Se estremeció sólo de pensarlo.
Le tocó un mechón de pelo que se había soltado del recogido. La textura sedosa le provocaba los sentidos, al igual que la fragancia sutil y femenina que desprendía.
– Me gusta que lleves el pelo así -dijo. Le tomó la mejilla en la palma y le hizo levantar la cabeza para rozarle el cuello con la nariz, sintiendo cómo temblaba-. Me permite acercarme a las partes más sensibles de tu cuerpo… como ésta -llevó la boca hasta su oreja y lamió el punto situado justo debajo del lóbulo.
Ella gimió y se aferró a los brazos de Jace en busca de apoyo.
– Me… me gusta.
A él también le gustaba.
– Mmm… y aquí -murmuró, y clavó suavemente los dientes en un tendón en la base del cuello.
Leah volvió a gemir. -Oh Jace…
– Apuesto a que también sientes ese mordisco en otras zonas de tu cuerpo, ¿verdad? -le susurró al oído.
Ella asintió bruscamente y apretó las rodillas contra sus caderas.
– Sí…
Satisfecho con su respuesta y con el deseo que ardía en su mirada, siguió provocándola… a ella y a sí mismo.
– Pero por mucho que me guste tu pelo recogido, aún me gusta más verlo suelto.
Le soltó el pasador que sujetaba el cabello en lo alto de la cabeza y vio cómo la tupida melena castaña caía libremente hasta los hombros.
– Me encanta ver tu pelo alborotado enmarcando tu hermoso rostro -dijo, hundiendo las manos hasta las muñecas en los mechones-, y sentirlo cálido y suave contra mi piel…
– Me gusta sentir tus manos en mi pelo -admitió ella, y gimió cuando él le acarició el cuero cabelludo y deslizó los pulgares a lo largo de la mandíbula-. Es tan sensual y excitante…
– Estoy de acuerdo -dijo él, igualmente seducido por ella y por la intensidad del momento.
Leah le estaba mirando los labios, de modo que pegó la boca a la suya y le dio lo que deseaba, lo que él mismo ansiaba, sabiendo que muy pronto ya no tendría bastante con besarla. Habían cruzado una línea que nunca antes habían traspasado, y compartir aquella intimidad con ella estaba sacando a la superficie un caudal de emociones y deseos que habían permanecido enterrados durante años.
La besó lenta y prolongadamente. Sentía la boca de Leah tan dulce y ardiente como se imaginaba que sentiría su cuerpo cuando la penetrara. Con aquel pensamiento enloquecedor bailando en su cabeza, llevó una mano a la espalda de Leah y acercó su trasero al borde del aparador, hasta que lo único que separó sus cuerpos fueron sus pantalones caqui y las braguitas de Leah. Ella apretó los tobillos contra la parte posterior de sus muslos y movió la pelvis contra su erección en un gesto inconsciente y natural de invitación. El miembro de Jace se hinchó hasta casi estallar.
Con cada beso su adicción por ella crecía lenta pero inexorablemente, y se preguntó si tras aquel fin de semana sería capaz de dejarla y verla con otro hombre. La parte lógica de su cerebro le recordaba que no tenía elección, pero su cuerpo y su corazón luchaban por convencerlo de lo contrario.
Se deleitó una vez más con su sabor y retiró la boca. Pero mantuvo las manos entre sus cabellos, despeinándola todavía más. Sus hermosos ojos azules estaban medio cerrados, y una sonrisa soñadora curvaba sus labios hinchados.
El placer que ella le daba era inmenso, y trascendía del nivel puramente físico más de lo que nunca hubiera creído posible.
– Si fueras mía y te pusieras este vestido para salir conmigo, me aseguraría de que tuvieras este aspecto antes de salir a la calle, para que todos los hombres que te miraran supieran que no estás disponible.
Vio cómo a Leah se le aceleraba frenéticamente el pulso en la base del cuello.
– ¿Y qué aspecto tengo? -preguntó ella con inocente curiosidad. Él le acarició los pechos con el dorso de la mano.
– Con el pelo suelto y despeinado, los labios rosados, húmedos y entreabiertos, y la mirada perdida, pareces una mujer que acaba de levantarse de mi cama tras una sesión de sexo salvaje.
Ella arqueó las cejas, asombrada y a la vez muy segura de sí misma.
– Salvo que yo no he quedado satisfecha por esa sesión.
Jace soltó un gemido. Leah iba a matarlo antes de que acabara el fin de semana.
– Esto sólo ha sido una muestra para abrirte el apetito -le prometió-. Hay que ir aumentando poco a poco la tensión sexual hasta el plato fuerte, y tenemos toda la noche por delante, cariño.
Ella se echó a reír.
– No sé si eres muy malo o muy bueno por provocarme así Jace.
Él sonrió y la ayudó a bajar del aparador.
– ¿Qué tal ambas cosas?
– Como tú digas -concedió ella con una expresión de aturdimiento e impaciencia-. Bueno, ¿adonde vas a llevarme esta noche?
– A bailar -respondió él, haciéndola girar en sus brazos-. A un sitio donde puedas lucir este vestido como se merece y volver locos a unos cuantos hombres.
Leah posó una mano en su pecho y se puso de puntillas para darle un mordisquito en el labio inferior.
– El único hombre al que quiero volver totalmente loco esta noche eres tú -le dijo, y con una sonrisa maliciosa se dio la vuelta y salió pavoneándose de la habitación. Jace no creía que eso fuera a ser ningún problema.
Ya estaba loco por ella.
Leah nunca había estado en un club nocturno. Al menos no en uno tan exclusivo y animado como el Chicago s Red No Five. Luciendo un vestido sexy y con un hombre guapísimo del brazo, estaba decidida a disfrutar al máximo de la nueva experiencia que le brindaba aquel ambiente de seducción, rayos láser y la música tecno que retumbaba sensualmente a través de su cuerpo.
Jace le agarró firmemente la mano mientras se abría paso entre la multitud. Pasaron junto a un grupo de mujeres que obviamente estaban buscando a un ligue, pues miraron descaradamente a Jace dejando claras sus intenciones. Pero él se limitó a sonreír cortésmente y siguió su camino hasta el fondo de la disco, donde estaban las mesas y los asientos de terciopelo.
El local estaba atestado. La gente bailaba en la pista sin la menor inhibición, y Leah envidió su capacidad para dejarse llevar por el ritmo y disfrutar de sus ondulantes cuerpos, sin preocuparse de quién los estuviera mirando. Aquello le recordó la «sexcapada» que había sustraído del libro, y cómo necesitaba aprender a ser atrevida para poder desnudarse ante un hombre con la misma facilidad.
Jace encontró una mesa libre y dejó que ella se sentara primero antes de acomodarse a su lado. Estaban casi ocultos por las sombras, pero desde sus asientos tenían una vista perfecta del bar y la pista de baile. Jace se inclinó hacia ella y elevó la voz para hacerse oír por encima de la música ensordecedora.
– ¿Qué te parece?
– Me gusta -respondió ella. Hasta el momento, estaba fascinada por el ambiente cargado de sexualidad y quería formar parte del mismo-. Es un buen lugar para ver cómo los hombres y las mujeres se relacionan entre ellos. Ya sabes… cómo se seducen.
Él sonrió irónicamente.
– Estoy seguro de que aprenderás varias formas de seducción y apareamiento entre las parejas.
Una camarera rubia se acercó a la mesa y se inclinó hacia ellos para que pudieran oírla.
– ¿Qué les traigo?
Jace miró a Leah, indicándole que debería ser ella quien pidiera primero. Si estuviera con Brent, habría pedido un chardonnay sin dudarlo. Pero no estaba con Brent, y aquella noche exigía algo más fuerte que una copa de vino.
– Quiero la bebida más atrevida que pueda preparar el barman -dijo-. Algo exótico y salvaje.
La camarera lo pensó por un momento y los ojos le brillaron de camaradería femenina.
– Puede elegir entre un Sexo Oral, un Orgasmo o un Garganta Profunda.
Todo sonaba perfecto para el fin de semana que tenía por delante, y Leah quería probar las tres sugerencias.
– Creo que empezaré con un Orgasmo y seguiré desde ahí.
– Buena elección -dijo la camarera. Anotó el pedido y miró a Jace, que parecía desconcertado por el atrevimiento de Leah-. ¿Y usted, señor?
– Puesto que esta noche soy el chófer oficial, y mi pareja aquí va a disfrutar de unos cuantos orgasmos, creo que tomaré una coca-cola -dijo con una sonrisa.
– Enseguida -respondió la mujer con un brillo de regocijo en los ojos.
Minutos más tarde les sirvieron las bebidas, y Leah saboreó ávidamente la exquisita mezcla de Amaretto, vodka y crema. Nunca había probado un cóctel tan delicioso, y un gemido de placer se le escapó de la garganta.
Jace la miró, cautivándola con su mirada ardiente y su media sonrisa.
– Ten cuidado, cariño. Estos orgasmos son muy fuertes.
A Leah no se le pasó por alto el doble sentido de su advertencia y decidió responderle con otra insinuación.
– Mmm… pero seguro que bajan con facilidad -dijo. Disfrutando de la sensación de sensualidad, malicia y lujuria, se mojó la punta del dedo en la crema azucarada y se la lamió lentamente-. ¿Te gustaría probar mi orgasmo? -le preguntó, en un tono no tan inocente.
Jace se atragantó con el refresco y le costó unos momentos recuperarse. Cuando lo hizo, se inclinó hacia ella, cubriéndole el campo de visión con sus rasgos masculinos.
– Nada me gustaría más que probar tu orgasmo -dijo con voz ronca-. Pero esta noche tengo prohibido el alcohol.
La fuerza de voluntad y resistencia de aquel hombre la maravillaban. Sin desanimarse, volvió a hundir el dedo en la bebida y le frotó el labio inferior con la crema.
– En ese caso, deja que lo pruebe yo en ti -susurró, y sujetándole la mandíbula entre las palmas, tiró de él hacia su boca y le lamió lentamente el sabor dulce que impregnaba su pura esencia masculina.
Sintió cómo se estremecía y cómo perdía ligeramente el control, y siguió provocándolo con la lengua y los dientes, liberando un poder femenino que nunca había creído poseer. Quizá se debiera a que estaba con el hombre adecuado; un hombre que la hacía sentirse libre, segura e incluso agresiva.
En aquel rincón tenuemente iluminado gozaban de cierta intimidad, aunque a nadie le importaba lo que estuvieran haciendo. Otras muchas parejas estaban haciendo lo mismo. Ella había salido con Jace aquella noche para poner a prueba su sensualidad y seducirlo en un sitio donde nadie la conociera. Aquella idea le resultaba más embriagadora que la bebida que acababa de tomar.
Con una última lametada, apartó la boca y se pasó lentamente la lengua por su propio labio inferior.
– Eso sí que ha sido fuerte.
Los ojos de Jace ardían intensamente, abrasándola de la cabeza a los pies. El calor de la bebida alcohólica le recorría las venas, concentrándose en su vientre, y el ritmo trepidante de la música le provocaba unas palpitaciones en la parte inferior de su cuerpo, incrementando la sensación de libertad que traía aquel fin de semana.
Miró a las otras parejas que disfrutaban de la música y de repente quiso estar en medio de todo.
– Vamos a bailar -dijo con entusiasmo, y él no se negó. El tiempo pasaba muy rápidamente, y Leah no recordaba habérselo pasado nunca mejor que en aquella discoteca, provocando a Jace y bailando con él. La vibrante tensión sexual crecía entre ellos con cada roce de sus cuerpos, con cada mirada, con cada insinuación…
Aquélla era la seducción que tanto había anhelado.
Sedienta por el baile, pidió un Garganta Profunda, un chupito de vodka, Kahlua y nata montada. Siguió el consejo del barman y lo apuró de un solo trago. Jace la contemplaba divertido, y Leah pensó por un momento en lo horrorizado que se quedaría Brent si la viera.
Dejó el vaso y besó a Jace en los labios, ajena a todo salvo al tiempo que tenían para estar juntos. Se negaba a permitir que los pensamientos sobre Brent arruinaran aquella noche tan fabulosa.
Una hora más tarde tuvo que ir al servicio. Al regresar no vio a Jace donde lo había dejado, junto a la barra, y lo buscó por todas partes, sin éxito. Sentía curiosidad por la última bebida que le había recomendado la camarera, así que volvió al bar y pidió un Sexo Oral, sin poder reprimir una risita nerviosa al formular una petición tan atrevida en voz alta. La deliciosa mezcla de vodca, licor de café y nata se deslizó por su garganta, estimulando aún más su desinhibición.
Cuando un tipo de aspecto agradable la invitó a bailar, se sintió halagada por el interés que reflejaba su mirada y se preguntó qué daño podría hacer disfrutar de la compañía de otro hombro por unos minutos.
Lo siguió a la pista de baile, donde la gente daba vueltas al ritmo que retumbaba por los altavoces. Las copas que había consumido relajaban su cuerpo y su mente, permitiéndole disfrutar del momento y moverse al ritmo provocativo de la música.
Jace miró una vez más hacia el aseo de señoras, convencido de que no había visto salir a Leah mientras otra mujer intentaba convencerlo para pasar un buen rato. Había olvidado lo implacables que podían ser los ligones en una discoteca, y eso hizo que se preocupara por Leah.
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