– Estaba en el baño, en caso contrario no habría entrado.

¿De verdad no te importa ya?

– Por supuesto. Pero hubiese preferido que no viniésemos.

– Tuviste mucho éxito en la cena.

– A ti tampoco te fue tal mal -le lanzó ella.

– Sólo estaba pasando el tiempo, vigilándote, asegurándome de que te comportabas como era debido. Tenía que saber lo que sentías por él. Era importante.

– Y ahora ya lo sabes -le miró a los ojos, apremiándole en silencio para que continuase.

Pero aquel hombre capaz de vencer a su enemigo con un golpe maestro pareció de pronto perder la confianza en sí mismo.

– ¿Y ahora qué? -dijo-. Eres tú la que debe decidir. ¿Quieres que me vaya?

– No sé lo que quiero -dijo ella alterada. Y en parte era verdad.

– Ferne -dijo Dante en voz baja y repentinamente seria-, si tú no lo sabes, ninguno de los dos lo sabemos.

– Eso no es justo.

– ¿Justo? -había tensión en su voz-. ¿Estás ahí medio desnuda haciéndome Dios sabe qué y el injusto soy yo?

El albornoz se había abierto lo suficiente como para dejar ver sus pechos, firmes y encendidos por un deseo que ella no podía seguir ocultando. Mientras Ferne dudaba, él agarró la tela por los bordes y la retiró, revelando el resto de su desnudez.

– Esto es ser injusto -dijo él con voz agitada.

Ella no podía moverse. Todo su ser parecía estar centrado en él, en sus caricias y en la idea de dónde sería la próxima. El sentimiento era tan intenso que parecía que el ya le estuviese acariciando todo el cuerpo. Casi se asustó cuando el posó los dedos en la base de su cuello y los dejó ahí, como esperando algo.

– Dime qué hacer. Ferne, por favor, si quieres que me detenga dilo ahora mismo, porque estoy a punto de perder el control.

Ella sonrió de forma intencionadamente provocadora.

– Igual los hombres se controlan demasiado. Puede que incluso hablen demasia…

Él la hizo callar con su boca. Ya era demasiado tarde, habían traspasado el punto de no retomo. Ferne lo besaba con la misma pasión que él a ella, hablándole de un deseo retenido durante demasiado tiempo, de una frustración que se liberaba precipitándose en una alegría vertiginosa.

Mientras la besaba, Dante tiró del albornoz hasta hacerlo caer al suelo, eliminando toda barrera que le impidiese acariciarla por todas partes y despertar en ella intensos estremecimientos. Ella consiguió devolverle el halago, despojándole de la ropa hasta dejarlo tan desnudo como ella.

Ninguno sabía quién haría el primer movimiento hacia la cama. No importaba. Avanzaban por el mismo camino, buscando destinos idénticos.

Ella se había imaginado su destreza, pero aquel pensamiento estaba muy alejado de la realidad. Le hizo el amor como bailaba el quickstep, sabiendo a ciencia cierta cuál era la caricia adecuada, el movimiento adecuado, en perfecta sintonía con su pareja. Ella sintió que su cuerpo estaba hecho para aquel momento, aquella ternura, para aquel hombre y sólo él.

Dante dudó en el último momento, mirándola a la cara en busca de una confirmación. Su respiración se había acelerado y no podía soportar la espera. Ella lo deseaba y lo deseaba en aquel momento.

– Dante -susurró ella con urgencia.

Él emitió un breve suspiro de satisfacción al escuchar en la voz de Ferne aquello que necesitaba saber, y en un instante estuvo dentro de ella, disfrutando de ser parte de ella.

Entonces se tornó en otra persona. El payaso socarrón que la había encandilado era además el amante que conocía instintivamente los secretos de su cuerpo y los utilizaba en su interés de una manera casi implacable. Desde el principio había tenido claro lo que quería y había estado dispuesto a obtenerlo, y lo que había querido era verla feliz y satisfecha. Y lo había conseguido, lo que implicaba que sabía de su poder sobre ella, pero Ferne no temía ese poder. Confiaba demasiado en él como para tenerlo.

Ferne se preguntó si ella también habría cambiado para él, y al detectar cierta perplejidad en sus ojos supo que era así. Eso le encantó y entonces fue ella la que se le acercó para hacerlo otra vez, acariciándolo como nunca había acariciado a nadie, porque era distinto a todos los demás. Dante se echó a reír y acercó su cuerpo al de ella, invitándola implícitamente a hacer lo que quisiera, invitación que ella aceptó de buen grado.

Una vez se hubieron recobrado, él se incorporó apoyándose en un codo y la contempló tumbada bajo su cuerpo con una mezcla de triunfo y placer.

– ¿Por qué habremos tardado tanto? -susurró.

¿Cómo podía Ferne ofrecerle una respuesta sincera si acababa de enfrentarse a lo que en realidad había en su interior?

«Hemos tardado porque me he estado conteniendo, temiendo albergar demasiados sentimientos hacia ti. Sabía que, si intimaba demasiado contigo, me arriesgaba a enamorarme de ti, y no quiero. Porque amarte es arriesgarse a sufrir y no tengo valor. Aunque… aunque puede que ya sea demasiado tarde. ¿Demasiado tarde para mí? ¿Demasiado tarde para ti?».

No podía decirle algo así.

Se limitó a abrir los brazos y atraerlo hacia ella para que él pudiese abrazarla hasta que ambos conciliasen el sueño al mismo tiempo.

En cuanto las primeras luces del alba entraron en la habitación, Dante se levantó de la cama con cuidado de no despertarla y se acercó a la ventana. Desde allí contempló la salida del sol por detrás de las ruinas, cumpliendo su promesa de un nuevo día.

Un nuevo día. Nunca pensó que llegaría a conocer ese sentimiento. Las circunstancias de su vida habían generado en él un cauteloso desapego, permitiéndole distanciarse con facilidad, mirarse a sí mismo con ironía, a veces con cinismo, y otras con una melancolía que combatía a través de la risa.

Pero aquella mañana su melancolía se había disipado. La indiferencia había desaparecido dejándolo descansar en paz.

Paz: la última cualidad que habría asociado con Ferne. Ella le había tomado el pelo, lo había acosado, se había mofado de él y lo había provocado. A veces se había preguntado si ella sabía lo mucho que lo tentaba y, entonces, había descubierto una mirada en sus ojos… calculadora, desafiante, quede llevaba a la siguiente fase del juego que ambos jugaban.

Y el juego se llamaba «¿Quién pestañeará primero?» a había jugado con consumada destreza, incitándole a cometer indiscreciones como la de comprarle un biquini, lo que había dejado las cartas de Dante al descubierto. Y ella las había jugado, llevándolo al extremo, más cerca del momento en que él tendría que abandonar el control que reinaba en su vida.

La suerte del diablo había estado de parte de ella. Nadie podía haber previsto la llegada de Sandor y los celos que habían atormentado a Dante. Al verlos juntos en la playa, al ver cómo Sandor tocaba el cuerpo de Ferne, al que consideraba como una posesión personal, había estado a punto de cometer un asesinato.

Ferne había intentado rechazar la invitación de Sandor a aquella casa, pero ¿por qué? Un demonio le había susurrado al oído que ella tenía miedo a estar en compañía de aquel hombre por si sucumbía a la antigua atracción que sentía por él. Dante había insistido en que aceptara, llevado por la necesidad de verlos juntos y saber a qué se enfrentaba.

No le había satisfecho que la noche anterior le presentasen tantos señuelos. Se podía haber presentado al menos en tres habitaciones con la seguridad de ser bien recibido. En lugar de eso, había rondado la puerta de Ferne hasta que Sandor había aparecido inevitablemente para seducirla, con el torso desnudo, y había entrado sin llamar.

En cuanto oyó la bofetada aquello le pareció el comienzo de su vida.

Volvió a la cama, sentándose con cuidado para no molestarla. Quería contemplarla así; relajada y contenta, respirando casi sin hacer ruido. Un mechón de pelo había caído sobre su rostro, y él lo apartó suavemente. Dejó la mano allí de algún modo, acariciando su cara.

Ferne esbozó una sonrisa, indicándole que estaba despierta. Luego la sonrisa se convirtió en risa y al abrir los ojos descubrió que Dante la miraba fijamente.

– Buenos días -susurró él, situándose a su lado y atrayéndola hacia él.

No hubo pasión esta vez, sólo la cabeza de ella apoyada en su hombro, su cuerpo acurrucado contra el de él y la sensación de encontrarse a gusto uno con el otro.

– Buenos días -murmuró ella.

– ¿Todo bien?

– ¡Mmm-Ferne escondió el rostro en el cuerpo de Dante.

– Para mí también -coincidió él-. Muy bien.

Pasado un rato, ella volvió a abrir los ojos y lo encontró sumido en sus pensamientos.

– ¿Qué vamos a hacer ahora? -preguntó Dante.

– Dejar atrás este lugar -contestó ella enseguida-. De todos modos, Sandor nos echará.

– Lástima. Una parte de mí quisiera quedarse un poco más para meterle un dedo en el ojo. Él ya tuvo su parte poniendome celoso y me toca devolverle la jugada.

– -¿Celoso? ¿Tú?

– No te hagas la inocente. Sabías exactamente lo que me hacías. Te encantaba verme en ascuas.

– Admito que a veces me resultó divertido -observó ella-. Pero era porque intentabas hacerte el duro. No siempre con éxito, pero lo intentabas.

– Por supuesto -dijo él, sorprendido-. No olvides que prometí una relación «amistosa» y un caballero siempre guarda su palabra.

– ¿Caballero? ¡Bah!

Dejemos esta discusión para más tarde -dijo él apreudamente-. El caso es que yo no podía romper mi palabra, así que tenía que conseguir que tú la rompieses por mí. Fuiste tú la que me obligó a retirarme, así que soy inocente.

– ¡Oh, por favor! -se mofó ella-. Lo último que podría imaginar es que seas inocente. Eres un intrigante, manipulador, maniobrero, tramposo… ¡ Al demonio! ¿A quién le importa si eres un tipo de lo peor? ¿Qué haces?

– ¿A ti que te parece? Calla, que te voy a demostrar lo malísimo que soy.

Riendo, se dispuso a hacerlo con tal intensidad que ella quedó sin aliento.

– Supongo que deberíamos levantarnos -dijo él finalmente-. Hace un día precioso.

Gino los estaba esperando abajo.

– Sandor ha pasado mala noche y se ha ido a dar un paseo. Dice que no le apatece ver a nadie.

– Entiendo -dijo Dante solemnemente-. Un verdadero artista necesita a veces estar sólo en íntima comunión con el universo. ¿Decías algo? -la pregunta iba dirigida a Ferne, que mostraba signos alarmantes de echarse a reír a carcajadas. Consiguió negar con la cabeza, y él continuó-: Nos iremos enseguida. Llámame cuando acabe el rodaje y entonces volveré.

Ni siquiera se quedaron a desayunar. Metieron sus cosas en las bolsas a toda prisa y abandonaron el Palazzo Tirelli como dos niños que se escapan.

Una vez fuera de Roma, se dirigieron hacia el sur, recorriendo la costa unos ciento sesenta kilómetros hasta que encontraron una playa tranquila y nada sofisticada. El pueblo era muy parecido: un sitio ideal para pasear y comprar pasta de dientes antes de retirarse al sencillo hotel en que compartían habitación.

– Gracias a Dios, esta vez Sandor no ha podido buscarnos el alojamiento -rió Dante mientras ambos yacían abrazados aquella noche-. No fue casualidad que nos separasen tanto al uno del otro.

– Sí, ya me di cuenta. Muy astuto.

– Error. Yo soy el gran maestro de la astucia, alguien tenía que habérselo advertido.

– Y también eres un machista y un anticuado, ahora que lo pienso. Dijiste que, si hubiese recibido a Sandor en mi habitación, habrías entrado a pegarle.

– Y bien fuerte.

– ¿Y quién te ha dado derecho a vetar a mis amantes? ¿Qué hay de mi derecho a escoger a quien quiera?

Querida, tienes todo el derecho del mundo a escoger al hombre que desees, siempre y cuando ese hombre sea yo. Y ahora, ven aquí que te lo voy a dejar bien clarito. Y eso hizo. Y volvió a hacerlo. Y luego ambos durmieron en perfecta sintonía.

Una noche Dante estuvo especialmente callado, pero parecía absorbido en un libro, así que ella lo achacó a la lectura. Más tarde Ferne se despertó y lo encontró sentado junto a la ventana con la cabeza entre las manos. Estaba inmóvil y en silencio, en tal contraste con su vivacidad habitual que ella sintió una punzada de alarma.

Deslizándose fuera de la cama, se arrodilló junto a él.

– ¿Estás bien?

– Sí. Me duele un poco la cabeza, eso es todo.

– -¿Te ha dolido toda la tarde? No te has quejado nada has tomado algo?

Sí.

– ¿Y no se te pasa? Vuelve a la cama. Dormir te hará bien.

– Luego. Déjame ahora. No quiero hablar.

– Sólo estoy preocupada por ti.

– ¿Quieres dejarlo ya, por favor?

Ella se acostó y se cubrió la cabeza con las sábanas para acurrucarse y quedarse sola con sus pensamientos. Estuvo despierta mucho tiempo, diciéndose que debía de ser un simple dolor de cabeza, del tipo que tiene todo el mundo.