– No lo dudo.

Molly contempló sus anchos hombros, que casi sobresalían por debajo de las costuras de su camisa. Era muy corpulento. ¿Cómo sería ser tan fuerte y no tener miedo de que alguien te hiriera? Era algo que los hombres daban por hecho.

– ¿Nos vamos? -le dijo, haciendo ademán de levantarse.

– Todavía no hemos pagado.

– Me lo cargan directamente a mi cuenta. La pago cada mes.

– ¿Y qué pasa con nuestro acuerdo? íbamos a pagarlo todo a medias.

– Jovencita, tienes razón -repuso Dylan-. Me debes diez dólares.

– Eso está mejor -rió Molly.

Sacó el billete de su cartera y se lo dio.

Fuera del restaurante, el cielo estaba despejado. En Los Ángeles había una combinación de nubes bajas y niebla. Más allá del restaurante, había espacios abiertos. La ciudad de Riverside era más bien rural y el condado se extendía hasta Arizona. Se sentía como si estuviera a miles de kilómetros de su casa, en lugar de a sólo noventa y cinco.

– Volveremos a la oficina para que puedas recoger tu coche -le dijo mientras le abría la puerta del Mercedes-. Así podrás ir a casa a descansar durante la tarde. Si eres una mujer típica, tendremos que tener una charla sobre el equipaje.

– Me ofende la insinuación -dijo Molly, tratando de no pensar en la enorme maleta que llenaba su maletero.

– Voy a darte una bolsa de tela y nada más.

– No irás a comportarte como un tirano, ¿verdad? -preguntó Molly, todavía sin saber a dónde quería llegar con todo aquello. ¿Qué le importaba cuántas maletas llevara y por qué quería que utilizara una de las suyas?

– Estoy siendo práctico -le tocó la punta de la nariz y sonrió-. No vamos a llevarnos el coche para nuestra aventura. Iremos en una de mis motos.

Molly recordó al instante que aquél era Dylan, y lo recordó salvaje y vestido de cuero negro sobre una motocicleta. Abrió los ojos con sorpresa, y la imagen fue tan poderosa que no pudo decir palabra. Lo único que pudo hacer fue reír de puro deleite.


Dylan observó cómo Molly se alejaba en su coche y luego se volvió hacia su oficina. Al oír cómo se alejaba el ruido del motor, se dijo que debía entrar, que necesitaba hacer miles de cosas, pero se quedó allí de pie, contemplando las colinas pardas y la tierra seca y desértica.

No podía creer que le hubiera dado a una desconocida la llave de su casa y le hubiese dejado ir allí ella sola. Hasta Molly se había sorprendido por su ciega confianza. ¿En qué había estado pensando?

Lo cierto era que no había estado pensando en absoluto. Su instinto le decía que podía fiarse de Molly, y eso había hecho. Resultaba extraño, considerando que no había confiado nunca en nadie. ¿Qué veía en ella? ¿Era el pasado en común, o tal vez la vulnerabilidad de su mirada? Algo había reclamado su consuelo o protección.

Despacio, se dijo. Ya sabía que no debía fantasear sobre las mujeres. Sólo buscaban lo que podían sacar de un hombre, fuese un buen rato en la cama o una vida de seguridad económica. La vida le había enseñado bien aquella lección, y eso hacía que sus motivos para confiar en Molly fueran aún más sospechosos. Excepto que no creía que quisiera nada de él. No podía decir por qué lo sabía, pero se había comportado como si así fuera. Tal vez los años lo estaban volviendo senil. La realidad era que todo el mundo quería algo, incluso Molly.

Una vez recuperada su filosofía claramente cínica, entró en el edificio. Evie estaba sentada detrás de su mesa y lo miraba con curiosidad.

– ¿Y bien? -preguntó, sin pretender parecer sutil-. ¿Quién era y qué quería?

Dylan se apoyó en la mesa.

– Una vieja amiga, la conozco desde hace años. Salía con su hermana mayor.

– Ah, eso lo explica todo -Evie arrugó la nariz-. Estoy segura de que es buena chica y todo eso, pero no es tu tipo. Quiero decir, que tiene el pelo rizado y eso podría ser interesante, pero es muy normalita y está un poco gordita.

– No es normalita -Dylan se enderezó, y la irritación confirió fuerza a su voz-. Janet fue siempre la belleza de la familia, pero Molly tiene muchos rasgos bonitos. Y no es gordita, sólo tiene curvas -frunció el ceño y esperó a que Evie lo contradijera.

Ni siquiera quería pensar por qué sentía la necesidad de defender a Molly. Tal vez fuera porque era una de esas personas de buen corazón. Y qué si no tenía una belleza tradicional, tenía otras cualidades que Dylan admiraba.

– Perdona -dijo Evie, levantando las manos en señal de rendición-. Sólo estaba un poco sorprendida, eso es todo. Suelen perderte las mujeres con tipo de modelos. Creo que es estupendo que busques algo más que una cara bonita.

– No estoy buscando nada -gruñó-. Somos amigos, nada más.

– Ya lo sé -dijo Evie, y se removió con incomodidad-. Siento haber dicho algo que no debiera.

– No, la culpa es mía. Yo… -¿qué le estaba pasando? ¿Por qué le parecía mal todo de repente?-. Estaré en mi despacho, le dijo, y se dirigió a la parte de atrás del edificio.

Se estaba reblandeciendo, eso era. Menos mal que iba a irse de viaje, podría aprovechar el tiempo para aclarar sus ideas.

Al disponerse a trabajar, sintió un leve hormigueo en el estómago. Después de unos minutos, fue capaz de identificarlo como expectación. Dylan, que normalmente detestaba cualquier cosa que lo apartara de su trabajo, estaba deseoso de tomarse unos días libres.

Capítulo 3

Había un buzón con el número de la casa al pie de la colina. Mientras Molly metía la primera marcha para poder subir por la pendiente, se preguntó si había cometido un error. ¿Realmente vivía Dylan allí?

Al tomar la última curva y ver aparecer la casa ante sus ojos, se convenció aún más de que debía de haber tomado un desvío que no era. Era una mansión enorme, toda de madera y cristal. La parte posterior se fundía con la colina que se elevaba detrás de la casa. La fachada daba a la ciudad y al desierto que había más allá. Desde donde estaba, podía ver un garaje de cuatro plazas y lo que parecía formar parte de un jardín.

Molly inspiró profundamente. Tenía que ser allí. Sólo había otros tres buzones en la calle y ninguno de los números se parecía. Sabía que los inmuebles eran más baratos por aquella zona, pero, diablos, no esperaba encontrar una mansión. Al contemplar aquella impresionante estructura, se alegró de no haberlo sabido de antemano, de lo contrario, nunca habría reunido el valor para abordar a Dylan.

Aparcó el coche a un lado, delante de una de las puertas dobles del garaje, y apagó el motor. Decidió dejar la maleta en el maletero hasta estar completamente segura de que era allí. Se dirigió por el camino de entrada hasta la amplia puerta delantera y sacó la llave que Dylan le había dado.

Giró con facilidad en la cerradura. Le había dicho que no había alarma, así que se limitó a entrar. El techo del vestíbulo se elevaba al menos a seis metros de altura. Unas ventanas enormes dejaban entrar la luz del exterior, iluminando vigas oscuras de madera, paredes blancas de estuco y muchas plantas exuberantes. La sala de estar estaba justo en frente, pero para llegar hasta allí, tenía que cruzar un puente de adobe y un arroyo interior. ¿Un arroyo?

Molly parpadeó varias veces, pero la corriente de agua no desapareció. Siguió deslizándose sobre una formación de rocas a su derecha, luego bajo el puente hasta formar un pequeño estanque a su izquierda. Varios peces nadaban en el agua clara. ¿Dónde diablos se había metido?

Entró en la sala de estar. Los muebles eran gigantescos. Sofás de cuero azul oscuro, mesas de cristal y más ventanas. La vista era espectacular. Giró lentamente en círculo, fijándose en las bonitas lámparas de pie, las obras de arte, el comedor que había detrás. Supuso que todo su apartamento cabría cómodamente en el espacio ocupado por aquellas dos habitaciones. Y todavía quedaba mucha casa por ver.

Hacía casi once años, cuando Janet había pensado en cortar con Dylan, Molly recordó haber escuchado detrás de la puerta mientras su hermana hablaba con su madre, decidiendo qué podía hacer. Janet se mostraba preocupada por sus diferencias en estilo de vida y expectativas. Dylan se había criado en el barrio pobre de la ciudad, en una casa remolque. Lo único que parecía importarle eran su moto y Janet. Janet quería un hombre ambicioso y, en aquel momento, Molly había pensado que su hermana era rematadamente estúpida. La ambición estaba bien, pero hablaban de Dylan Black. Valía por diez médicos o abogados.

Mientras Molly estudiaba la impresionante estancia, comprendió que había tenido razón, y una sonrisa se dibujó en sus labios. Había llegado muy lejos después de dejar su vieja casa remolque. Tal vez, mientras estuvieran de viaje, podría pedirle que le contara cómo había progresado tanto.

Volvió a su coche y descargó la maleta, luego entró de nuevo en la casa. Dylan le había descrito la distribución general y le había dicho que se pusiera cómoda. No era por naturaleza fisgona y, aunque hubiese querido echar un vistazo, aquel lugar la intimidaba demasiado para su gusto, así que no asomó la cabeza por las puertas abiertas a lo largo del pasillo, sino que se dirigió directamente a la última habitación a la izquierda, la habitación de invitados que Dylan le había indicado.

La cama de matrimonio con baldaquino era atractiva, así como los muebles sencillos de madera de pino. El motivo de la colcha hacía juego con las cortinas y unos cuadros de buen gusto decoraban las paredes pintadas de color crema. Detrás de una puerta a la izquierda estaba el baño, enorme y muy completo, con jacuzzi incluido. Todo estaba perfectamente limpio. Era evidente que Dylan tenía un servicio, o una señora de la limpieza que iba varios días a la semana.

Dejó la maleta sobre la cama y la abrió. Dylan le había dicho que tendría que llevar pocas cosas para su aventura. Después de todo, iban a viajar en una de sus motocicletas. Sintió un hormigueo de excitación en el vientre. No podía creer que realmente fuera a hacer una cosa así. Ella, la pequeña Molly Anderson, iba a correr una aventura con Dylan Black. Era un milagro, y últimamente los milagros escaseaban en su vida.

Repasó la ropa y decidió que las prendas informales serían lo mejor. Optó por los vaqueros, las camisetas y unos cuantos artículos de tocador. Una camiseta larga de algodón le serviría de camisón.

Quince minutos después, había metido con cuidado la ropa que iba a llevarse en la cómoda y había dejado el resto en su maleta. Contempló el anillo que Dylan le había devuelto. Se sentía extraña llevándolo consigo, pero no estaba dispuesta a dejarlo allí. Se encogió de hombros, luego tomó un Kleenex de un contenedor de cerámica del baño, envolvió el anillo y lo metió en el bolsillo interior de su neceser.

Molly miró su reloj. Tenía unas cuantas horas antes de que Dylan regresara a casa. Le había hablado de una biblioteca en el otro extremo del edificio. Un buen libro sería una gran distracción, pero primero tenía que hacer unas cuantas llamadas de teléfono. Después de sacar su tarjeta telefónica de la cartera, se acomodó sobre la cama y colocó el teléfono en su regazo. Tecleó el número de su casa, luego introdujo el número de su tarjeta y, cuando oyó saltar el contestador, marcó el código de dos dígitos que le permitía escuchar los mensajes. El rápido pitido le indicó que no había ninguno.

En realidad, era demasiado pronto para esperar una respuesta, se dijo en silencio, desechando cualquier sentimiento de decepción. Pero era tan difícil no albergar esperanzas, no desear un milagro… sólo uno más. ¿Acaso era pedir demasiado?

Al ver que no había respuesta, marcó otro número. Descolgaron el teléfono al segundo timbrazo.

– ¿Sí?

– Hola, soy yo.

– ¡Molly! -la voz de Janet era afectuosa y alegre-. ¿Cómo estás? O mejor dicho, ¿dónde estás? Ya te has ido, ¿verdad?

– Sí. Estoy… -Molly se quedó mirando la hermosa habitación de invitados y sonrió-. Nunca adivinarías dónde estoy.

– Detesto las adivinanzas -rió su hermana-. Se me dan fatal, ya lo sabes. De acuerdo. Estás en Nueva York.

– No, un segundo intento, y después te lo diré. Pero te daré una pista. Hace calor y hay unas vistas increíbles.

– Ah, eso es fácil, Hawai. ¡Qué maravilla!

– Lo siento, Janet -rió Molly-, ni siquiera te has acercado. Estoy en la habitación de invitados de Dylan Black.

Se produjo un absoluto silencio. Molly podía imaginar a su hermana quedándose boquiabierta. Estaría tratando de vocalizar sin decir palabra durante treinta segundos.

– ¿Que estás dónde?

– Lo sé, lo sé, parece muy extraño, ¿pero te acuerdas del anillo del que te hablé?

– Claro. En realidad, era mi anillo.

– Le diste calabazas -le recordó Molly-. Cuando lo encontré, recordé que me había prometido que correríamos juntos una aventura. No podía pensar en ningún otro lugar al que ir, así que aquí estoy.