia de su padre en Filadelfia como una tabla de salvación a la que podría asirse, mientras que ahora, era consciente de que se encontraba completamente sola. A través del correo postal, se había encargado de que se vendiera la casa y de que las posesiones personales que deseaba conservar se guardaran en casa de una tía. Nunca llegó a contarle а su padre nada sobre Silver Mesa; lo dura, sucia y vital que era, con su embarrada calle abarrotada de gente y con nuevas fortunas surgiendo cada día. A él le habría encantado trabajar allí y habría envidiado a Annie, pues, en su consulta, la joven veía y trataba todo tipo de casos, desde heridas de bala hasta resfriados y partos.

La penumbra típica de los crepúsculos en los últimos días de invierno empezaba a inundarlo todo cuando por fin abrió la puerta de su casa. Cogió el trozo de sílex que siempre dejaba sobre una mesa colocada cerca de la entrada, lo frotó haciendo saltar chispas y prendió una fina tira de papel retorcido con el que encendió la lámpara de aceite.

Suspirando cansada, dejó la bolsa sobre la mesa y movió los hombros en círculos para aliviar la tensión acumulada. Había comprado un caballo al llegar a Silver Mesa, ya que debía recorrer con frecuencia grandes distancias para visitar a sus pacientes, y tenía que encargarse del animal antes de que oscureciera más. Lo mantenía en un pequeño corral detrás de la casa, dentro de una destartalada cuadra provista de tres paredes. Annie prefirió rodear la casa en lugar de atravesarla por el interior, pues no quería dejar el suelo de su hogar lleno de barro.

Justo en el instante en que se dio la vuelta para salir, una sombra se movió desde un rincón en el otro extremo de la estancia y Annie dio un respingo al tiempo que se llevaba una mano al pecho. Al estudiar con más detenimiento aquella sombra, pudo distinguir la silueta de un hombre.

– ¿Puedo ayudarle en algo?

– He venido a ver al doctor.

Annie frunció el ceño consciente de que el desconocido no era de Silver Mesa, ya que, en caso contrario, hubiera sabido que se encontraba ante el doctor. Aparentemente, se trataba de un forastero que no esperaba encontrarse a una mujer.

La joven alzó la lámpara en un intento de ver mejor el rostro de aquel hombre. Su voz sonaba profunda y áspera, y era poco más que un susurro, pero había notado el lento acento sureño en sus palabras.

– Soy la doctora Parker -le explicó acercándose a él-. ¿En qué puedo ayudarle?

– Usted es una mujer -gruñó el dueño de la profunda voz.

– Sí, lo soy. -Ahora ya se encontraba lo bastante cerca como para distinguir el brillo febril de los ojos del desconocido y el particular olor dulzón de la infección. El hombre estaba apoyado en la pared, como si temiera no poder levantarse de nuevo si se sentaba en una silla. Con calma, Annie dejó la lámpara sobre la mesa y la graduó de forma que la tenue luz alcanzara todos los rincones de la pequeña estancia-. ¿Dónde está herido?

– En el costado izquierdo.

La joven se colocó en su costado derecho y apoyó el hombro bajo la axila masculina, deslizando el brazo alrededor de la fuerte espalda para poder sostenerlo mejor. El calor que desprendía el cuerpo de aquel hombre la impactó y, por un momento, casi se sintió asustada.

– Le llevaré hasta la mesa de reconocimiento.

El desconocido se tensó ante su contacto. El ala de su sombrero ocultaba su rostro, sin embargo, Annie sintió la mirada que le dirigió.

– No necesito ayuda -afirmó, avanzando con paso firme, aunque lento, hacia la camilla.

La joven cogió de nuevo la lámpara y encendió otra antes de tirar de la cortina que ocultaba la mesa de reconocimiento, en caso de que alguien más entrara en busca de atención médica. El hombre se quitó el sombrero dejando al descubierto su espesa y despeinada mata de pelo negro, que estaba bastante necesitada de un buen corte. Después, con cuidado, se quitó su pesado abrigo forrado de lana.

Annie cogió el sombrero y el abrigo, y los dejó a un lado sin dejar de estudiar al hombre en todo momento. No veía sangre ni rastro de herida alguna, sin embargo, era evidente que estaba enfermo y que sufría un agudo dolor.

– Quítese la camisa -le pidió-. ¿Necesita que le ayude a hacerlo?

El hombre la miró con los ojos entrecerrados antes de sacudir la cabeza y de desabrocharse la camisa lo suficiente para que pasara por su cabeza. Tiró de la tela para sacarla por fuera de los pantalones y se la quitó tirando de ella hacia arriba.

Una sucia tira de tela muy apretada rodeaba su cintura, presentando un color rojo amarillento en el costado izquierdo. Annie cogió un par de tijeras y cortó con cuidado el improvisado vendaje, dejándolo caer al suelo. Había dos heridas justo por encima de su cintura una enfrente de la otra. Ambas supuraban, pero la infección parecía más grave en la de la espalda.

La joven supo de inmediato que era una herida de bala. Había visto las suficientes en Silver Mesa como para haber acumulado una amplia experiencia.

De pronto, se dio cuenta de que todavía llevaba puesto su propio abrigo y se apresuró a quitárselo al tiempo que pensaba cuál sería la mejor forma de proceder con su paciente.

– Tiéndase sobre el costado derecho -le indicó mientras se volvía hacia su bandeja de instrumental y cogía todo lo necesario.

El hombre vaciló y alzó las cejas con expresión inquisitiva. Un segundo más tarde, sin mediar palabra, se inclinó para soltar la correa que sujetaba su pistolera al muslo y su rostro se llenó de sudor por el esfuerzo. Se desabrochó el cinturón del que colgaba la pistolera y lo dejó en la cabecera de la mesa de reconocimiento, al alcance de su mano. Después, sin dejar de mirar a la joven, se tumbó tal y como ella le había indicado. Sus músculos parecieron relajarse involuntariamente cuando sintió el suave colchón que Annie había colocado sobre la mesa para que sus pacientes estuvieran más cómodos, luego se estremeció y volvió a tensarse.

Annie cogió una sábana limpia y la extendió sobre su torso desnudo.

– Esto evitará que se enfríe mientras caliento algo de agua.

La joven había añadido carbón al fuego para que ardiera lentamente antes de salir temprano por la mañana y las brasas resplandecieron, adquiriendo un color rojizo, cuando las removió con un atizador agregando unas cuantas astillas y más madera. Moviéndose con rapidez, fue a buscar agua y la vertió en dos ollas de hierro que colgaban de un gancho sobre el fuego, haciendo que la pequeña estancia se caldeara en pocos minutos.

Annie metió sus instrumentos en una de las ollas para hervirlos y se lavó las manos con jabón. El cansancio que había invadido sus piernas y brazos durante el camino de vuelta de casa de Eda quedó olvidado mientras consideraba el mejor tratamiento para su nuevo paciente.