Sí, ella confiaba en él, y Jace nunca haría algo que pudiera herirla. Pero si le demostraba exactamente lo exigente y agresivo que podía ser a la hora de conseguir lo que quería, tal vez ella se diera cuenta de lo peligroso que su plan podía ser para ambos.
– Ya que hemos llegado a un acuerdo, ¿estás lista para la primera lección? -le preguntó.
Leah se quedó atónita y echó un vistazo fugaz a la ventana que había detrás de Jace, con vistas al aparcamiento del edificio.
– ¿Aquí? ¿Ahora?
Por lo visto, la aterraba la posibilidad de que la descubrieran. Estupendo. Jace estaba decidido a asustarla todavía más.
La acorraló contra la pared más cercana y colocó las manos a ambos lados de su cabeza, dejándola sin salida… a menos que ella le pidiera que la soltara.
Bajó la mirada a sus brillantes labios rosados y volvió a subirla lentamente hasta sus ojos.
– Claro. ¿Por qué no? -preguntó, arrastrando desvergonzadamente las palabras.
La emoción de lo prohibido destelló en los ojos de Leah.
– Sea cual sea la primera lección, estoy dispuesta -susurró, provocándolo con sus palabras y su impaciencia por explorarlo todo con él-. Vamos a ello.
– Sí, vamos -murmuró él. Inclinó la cabeza en busca de su boca y finalmente la besó… como había querido besarla durante lo que parecía una eternidad.
Capítulo 2
Leah había soñado con aquel momento durante años, pero ninguna de sus fantasías se acercaba ni remotamente a la realidad de aquel beso, de la boca de Jace contra la suya, de la presión de sus labios conminándola a separar los suyos para deslizar la lengua y saborearla. El beso fue ardiente, ávido y apasionadamente agresivo; todo lo contrario a los delicados preliminares caballerescos a los que Brent la tenía acostumbrada.
Jace no era un caballero a la hora de besar, y su respuesta la excitó más de lo que nada la hubiera excitado en su vida. Aquello era exactamente lo que anhelaba. Ser poseída por un hombre y experimentar la pasión en su forma más salvaje e indómita.
Un solo beso había bastado para que se sintiera viva, una mujer con deseos y necesidades. Y era maravilloso experimentar un arrebato instantáneo de lujuria por un hombre.
Pero por muy excitante que fuera aquel beso, no era suficiente. Ansiaba un contacto más íntimo, y no sólo en los labios. Las manos de Jace seguían firmemente apoyadas contra la pared, y al menos había seis centímetros de separación entre sus cuerpos. Adoptando el papel de mujer agresiva que pretendía ser aquel fin de semana, buscó remedio al problema para borrar cualquier resto de cohibición que pudiera quedar en él y hacerle saber que no quería el menor comedimiento entre ellos.
Bajó las manos hasta la cintura de sus vaqueros y, enganchando los dedos en el cinturón, tiró lenta e inexorablemente de él hasta que sus curvas femeninas se amoldaron a los recios contornos masculinos. Sus caderas se encontraron, y la impresionante erección se apretó contra su vientre, sorprendiéndola muy agradablemente.
Saber que era ella la responsable de su excitación acrecentó su confianza y avivó aún más su deseo. Deslizó las manos hasta su trasero y aferró sus glúteos. Instintivamente se arqueó hacia él y frotó la pelvis contra la dura protuberancia de sus vaqueros, deleitándose con el gemido que retumbó en el pecho de Jace.
Él entrelazó los dedos en sus cabellos y le hizo ladear la cabeza para acoplar mejor sus bocas en aquel beso húmedo, ardiente y gloriosamente erótico. Con su mano libre le acarició la mandíbula y fue descendiendo, hasta que su pulgar encontró el pulso errático en la base del cuello. Pero no se detuvo allí, sino que le desabrochó el botón superior de la blusa y extendió la palma sobre la piel descubierta. Poco a poco fue bajando, a medida que la respiración de Leah se hacía más y más jadeante, y finalmente tuvo uno de sus pequeños pechos en la mano. La tela del sujetador era fina y ligera, y cuando él le acarició el pezón con el pulgar a través del encaje, ella se estremeció violentamente.
Jace parecía perdido en el embriagador placer del beso, y al mismo tiempo irradiaba una sexualidad incontenible. Sus largos dedos se tensaron entre los cabellos de Leah y la presionó con más fuerza contra la pared con su cuerpo grande y poderoso. Apretó las caderas contra las suyas y profundizó aún más con la lengua en el interior de su boca. Su cuerpo desprendía un intenso calor masculino, mientras que Leah sentía su propio cuerpo cada vez más húmedo y blando, pidiendo a gritos que la tocara en aquellos lugares olvidados durante tanto tiempo.
Entonces empezó a sonar el teléfono del escritorio y Jace se apartó con un respingo. A punto estuvo de perder el equilibrio y dar con su trasero en el suelo por las prisas en poner distancia entre ellos. Respiraba agitadamente, y Leah casi se echó a reír al ver la expresión de incredulidad en su rostro. Parecía incapaz de creerse que ella le hubiera permitido llegar tan lejos.
Y entonces cayó en la cuenta: la intención de Jace había sido hacerla cambiar de opinión con aquel beso explosivo y dominante, pero le había salido el tiro por la culata. Ella lo deseaba ahora más que nunca. Jace era todo lo que había deseado en su vida, y aquel beso demostraba que él también la deseaba a ella, y mucho.
Jace rodeó bruscamente el escritorio y pulsó el botón del interfono en el teléfono, sin apartar la mirada del acalorado rostro de Leah.
– ¿Qué pasa, Lynn?
– El señor Dawson ha venido a dejar su Porsche para la revisión -la voz de su secretaria llenó el pequeño despacho-. Y quiere hablar con usted sobre las reparaciones.
– Ofrécele algo de beber y dile que voy en un minuto -respondió Jace. Cortó la comunicación, pero permaneció tras su mesa.
Leah se rozó ligeramente los labios con los dedos y vio cómo se dilataban las pupilas de Jace con renovado deseo. Sentía los labios húmedos y deliciosamente hinchados. Después de haber experimentado los besos rápidos y desapasionados de Brent, aquella nueva sensación era incomparablemente deliciosa, así como contemplar la reacción de Jace al modo tan seductor con que se tocaba la boca.
Bajó la mano y fue la primera en romper el silencio.
– Creo que acabas de darme la primera, segunda y tercera lección -dijo con una sonrisa.
– Nada de eso. Aún queda mucho por aprender -respondió él, devolviéndole la sonrisa-. Si es que aún sigues interesada…
¿De verdad pensaba que iba a renunciar?
– Más que nunca. Estoy impaciente por disfrutar de tus clases particulares hasta el último minuto.
– En ese caso, estaré en tu casa esta noche, a las siete en punto. Y quiero que te pongas algo provocativo.
Leah arqueó una ceja con curiosidad.
– ¿Otra lección?
– Podría decirse que sí -respondió él, acercándose a ella con un brillo de decisión en la mirada-. Si quieres saber lo que les resulta sexy a los hombres, hay una cosa que no puedes olvidar.
– ¿Y qué es? -preguntó ella con los ojos muy abiertos.
– A casi todos los hombres les gusta la estimulación visual en el sexo contrario -dijo. Agarró los lados de la blusa y estiró el tejido sobre el pecho-. Si quieres llamar nuestra atención, lo primero que has de hacer es darnos un aliciente para mirar. Arrojarnos el cebo. Y para ello nada mejor que un atuendo adecuado y convenientemente ceñido.
La tela estaba tensa sobre la piel de Leah, revelando sus pequeños pechos, coronados por los pezones puntiagudos, y la curva de la cintura y caderas. Jace la devoró con la mirada, provocándole un torrente de calor por todo el cuerpo.
– Tienes un cuerpo muy bonito, Leah -murmuró-. No tengas miedo de mostrarlo. Y ya que este fin de semana es para aprender, quiero que te pongas algo excitante para mí.
Le soltó la blusa, pero los pezones de Leah seguían dolorosamente endurecidos.
– Veré lo que puedo hacer -consiguió murmurar. Si él quería verla con ropa provocativa, eso sería lo que viera.
Agarró el bolso y salió del despacho, sintiendo cómo la emoción revoloteaba en su estómago. Jace Rutledge le pertenecería a ella sola durante las próximas cuarenta y ocho horas. Y ella le pertenecía a él.
Sólo esperaba que fuera tiempo suficiente para satisfacer su deseo y que finalmente pudiera sacarse a Jace de la cabeza y el corazón, de una vez por todas.
A las siete menos cinco, Jace llegó al apartamento de Lean, temblando de emoción por lo que podría deparar la noche.
Una vez que entrara en casa de Leah no habría vuelta atrás, pues su presencia demostraba que tenía intención de seguir el pacto hasta el final.
Le había dado una última oportunidad para cambiar de opinión. Y a juzgar por su desinhibida respuesta, el tórrido beso que habían compartido y su descarada actitud posterior, era obvio que sabía muy bien dónde se estaba metiendo y que tenía muy clara su intención.
Y él también.
La suerte estaba echada, y desde ese momento en adelante se acababan las dudas. Aceptaría egoístamente todo lo que ella le ofreciera, la llevaría hasta donde ella se atreviera a llegar y haría todo lo posible por ayudarla a aumentar la seguridad en sí misma. Aquel fin de semana significaba para él tanto como para ella, y tenía intención de darle una aventura que nunca pudiera olvidar.
Llamó a la puerta con los nudillos para advertirle de su presencia y usó la llave que ella le había dado meses antes.
– Hola, Leah, soy Jace -dijo, cerrando la puerta tras él.
– Estoy en mi habitación -respondió ella-. Ven.
Jace había estado muchas veces en su casa, pero nunca había pisado su dormitorio. Nunca había te nido un motivo para invadir sus dominios femeninos. Y ahora era ella quien lo invitaba personalmente. Una invitación que no estaba dispuesto a rechazar.
– Hola -lo saludó Leah con una sonrisa mientras se ponía unas sandalias de tacón-. Ya casi estoy lista.
Jace contempló la imagen que tenía ante él, pensando que sus fantasías se habían hecho realidad. La transformación de Leah le secó la garganta y le aceleró el pulso. Siempre había sabido que bajo la ropa conservadora y práctica de Leah se escondía una hermosa sirena, y aquel atuendo corroboraba sus sospechas.
El vestido le llegaba hasta el muslo, se le ajustaba a la cintura y un pequeño lazo ataba el escote entre los pechos. Jace tuvo que contenerse para no tirar de esa cinta y exponer sus apetecibles atributos a la vista.
– Cielos, estás… increíble -dijo con voz áspera, contemplando el recogido que se había hecho en lo alto de la cabeza, exhibiendo la elegante línea del cuello, que parecía tentar a sus dedos y su boca. Se sacudió mentalmente y se aclaró la garganta.
– ¿Desde cuándo tienes este vestido?
– Desde hace algunas semanas -respondió ella, sonriendo vacilantemente mientras se ponía unos pendientes de aro dorados-. Me pareció tan bonito en el maniquí que no pude resistir la tentación, pero hasta ahora no había tenido la ocasión de ponérmelo.
Él arqueó una ceja y se sintió obligado a preguntarle por la opinión de su novio.
– ¿Ni siquiera para Brent?
– No estaba segura de que a Brent le gustase -dijo ella con un cierto tono de inseguridad-. Es de gustos conservadores, y no cree que sea apropiado mostrar mucha piel en público.
Jace la miró, atónito y disgustado a la vez. ¿Qué tenía Brent en la cabeza? ¿O en la entrepierna? Dudaba de que Leah quisiera oír su opinión sobre Brent, así que se la guardó para él mismo. Esperaba que las lecciones que aprendiera aquel fin de semana le inculcaran a Leah un poco de sentido común.
– En cualquier caso, el vestido ha estado colgado en mi armario hasta hoy, y esta noche es la oportunidad perfecta para estrenarlo -dijo ella, girando sobre sí misma para ofrecerle una perspectiva completa-. ¿Qué te parece? ¿Te gusta?
– ¿Cómo no va a gustarme? -preguntó él, bajando la mirada hasta los muslos.
La actitud desagradecida de Brent hizo que Jace quisiera saltarse todos los obstáculos con Leah y hacerla sentirse sexy y deseada en todos los aspectos posibles.
– Estás preciosa con este vestido y, personalmente, me encanta que muestres tu piel. Me despierta el deseo de tocarte por todas partes, aunque sólo fuera para sentir tu suavidad y tersura.
Las mejillas de Leah se enrojecieron y el rubor llegó hasta sus pechos, pero en sus ojos brillaba el desafío.
– Pues hazlo.
Sin dudarlo ni un segundo, Jace atravesó la habitación en dos zancadas. El aparador estaba detrás de Leah, y él la agarró por la cintura y la levantó para sentarla en la superficie. Presionó las manos contra sus rodillas y le separó las piernas para colocarse en medio.
Su acometida la sorprendió, pero como ella no puso la menor objeción, consideró la posibilidad de saltarse los preliminares e ir directamente al grano. Leah lo había llevado a un nivel de excitación casi incontenible, y se moría por sentir su calor líquido y exuberante rodeándole el miembro endurecido y la suavidad de sus pechos mullidos contra los músculos del torso. Pensó en subirle el vestido, bajarle las bragas y hundirse en su cuerpo. Se imaginó cómo ella le rodearía la cintura con las piernas, acuciándolo a que la penetrara hasta el fondo, y cómo gritaría su nombre cuando llegara al orgasmo.
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