Jace frunció el entrecejo con preocupación. Por suerte, la blusa de seda era lo suficientemente holgada para que no pudiera ver cómo se le endurecían los pezones a través del tejido. Y si se percató de la piel de gallina que se le había puesto en los brazos, no hizo ningún comentario al respecto.
– Cariño, sea lo que sea, sabes que estoy aquí para ayudarte. Lo único que tienes que hacer es decirme qué necesitas.
Mirándolo fijamente a los ojos, Leah tomó aire profundamente y, recordando la «sexcapada» que la había puesto en acción, se arriesgó por segunda vez en el día.
– Quiero que me enseñes lo que a un hombre lo excita y cómo hay que satisfacerle en la cama.
Jace parpadeó un par de veces, convencido de que las palabras que acababa de oír de aquellos labios suaves y carnosos eran producto de su imaginación.
Leah no era lo que él consideraría una mujer fatal. No, ella era mucho más tradicional, por dentro y por fuera. La blusa de seda color crema y la falta azul marino corroboraban la imagen que tenía de ella, y también le confirmaban que acababa de salir de su trabajo como secretaria para una empresa de ingeniería. Pero, por muy conservadora que fuera vistiendo, Jace no podía negar que había pasado muchas horas imaginándosela sin ropa y preguntándose cómo sería deslizar las manos sobre la firmeza de sus pequeños pechos, la delicada curva de su cintura y caderas, la sedosa suavidad de su piel desnuda…
Sacudió enérgicamente la cabeza. Su imaginación volvía a desbordarse, porque de ningún modo la dulce, sensible y sensata Leah Burton le pediría que la instruyera en el fabuloso arte de la seducción, por mucho que él hubiera deseado una oportunidad semejante.
Cuando conoció a Leah en la escuela, ésta sólo era la hermana pequeña de su amigo. En los años siguientes la había ido conociendo mejor y se habían hecho muy buenos amigos. Había visto cómo se transformaba en una mujer hermosa y deseable con una espesa y reluciente melena castaña que le llegaba por los hombros, y una esbelta figura con las curvas adecuadas para completar su pequeño físico. Una mujer totalmente inalcanzable para él… en deferencia a la amistad que tenía con su hermano y por respeto también a sus padres, quienes lo habían aceptado en sus vidas a pesar de su cuestionable pasado.
Su padre lo había abandonado cuando Jace tenía cinco años, dejándolo a cargo de una madre que pasaba más tiempo bebiendo y ligando en los bares que con su hijo. Los Burton lo habían alimentado cuando tenía hambre y le habían dado cobijo cuando temía pasar la noche solo en la ruinosa vivienda que su madre había alquilado. Le habían comprado ropa y zapatos nuevos cuando sus escasos vaqueros y camisas de segunda mano estuvieron demasiado deshilachados para seguir usándose, y a cambio no habían esperado nada. Y cuando Jace pasó por una fase rebelde, robando y provocando que lo detuvieran, había sido el padre de Leah quien fuera a buscarlo a la comisaría, no su propia madre. El señor Burton le había echado un sermón sobre la responsabilidad y lo había llevado a ver un centro penitenciario, lo que sirvió para inculcarle un miedo terrible al quebrantamiento de la ley y para devolverlo rápidamente al buen camino.
Jace siempre les estaría eternamente agradecido por su ayuda y generosidad, así como por permitirle ser parte de la familia. Por tanto, nunca pondría en peligro su relación con los Burton por culpa de un escarceo amoroso con Leah. Debido a su dramática infancia, nunca iniciaba una relación íntima que implicara un compromiso emocional, porque no sabía cómo entregarse de esa manera a otra persona. Pero esa certeza no le había impedido fantasear con Leah, más allá de la amistad que compartían. Su calor y afecto incondicional lo atraían irresistiblemente y tentaban al solitario en que se había convertido y al soltero que había jurado ser.
Pero en aquel momento lo único que importaba era aclarar el malentendido que estaba causando estragos en su cabeza y sus hormonas.
– ¿Te importa repetirme la pregunta? -le pidió con una sonrisa de disculpa. Le acarició los brazos hasta las muñecas y le buscó el pulso con los pulgares, sólo para mantener la conexión entre ellos-. Tengo mil asuntos en la cabeza y creo que no te he oído bien.
– Yo creo que sí -respondió ella con una sonrisa lenta y deliberadamente sensual, más atrevida de lo que nunca se había mostrado con él-. Quiero que me enseñes lo que excita a un hombre y cómo hay que satisfacerle en la cama.
Oh, demonios… A Jace se le hizo un nudo en el estómago. Soltó las manos de Leah y dio un paso atrás. El lazo que los unía ya no era el gesto de alivio y consuelo que una vez había sido. Entre ellos prendían las chispas de pasión sexual, la clase de atracción que él había estado reprimiendo durante tantos años. Deseaba a Leah, pero había aprendido a controlar su deseo y a enterrar su anhelo en lo más profundo de su alma, de modo que nadie lo supiera jamás.
Y con una simple declaración Leah había barrido todas sus defensas. De repente lo asaltaba la necesidad de enseñarle cómo se complacía a un hombre… y de complacerla a ella a cambio.
Expulsó el aire con fuerza y buscó una explicación lógica a aquella situación tan extraña como excitante.
– Leah… dime que esto es una broma de tu hermano para hacerme pagar lo del último fin de semana, cuando salimos a emborracharnos.
– Te juro que no es una broma, Jace -dijo ella con voz suave, mirándolo esperanzada y decidida al mismo tiempo-. Estoy hablando completamente en serio. Quiero que seas tú quien me hable de las fantasías masculinas y quien me enseñe lo que os vuelve locos de deseo.
Se humedeció los labios con la lengua y cubrió la distancia que los separaba para ponerle una mano en el pecho, justo encima de su desbocado corazón.
– Quiero aprender la manera más eficaz de tocar y acariciar a un hombre para excitarlo -dijo con voz ronca, mientras descendía con la palma hacia su estómago-. Y tampoco me importaría averiguar una o dos cosas que me gusten a mí.
Para no tener ni idea de cómo excitar a un hombre, estaba haciendo un trabajo magistral en aquellos momentos. A Jace le hervía la sangre en las venas, los músculos del abdomen se le endurecieron y su sexo erecto pugnaba por escapar de sus vaqueros. Le costó toda su fuerza de voluntad no agarrar la mano de Leah y llevarla hasta su erección para mostrarle una prueba palpable de lo excitado que estaba por su culpa.
Apoyó el trasero contra su escritorio y se cruzó de brazos, probando un enfoque más razonable.
– ¿Por qué necesitas que te enseñe esas cosas?
Ella se encogió de hombros y retiró el tapón de la botella de agua.
– Quiero comprender mejor a los hombres y su sexualidad.
Jace observó cómo echaba la cabeza hacia atrás y tomaba un trago de agua fría.
– ¿Y qué pasa contigo y tu sexualidad?
Ella se lamió una gota de agua de la comisura de los labios al tiempo que un ligero rubor cubría sus mejillas. Pero la pregunta directa de Jace no la amedrentó en absoluto.
– Supongo que eso lo descubriré en el camino -dijo en tono malicioso.
A Jace lo asaltó de repente una inquietante posibilidad.
– Santo Dios, Leah, ¿no serás…? -ni siquiera pudo pronunciar la palabra.
– ¿Virgen? -concluyó ella, y soltó una ligera carcajada-. No, he estado con otros dos hombres, pero ninguno de los cuales hizo estallar fuegos artificiales. Eso me llevó a creer que me estoy perdiendo algo crucial en lo referente al placer sexual y la seducción.
Tace se frotó la frente. No podía creer que estuviera manteniendo una conversación semejante con Leah. Como amigos habían hablado de muchos temas pero nunca de nada tan íntimo como su vida sexual Aun así, no había dejado de pensar en ella ni en los hombres con los que salía, como aquel tipo con pinta de ejecutivo al que veía en la actualidad.
– ¿Por qué no le pides a Brent que te ayude en tu… búsqueda?
Por primera vez desde que le hiciera aquella proposición, Leah apartó la mirada. Pero a los pocos segundos volvió a mirarlo a los ojos, más decidida que antes.
– Porque, sinceramente, no sirve para ello, y porque no tiene tu misma reputación.
Tace arqueó una ceja. La respuesta de Leah le recordó al joven desaliñado e inseguro que una vez fue y que seguramente siempre sería en el fondo, a pesar de la fachada de aplomo y seguridad que había construido en torno a sí mismo a lo largo de los años.
– Ahh ¿así que prefieres aprender de un chico malo de los bajos fondos? -le preguntó con sorna. Leah no sería la primera mujer que quisiera tener una aventura con alguien así.
Ella pareció asustarse por la dureza de su tono, pero enseguida se recuperó.
– No quiero decir eso, y sabes muy bien que nunca he tenido esa imagen de ti -le dijo con firmeza.
Jace no podía discutírselo, porque ella había sido una de las pocas personas en su vida que lo habían aceptado tal cual era… antes de convertirse en un próspero hombre de negocios.
– En cuanto a tu reputación -siguió ella-, has estado con muchas mujeres, por lo que creo que tienes mucha experiencia en ese campo.
Jace tuvo que tragarse un bufido sarcástico por el halago inmerecido. No había estado con muchas mujeres. Sólo se había acostado con media docena, y con la edad se había vuelto aún más exigente. No, no podía colgarse la etiqueta de donjuán.
Alargó un brazo y le acarició la mejilla con el dorso de la mano. Vio cómo le ardían los ojos por el tacto, y una parte de él agradeció saber que aunque ella pudiera cuestionar su propia capacidad para responder a otros hombres, era evidente que se mostraba increíblemente sensible con él.
– Cariño -murmuró con voz ronca-, no sé cómo son los otros hombres ni lo que los excita. Sólo sé cómo soy yo.
– Eso me basta -dijo ella sin aliento. Los pechos le oscilaban por la respiración acelerada-. Te estoy pidiendo que hagas esto por mí, conmigo, porque confío en ti para que me lo enseñes todo, desde lo más básico hasta lo más erótico, y para que esto quede entre nosotros. Lo único que quiero, lo único que necesito de ti, es un fin de semana.
Le estaba ofreciendo dos noches de posibilidades infinitas. A juzgar por las apariencias, Brent no le estaba dedicando la atención que ella necesitaba para satisfacer sus deseos más femeninos. De otro modo no estaría allí ahora, pidiéndole lecciones de seducción y apareamiento.
Lo tentaba como ninguna otra mujer, pero aun así consiguió mantener la suficiente decencia y cordura para intentar disuadirla.
– ¿Y si digo que no?
Leah levantó el mentón en un gesto de orgullo y rebeldía que contrastaba fuertemente con su tolerante personalidad.
– En ese caso tendré que buscarme a otro que esté dispuesto a hacerlo.
Jace reconocía un desafío en cuanto lo oía. Ella lo estaba provocando descaradamente para que aceptara el reto. Parecía totalmente decidida a llevar a cabo su plan, y la idea de que se buscara a otro hombre para hacerlo le provocó una descarga de celos que lo abrasó por dentro.
Y teniendo en cuenta lo atrevida y descarada que estaba siendo con él, no tenía ninguna duda de que acabaría encontrando a un hombre dispuesto a complacerla en sus demandas.
Quería hacer lo correcto, comportarse con la nobleza que esperaría de él la familia de Leah, pero no podía arrojarla en brazos de otro hombre cuando él mismo se moría por darle lo que buscaba. Aquella emoción posesoria que se retorcía en su garganta lo pilló por sorpresa.
Siempre había sido protector con Leah debido a su amistad y a la situación que existía con su hermano y su familia, pero aquella sensación era diferente… Era una necesidad íntimamente física de asumir la responsabilidad y enseñarle a Leah todo lo que quería aprender.
Sí, sería su amante de fin de semana. De aquel modo podría controlar la situación, mientras que no había manera de saber cómo se aprovecharía de ella cualquier desconocido. Si alguien iba a satisfacer su curiosidad sexual, sería él. Nadie más.
Podría tener a Leah por un solo fin de semana. Todas sus fantasías se harían realidad, y también las de ella. Un acuerdo íntimo y discreto, sin complicaciones ni expectativas. Tan sólo una aventura secreta de la que nadie más sabría nada.
Realmente era un acuerdo ideal.
La emoción recorrió sus venas. Se pasó los dedos por el pelo alborotado y le dio la respuesta que Leah había ido a buscar allí.
– Muy bien. Lo haré.
Ella soltó un suspiro de puro alivio.
– Gracias, Jace.
Parecía extremadamente complacida consigo misma, y los ojos le brillaban con pasión desatada. Jace se preguntó si sabría dónde se estaba metiendo, y decidió darle una última oportunidad para cambiar de idea antes de hacer algo de lo que pudiera arrepentirse. Se lo debía a ella y a él mismo.
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