– Liza tiene buen aspecto -la halagó, conduciendo al animal por el corredor, donde Emily ya esperaba con Rex-. Veo que empleó bastante tiempo cepillándola.
El esfuerzo le valió un gesto ceñudo con el que Emily expresaba claramente que sólo un idiota era capaz de maltratar a un caballo. Una vez ajustadas las correas, se volvió con altanería y encabezó la marcha hacia la parte posterior del cobertizo, donde se guardaban los coches y las carretas. En un compartimiento separado estaba el equipaje, colgado de estacas de madera. Entre los dos, bajaron sus pertrechos, ella enfurruñada, él, divertido, y lo llevaron al pasillo principal, donde comenzaron a ensillar en silencio a Rex y a Liza. Cuando terminaron, Emily se encaminó hacia la oficina sin saludar.
– Los traeré de nuevo a la noche -gritó Tom-, pero puede cobrarme todo el día.
– ¡Puede apostar su astrosa camisa que lo haré! -replicó, sin mirar atrás, y desapareció en la madriguera.
Tom se miró los brazos desnudos y pensó: "Muy bien, estamos en paz, muchacho".
En la oficina, con las piernas cruzadas y el libro sobre el regazo, Emily no podía concentrarse. El estómago se le contraía y la lengua le dolía de apretarla tanto contra el techo del paladar. ¡Maldito sea su insoportable pellejo! Cuando intentó leer, las críticas parecían sobreimprimirse a las palabras del libro. ¡Sujeto desagradable e infernal! Lo oyó chasquearle la lengua a la yunta, los cascos de los caballos sobre la tierra dura que se alejaban hacia la calle. Cuando el sonido desapareció, apoyó la cabeza en la pared, cerró los ojos y se sintió agitada como ningún hombre la había dejado nunca. ¿A dónde llevaba los caballos sin la carreta? ¡Y cómo se atrevía a criticar al padre, que ni siquiera conocía! ¡Sus propios modales dejaban bastante que desear!
Después de veinte minutos, había logrado concentrar otra vez la atención en el estudio cuando un chirrido la distrajo. Inclinó la cabeza para escuchar: parecía raspar de metal sobre piedras. ¿Metal sobre piedras? Entró en sospechas y salió corriendo, se detuvo ante las puertas abiertas y se quedó con la boca abierta al ver a Jeffcoat nivelando un solar a menos de treinta metros por la misma calle, del lado de enfrente. Había alquilado la niveladora de Loucks, un monstruoso aparato de acero pintado de verde perejil, que emparejaba las calles en el verano y roturaba en invierno, y que le proporcionaba una suculenta ganancia con cada parcela que vendía. La máquina tenía una especie de nariz larga sobre la que se ajustaba la hoja metálica por medio de un par de ruedas verticales sujetas con cables. Jeffcoat estaba de pie entre las ruedas, sobre una plataforma de metal, y guiaba a su yunta como un gladiador romano fuera de época.
Emily arremetió contra él en el instante en que su ira exploto.
– ¿Qué diablos está haciendo, Jeffcoat? -vociferó, acercándose mientras la máquina se alejaba de ella, haciendo rodar la tierra al costado.
El hombre miró sobre el hombro y sonrió, pero no detuvo a los caballos.
– ¡Nivelando mi tierra, señorita Walcott!
– ¡Sobre mi cadáver!
– ¡No, sobre la niveladora del señor Loucker!
No supo quién chirriaba más fuerte, si las piedras del terreno o Emily.
– ¡Cómo se atreve a elegir este lugar, justo enfrente de mi padre!
– Estaba a la venta.
– ¡Igual que otros treinta solares en las afueras del pueblo, donde no tendríamos que verle!
– Esta es tierra de calidad. Está cerca de la zona comercial. Es mucho mejor que las que están en las afueras.
Llegó al extremo más alejado del terreno e hizo girar la yunta, dirigiéndose hacia Emily.
– ¿Cuánto ha pagado por esto?
– Y ahora, ¿quién mete la nariz en los asuntos ajenos, señorita Walcott?
Mientras hablaba, se concentraba en ajustar las enormes ruedas de metal. Los músculos le sobresalían al tiempo que los cables gemían y la hoja adoptaba el ángulo justo. Cuando pasó ante Emily, la hoja le arrojó un rizo de tierra a los tobillos.
La muchacha saltó para eludirla y gritó:
– ¿Cuánto?
– Tres dólares cincuenta centavos por el primero, y cincuenta centavos por cada uno de los otros tres.
– ¡Otros tres! ¿Es decir que ha comprado cuatro?
– Dos para mi negocio. Dos para mi casa. Es un buen precio.
Se le rió en la cara, mientras Emily andaba a un lado, alzando la voz por encima del fragor del acero sobre la piedra.
– Se los compraré por el doble de lo que pagó.
– Oh, tengo que obtener más del doble pues, a fin de cuentas, este ya fue mejorado.
– ¡Jeffcoat, detenga esa maldita yunta en este instante para que pueda hablarle!
– ¡Ea! -Los animales se detuvieron y, en el súbito silencio, dijo-: Sí, señorita Walcott -enrolló las riendas en un volante y saltó junto a ella-. Para servirla, señorita Walcott.
La forma de decirlo, acompañada por esa sonrisa insoportable, hizo que Emily tuviese aguda conciencia de estar vestida con la gorra agujereada de su hermano y los pantalones. Compuso un ceño amenazador:
– ¡En este pueblo sólo cabe un establo y usted lo sabe!
– Lo lamento, señorita Walcott, pero no estoy de acuerdo. Está expandiéndose con más velocidad que los rumores. -Se enjugó la frente en el antebrazo, se quitó los sucios guantes de cuero y los agitó hacia el extremo norte de la calle Main-. Fíjese en las construcciones que están levantándose. Ayer, cuando hice un recorrido, conté cuatro casas y dos tiendas en construcción y me parece que hay dos fabricantes de guarniciones en el pueblo. Si hay transacciones suficientes para ellos dos, sin duda las habrá para dos establos. Y ya está instalada una escuela y oí decir que, a continuación, se hará una iglesia. A mi juicio, es un pueblo con futuro. Lamento tener que competir un poco con su padre, pero no tengo intención de arruinarlo, se lo aseguro.
– ¿Y qué me dice de Charles? ¡Ya ha hablado con Charles!
– ¿Qué Charles?
– Charles Bliss. ¡Piensa contratarle para que le ayude a construir!
– ¿También tiene objeciones contra eso?
Tenía objeciones contra todo lo que ese hombre había precipitado en las últimas veinticuatro horas. Rechazaba su audacia. Cómo había elegido el terreno. Su sonrisa, su olor a sudor y sus pantalones ajustados, su gallarda apostura y esos estúpidos tirantes innecesarios, el modo en que hacía estremecerse a Tarsy, que arrancase las mangas de las camisas y, lo más perturbador, ¡que ella y su padre tuviesen que ver su maldito establo desde la ventana de la oficina del suyo por el resto de sus vidas!
Resolvió decírselo.
– ¡Señor Jeffcoat, tengo objeciones contra todo lo que usted hace y es! -Acercó tanto la nariz a la de él que se veía reflejada en las pupilas negras-. Y, en particular, a que ponga a Charles en situación de elegir entre dos lealtades. Ha sido amigo de mi familia desde que los dos éramos así de pequeños.
Por primera vez, vio una chispa de furia en los ojos azul oscuro de Jeffcoat. La mandíbula se puso tan tensa como los bíceps y la voz adquirió un tono duro:
– He atravesado miles de kilómetros, he dejado a mi familia y todo lo que me era querido, he llegado a este pueblo de vaqueros con intenciones honestas, dinero honesto y espalda ancha. He comprado tierra y contratado a un carpintero, y pienso llevar adelante mi negocio de manera apacible y convertirme en un ciudadano permanente y respetuoso de la ley de Sheridan. ¡Y mi comité de bienvenida es una moza de boca atrevida, que necesita lavársela con jabón y que le enseñen lo que es una enagua! Entienda esto, señorita Pantalones… -Nariz con nariz, fue haciéndola retroceder a medida que hablaba-. ¡Estoy hartándome de sus permanentes críticas a cada uno de mis movimientos! No sólo estoy cansado de su terquedad, sino que tengo prisa por construir mi negocio y no pienso aceptar más insolencias de una marimacho como usted. ¡Y ahora, señorita Walcott, le agradeceré que salga de mi propiedad!
Se puso los guantes y se alejó, dejándola sonrojada y muda. Con un salto ágil trepó a la plataforma de la niveladora, tomó las riendas y gritó:
– ¡Eh, arriba, vamos!
Y así quedó sellada la enemistad.
Al día siguiente era domingo. Los servicios religiosos se celebraban en Coffeen Hall, el único edificio de la ciudad con lugar suficiente para la cantidad de creyentes adultos de distintos cultos que se congregaban y a los que el reverendo Vasseler, recién llegado de Nueva York para organizar la congregación episcopal, encabezaba en las plegarias. Tenía voz meliflua y un mensaje inspirador y, así, había atraído a una cantidad impresionante de familias a su rebaño. El salón estaba lleno cuando el reverendo Vasseler comenzó el servicio con un himno, "Toda Alabanza, toda Gloria, ahora cantamos". De pie entre Charles y su padre, Emily cantaba con dudosa voz de soprano. En mitad de la canción, sintió una mirada escudriñadora y al volverse halló a Tom Jeffcoat en un asiento, al fondo, cantando y contemplándola. Cerró la boca de golpe y lo miró durante diez segundos completos.
"… adoramos ahora a nuestro Rey de los cielos… "
Cantaba sin ayuda del libro de himnos, con voz tan fuerte y aguda, que la sobresaltó. Estaba preparada para verlo como el Diablo encarnado, pero apareció ante ella bajo una luz por completo diferente al encontrarlo en su propia iglesia, cantando himnos. Volvió su atención al frente y se impuso no echarle ni una mirada más.
El himno terminó y se sentaron. El reverendo Vasseler dio un breve sermón acerca del Buen Samaritano y luego anunció que J. D. Loucks había donado un solar en la calle Loucks Este para construir una iglesia de verdad. Recorrieron el salón sonrisas y murmullos a medida que los miembros de la congregación divisaban al donante y le expresaban aprobación. El ministro convocó a todos los hombres a aportar algo. Bosquejó un plan de construcción según el cual la estructura estaría techada hacia mediados del verano y terminada en el otoño. Joseph Zollinski se ofreció a organizar al equipo voluntario de construcción y Charles Bliss para supervisar el trabajo, y todos los hombres presentes tendrían que presentarse ante alguno de ellos después del servicio para anotarse con un día de trabajo, por lo menos.
Cuando el servicio terminó, Charles se quedó a organizar a los voluntarios mientras Emily salía del salón del brazo de su padre. A mitad de camino hacia la puerta, se topó con Tarsy que la aferró del brazo y le murmuró, agitada:
– ¡Él está aquí!
– Ya lo sé.
– Preséntanos.
– ¡No lo haré!
– ¡Oh, Emily… pooor faaavor!
– Si quieres conocerlo, preséntate sola, pero no esperes que yo lo haga. ¡Sobre todo, después de lo de ayer!
– Pero, Emily, es la criatura más sensual que he…
– Buenos días, Tarsy -interrumpió Edwin.
– Oh, buenos días, señor Walcott. Estaba diciéndole a Emily que es propio de buenos vecinos dar la bienvenida a los recién llegados al pueblo, ¿no cree?
Edwin sonrió:
– Sí.
– ¿Le molestaría presentarme al señor Jeffcoat?
Edwin conocía la conducta frívola de Tarsy y no se preocupó demasiado. Era una persona demasiado benévola para rechazar a nadie, ni a un competidor. Afuera, bajo el sol de una hermosa mañana de verano, Edwin acompañó a Tarsy junto a Jeffcoat, con Emily detrás, fingiendo que no le importaba en absoluto y disculpándose con la excusa de que esperaría a Charles cerca de la puerta.
Pero no quitó la vista de las presentaciones.
– ¡Señor Jeffcoat, acérquese! -dijo Edwin.
Jeffcoat se volvió en mitad de un paso y sonrió, cordial.
– Ah, buenos días, Edwin.
– Parece que tiene prisa.
– Tengo que empezar la construcción. Me temo que no puedo desperdiciar un día como este, sea el día del Señor o no.
Miró el límpido cielo azul.
Edwin lo imitó.
– Lo entiendo. Es un día espléndido.
– Sí, señor, así es.
– Me gustaría presentarle a la amiga de mi hija, la señorita Tarsy Fields.
– Señor Jeffcoat. -Hizo una pequeña reverencia y le dirigió su sonrisa más cautivante-. Estoy verdaderamente encantada de conocerlo.
Jeffcoat conocía lo suficiente a las mujeres para reconocer un intenso interés cuando lo tenía desbordando frente a él. Era más curvilínea, más bonita y más cortés que Emily Walcott, que estaba de pie junto a la puerta, fingiendo indiferencia. Extendió la mano y, cuando atrapó en ella la de la señorita Fields, concedió al rostro la lánguida atención que merecía y sometió a los dedos a la presión que sugiriese un interés similar.
– Debo confesar -admitió Tarsy-, que le pedí al señor Walcott que nos presentara.
Jeffcoat rió y le retuvo la mano más tiempo del que indicaba la cortesía.
– Me alegro. Creo que ayer nos cruzamos frente al hotel, ¿no? Usted llevaba un vestido de color melocotón.
"Promesas" отзывы
Отзывы читателей о книге "Promesas". Читайте комментарии и мнения людей о произведении.
Понравилась книга? Поделитесь впечатлениями - оставьте Ваш отзыв и расскажите о книге "Promesas" друзьям в соцсетях.