Todas sus fantasías

Todas sus fantasías (2006)

Historia corta incluida en la antología Seducción

Título Original: His every fantasy (2003)

Serie Multiautor: 4º Seducción

Capítulo 1

Lean Burton permaneció de pie junto al taller de reparaciones de Jace Rutledge. El corazón le latía desbocado mientras intentaba reunir el valor para abordar a Jace con una proposición indecente.

Nunca en sus veinticinco años de vida había sido tan descarada. Pero en el intervalo de unas pocas horas parecía haberse soltado la melena. Primero había arrancado una página del libro de las «sexcapadas» que encontró en la agencia organizadora de bodas. Luego, había tomado la decisión de buscar lo que debería haber entre un hombre y una mujer en el terreno sexual. Porque eso era algo que no estaba consiguiendo con su novio, Brent. De hecho, Brent parecía inmune a sus esfuerzos por llevarlo más allá de los besos y abrazos, alegando que la respetaba y que era mejor esperar a la noche de bodas para hacer el amor.

Eso en el caso de que ella aceptara casarse con él, pensó, apoyándose débilmente contra la fría pared metálica del edificio. Se había quedado perpleja al recibir la inesperada proposición una semana antes durante una romántica cena con velas en uno de los mejores restaurantes de Chicago. Después de todo, sólo llevaban seis meses saliendo juntos. Aunque tenía que admitir que desde el primer momento Brent la había cortejado como todo un caballero, incluyendo cenas exorbitantes, citas fastuosas y regalos espléndidos, como el anillo de compromiso con un diamante engarzado de dos quilates.

Aunque a veces se sentía más como una chica de alterne que como una verdadera novia, y aunque sabía que su relación estaba basada más en la compatibilidad que en la pasión, no pudo evitar pensar en su proposición. A pesar de ser tan serio y formal, Brent le estaba ofreciendo lo que ella había buscado infructuosamente durante los dos últimos años… un hombre que quisiera sentar la cabeza y casarse.

El trabajo de Brent como inversor bancario era estable y seguro, lo que ella consideraba como una ventaja adicional. A Leah le encantaban los niños y se moría de impaciencia por formar una familia. Brent le había asegurado que él quería lo mismo. Había pronunciado las palabras correctas en la proposición, y aunque ella se decía a sí misma que los sentimientos hacia él florecerían con el tiempo, no había sido capaz de responder con un sí incondicional. En vez de eso le había dado una respuesta tranquila y seria: «No estoy segura».

Puso una mueca al recordar la decepción que vio en la mirada de Brent, pero él se había mostrado increíblemente cortés y comprensivo. Le había apretado la mano por encima de la mesa y le había pedido que pensara en ello mientras él estaba fuera de la ciudad en viaje de negocios. Podría darle una respuesta cuando regresara el domingo por la tarde.

Por tanto, sólo tenía aquel fin de semana para descubrir lo que quería en la vida. Pero una cosa estaba clara… la intimidad que faltaba entre Brent y ella estaba despertándole demasiadas dudas sobre ella y su relación. Y la falta de interés sexual de Brent la hacía ser dolorosamente consciente de que no le inspiraba una pasión salvaje a su novio. Ni él a ella tampoco. No de esa forma en la que otra persona podía prender un fuego en su interior con sólo una mirada.

Respiró hondo y maldijo el libro erótico con el que se había tropezado. El contenido del mismo había hecho mella en sus inseguridades femeninas y había sembrado en su cabeza las dudas sobre ella misma y Brent. Había ido a Divine Events aquella tarde con la esperanza de que la glamorosa agencia organizadora de bodas le diera el empujón y la ilusión necesaria para aceptar el anillo de compromiso de Brent.

Por desgracia, su improvisada visita a la agencia sólo había servido para aumentar su inquietud.

Mientras aguardaba en el vestíbulo a que la recibiera Cecily Divine, un libro rojo forrado en piel le había llamado la atención desde una de las mesas. No había ningún título en la tapa, y la curiosidad había sido demasiado fuerte. Al abrirlo, se había encontrado con el excitante mundo de las «sexcapadas», un libro repleto de ardientes fantasías para los amantes desinhibidos, osados y temerarios.

Dentro había páginas selladas que ocultaban las invitaciones más provocativas. Faltaban muchas de ellas, como si otras clientas se hubieran tomado la libertad de arrancarlas para añadir emoción a su vida sexual. Y en aquel momento, Leah decidió correr el riesgo y arrancó una página tras asegurarse de que nadie la veía. Su fantasía llevaba por título La danza de los siete velos.

Una vez que estuvo a salvo en su coche, leyó las instrucciones de la «sexcapada». Éstas exigían desnudarse para su amante en cuerpo y alma. Se estremeció de horror, convencida de que no tenía el valor necesario para una hazaña semejante, pero las fantasías que bailaban en su cabeza habían cobrado vida propia. Salvo que en su mente no era Brent quien contemplaba el striptease, sino Jace Rutledge, el mejor amigo de su hermano desde el instituto, de quien había estado enamorada durante años.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que sus sentimientos por Jace tenían parte de la culpa en su incapacidad para tomar una decisión firme respecto a Brent. Y supo que, antes de que pudiera comprometerse de por vida con Brent o con cualquier otro hombre, tenía que olvidar a Jace de una vez por todas si quería vivir tranquila, sin dudas ni remordimientos.

Jace era el hombre al que siempre había deseado pero al que nunca podría tener, por fuerte que fuera su atracción hacia él. Con el paso del tiempo se habían hecho buenos amigos y habían pasado mucho tiempo juntos. Pero últimamente Jace se había convertido en un vividor, empeñado en preservar su soltería. Y Leah había oído las suficientes charlas entre Jace y su hermano para aprender cuál era su modus operandi con las mujeres. Nada de lazos ni compromisos. Y también había dejado muy claro que no tenía el menor interés en el matrimonio.

Y precisamente por ello era el candidato perfecto para lo que Leah tenía pensado. Después de haber recibido el rechazo sexual de Brent, siempre con las excusas más delicadas, estaba decidida a hacer valer su sexualidad. También necesitaba saber que tenía el arrojo necesario no sólo para seducir a un hombre, sino para desnudarse ante él.

Con la fantasía erótica guardada en el bolso, tenía intención de aprender lo que realmente querían los hombres de las mujeres y lo que los excitaba, y descubrir también lo que ella encontraba sexy y excitante. Y en el proceso esperaba descubrir qué clase de hombre deseaba en su vida.

Para un experimento semejante no había mejor candidato que Jace. No sólo porque la excitaba de un modo inimaginable en Brent, sino porque, a pesar de su fama de mujeriego, era uno de sus mejores amigos y alguien en quien ella podía confiar para pedirle clases particulares de seducción. También confiaba en él para que lo mantuviera todo en secreto.

Lo único que pedía era un fin de semana con Jace. Un fin de semana sería lo único que se permitiría para ser libre y satisfacer las fantasías que con demasiada frecuencia la asaltaban. Y luego, armada con su nueva experiencia, habilidad y seguridad en sí misma, se replantearía su relación con Brent. Su obsesión por Jace quedaría olvidada y no la afectaría a la hora de tomar una decisión.

Pero antes que nada, él tenía que aceptar su petición.

Se mordió el labio y repasó hasta el último detalle de su plan. Hasta el momento no le había hablado a nadie de la proposición de Brent, ni siquiera a su mejor amiga, a su hermano ni a su familia, y tampoco tenía intención de decírselo a Jace, como tampoco pensaba hablar de sus frustrados intentos por seducir a Brent. No, a Jace tan sólo le diría que quería conocer la opinión de un hombre para avivar la emoción sexual.

Cuadró los hombros y giró la esquina del edificio para entrar en el taller que Jace había comprado seis años antes y que había transformado en un próspero negocio. El taller contaba con ocho plazas, todas ellas ocupadas con vehículos en reparación, y Leah pasó la vista por los coches y los mecánicos en busca de Jace.

Saludó con la mano a Gavin, uno de los trabajadores de Jace y jefe del taller, que le sonrió y señaló un BMW. Leah siguió la indicación y encontró a Jace doblado de cintura para arriba sobre el motor, apretando una tuerca con una llave inglesa.

Leah se detuvo a unos metros de él y se deleitó con la imagen de su trasero. A nadie le quedarían mejor unos vaqueros desteñidos que a Jace Rutledge. La desgastada tela vaquera, manchada de grasa donde se había limpiado las manos, se ceñía a su bien moldeado trasero y duros muslos, y la cintura le caía tentadoramente sobre las esbeltas caderas. La camisa azul se estiraba sobre los músculos de la espalda y se arrugaba sobre los anchos hombros mientras le daba otra vuelta a la llave inglesa.

Era un hombre fuerte y natural como la tierra misma. No le importaba ensuciarse, y parecía disfrutar con el esfuerzo físico que implicaba aquel trabajo. Todo lo contrario que Brent, tan refinado y meticuloso, que se moriría antes que mancharse las manos de grasa.

Jace se irguió en su metro noventa de estatura y se giró para cambiar de llave. Se detuvo en seco cuando la vio, y una lenta sonrisa curvó sus labios, acentuada por aquel hoyuelo que a tantas mujeres había desarmado desde la escuela.

A Leah se le aceleró el pulso y sintió una oleada de calor por sus venas. Una reacción normal siempre que veía a Jace. Era tan atractivo, tan sexual, que una mujer tendría que estar ciega para no verse afectada por su aspecto y su seguridad varonil.

Sus intensos ojos verdes brillaron de placer cuando la recorrió con la mirada.

– Hola, Leah -la saludó con su voz baja, suave e increíblemente sensual-. ¿Cuánto tiempo llevas ahí?

«El suficiente para comerte con los ojos».

– No mucho -respondió, y le devolvió la sonrisa intentando adoptar una expresión despreocupada, aunque era difícil aparentar naturalidad teniendo en cuenta el motivo de su visita.

Jace agarró un trapo en vez de una de las herramientas alineadas en el banco y se limpió las manos, grandes y callosas.

– ¿Qué ocurre? -le preguntó, escrutándola con sus penetrantes ojos. Ladeó ligeramente la cabeza y su pelo largo y rubio le cayó sobre la frente-. ¿Todo va bien, Leah?

«Depende de lo que respondas a mi proposición», pensó ella, cambiando nerviosamente el peso de un pie a otro.

– ¿Tienes unos minutos para hablar?

– Para ti tengo todo el tiempo del mundo -respondió él con un guiño-. Deja que me limpie un poco y nos veremos en mi despacho.

– Gracias -dijo ella. Lo vio alejarse por el pasillo que conducía a los aseos y ella se encaminó hacia las oficinas de Jace's Auto Repair.

Saludó a Lynn, la secretaria, y continuó hasta el fondo del edificio, donde Jace había montado un despacho pequeño pero práctico y funcional. Aparte de la silla tras el escritorio no había donde sentarse, pero ella estaba demasiado nerviosa para quedarse quieta, así que se puso a andar por la pequeña alfombra gris delante de la mesa, mientras pensaba una y otra vez en lo que iba a proponerle.

Jace entró en el despacho minutos después. Se había cambiado de vaqueros y camiseta, y no había ni rastro de grasa en las manos y antebrazos. Un olor familiar a naranja lo impregnaba, mucho más excitante que el disolvente especial que usaba para limpiarse la mugre que resultaba del trabajo con motores.

Jace le tendió una botella de agua fría, demostrando que conocía bien sus preferencias, y para él se abrió una lata de cola.

– ¿Y bien? ¿Qué te trae por aquí? -le preguntó, mirándola a los ojos-. No es que no me alegre de verte, pero pareces… distraída. Como si algo te rondara por la cabeza.

Siendo un viejo amigo, siempre había tenido la habilidad de percibir sus cambios de ánimo.

– Hay algo que me preocupa -admitió. Él esperó pacientemente a que continuara y ella hizo girar la botella entre las palmas-. La verdad es que necesito tu ayuda. Si estás dispuesto a ayudarme, claro está.

Jace dejó la lata en la mesa y la agarró suavemente por los hombros, prestándole toda su atención. Su tacto era firme, y la manera en que sus pulgares le acariciaron la piel desnuda de los brazos le provocó una ola de calor prohibido que se le concentró en el estómago.

Siempre había sabido que el tacto de Jace bastaría para prender chispas de pasión… Y esa habilidad masculina para hacerlo era un descarado recordatorio de lo que faltaba entre ella y Brent. No podía negar el claro contraste, que hacía aún más importante su búsqueda.