Mientras cenaban, Jack comunicó que iba al cine con un amigo. Ponían una nueva película de terror que quería ver, una que prometía ser especialmente gore. Necesitaba que ella lo acompañara y lo recogiera. Sam iría a dormir a casa de un compañero de clase al día siguiente y esa noche tenía pensado ver una película en la habitación de su madre, en su cama y con palomitas. Maxine acompañaría a Daphne a casa de Emma antes de dejar a Jack en el cine. Al día siguiente tenía que hacer algunos recados y el fin de semana tomaría forma, como siempre, sin planificación, conforme al ritmo y las necesidades de los niños.

Aquella noche estaba hojeando la revista People mientras esperaba que la llamara Daphne para ir a recogerla, cuando vio una foto de Blake en una fiesta que los Rolling Stones habían dado en Londres. Iba acompañado de una famosa estrella del rock, una chica espectacularmente guapa que casi no llevaba nada encima. Blake aparecía a su lado, sonriendo. Maxine miró la fotografía un minuto intentando decidir si la fastidiaba, y se confirmó a sí misma que no. Sam respiraba profundamente a su lado, con la cabeza en su almohada, el cuenco de palomitas vacío, abrazado a su amado osito.

Mientras contemplaba la fotografía de la revista trató de recordar cómo había sido estar casada con él. Los días maravillosos del comienzo habían dado paso a los días solitarios, llenos de irritación y frustración del final. Nada de eso importaba ya. Concluyó que verle con actrices, modelos, estrellas del rock y princesas no le molestaba en absoluto. Blake representaba una cara de su pasado lejano, y al final, por muy adorable que fuera, su padre tenía razón. No era un marido, era un truhán. Cuando besó a Sam con dulzura en su sedosa mejilla, pensó de nuevo que le gustaba su vida tal como era.

Capítulo 2

Durante la noche, la intensa lluvia se convirtió en nieve. La temperatura descendió considerablemente y, cuando despertaron, todo estaba cubierto por un manto blanco. Era la primera nevada fuerte del año. Sam echó un vistazo y aplaudió encantado.

– ¿Podemos ir al parque y llevarnos el trineo, mamá?

La nieve seguía cayendo y el paisaje recordaba una postal de Navidad, pero Maxine sabía que al día siguiente estaría todo hecho un asco.

– Claro, cariño.

Pensando en ello se dio cuenta, como siempre, de que Blake se estaba perdiendo lo mejor. Lo había cambiado todo por sus fiestas de la jet set y por conocer personas de todo el mundo. Pero para Maxine, lo mejor de la vida estaba allí mismo.

Daphne entró para desayunar con el móvil pegado a la oreja. Se levantó de la mesa varias veces, susurrando algo a su interlocutora, mientras Jack ponía cara de desesperación y se servía las tortitas que había preparado Maxine. Era de las pocas cosas que sabía cocinar y las preparaba a menudo. El chico se sirvió una gran cantidad de jarabe de arce y comentó lo tontas que estaban Daphne y sus amigas últimamente con los chicos.

– ¿Y tú qué? -preguntó su madre con interés-. ¿No hay novias a la vista?

Asistía a clases de baile y a una escuela mixta, así que tenía un montón de oportunidades de conocer chicas, pero todavía no le interesaban. Por el momento su interés principal eran los deportes. Lo que más le gustaba era el fútbol, navegar por internet y los videojuegos.

– Puf -respondió el chico, mientras devoraba otro pedazo de tortita.

Sam estaba echado en el sofá, mirando dibujos animados en la tele. Había desayunado hacía una hora, al levantarse. Los sábados por la mañana no había horario y Maxine cocinaba para ellos a medida que se levantaban. Le encantaba esta faceta doméstica para la que no tenía tiempo durante la semana, porque siempre iba con prisas para poder visitar a sus pacientes en el hospital antes de acudir a su consulta. Normalmente salía de casa mucho antes de las ocho, cuando los niños se iban a la escuela. Pero a excepción de algunas ocasiones, se las arreglaba para cenar con ellos todos los días.

Recordó a Sam que esa noche dormiría en casa de un amigo y Jack la interrumpió para decir que él también. Daphne dijo que había quedado con tres amigas para ver una película y que tal vez también vendrían un par de chicos.

– Vaya, esto es nuevo -comentó Maxine con expresión de interés-. ¿Alguien que conozca?

Daphne se limitó a menear la cabeza con expresión irritada y salió de la habitación. Estaba claro que, para ella, la pregunta no merecía respuesta.

Maxine enjuagó los platos y los metió en el lavaplatos; una hora después, ella y los tres niños se fueron al parque. En el último momento, los dos mayores habían decidido apuntarse. Maxine tenía un par de trineos y ella y Daphne se envolvieron el trasero con una bolsa de basura y se lanzaron montaña abajo con los chicos y otros niños soltando chillidos de alegría. Seguía nevando, y sus hijos todavía se comportaban como niños pequeños de vez en cuando y no como si fueran mayores, que era lo que querían ser. Se quedaron hasta las tres y regresaron paseando por el parque. Había sido divertido y al llegar a casa Maxine les preparó un chocolate caliente con nata y galletas. Era agradable pensar que no eran tan mayores al fin y al cabo y que seguían disfrutando como habían hecho siempre.

A las cinco acompañó a Sam a casa de su amigo, en la calle Ochenta y nueve Este, y a Jack al Village a las seis, y regresó a tiempo para ver llegar a las amigas de Daphne con un montón de películas alquiladas. En el último momento, aparecieron dos chicas más. A las ocho encargó pizzas para todos y Sam llamó a las nueve «para preguntarle cómo estaba», lo que Maxine sabía por experiencia que significaba que habría preferido no pasar la noche con su amigo. A veces no podía soportarlo y volvía a casa para dormir con ella o en su propia cama. Maxine le dijo que estaba bien y él respondió que también. Maxine colgó el teléfono y sonrió. Oyó risas agudas procedentes de la habitación de Daphne. Algo le decía que estaban hablando de chicos, y no se equivocaba.

A las diez se presentaron dos chicos de trece años que parecían espantosamente avergonzados. Eran varios centímetros más bajos que las chicas, no mostraban señales de pubertad y devoraron lo que quedaba de las pizzas. Unos minutos más tarde se marcharon mascullando excusas. No pasaron de la cocina y no llegaron a entrar en la habitación de Daphne. Dijeron que tenían que volver a casa. Las chicas los triplicaban en número, pero se habrían marchado temprano de todos modos. El panorama les superaba. Las chicas parecían mucho más maduras, y en cuanto los chicos se hubieron marchado volvieron corriendo a la habitación de Daphne para comentarlo. Maxine sonreía para sí misma mientras escuchaba sus risas y chillidos cuando a las once sonó el teléfono. Supuso que sería Sam para decirle que quería volver a casa, así que descolgó con una sonrisa, esperando oír la voz de su hijo pequeño.

Pero era una enfermera de urgencias del hospital Lenox Hill que la llamaba por uno de sus pacientes. Maxine frunció el ceño y se sentó, concentrándose inmediatamente y formulando las preguntas pertinentes. Jason Wexler tenía dieciséis años, su padre había muerto de forma inesperada de un infarto hacía seis meses, y su hermana mayor había fallecido en un accidente de tráfico diez años atrás. El chico se había tomado un puñado de somníferos de su madre. Tenía una depresión y ya lo había intentado antes, pero nunca desde la muerte de su padre. El y su padre habían mantenido una discusión terrible la noche en que él había muerto, y Jason estaba convencido de que él era el culpable del infarto y de la muerte de su padre.

La enfermera dijo que la madre de Jason estaba histérica en la sala de espera. Jason estaba consciente y ya le estaban haciendo un lavado de estómago. Creían que se pondría bien, pero se había salvado por los pelos. Su madre lo había encontrado a tiempo y había llamado a una ambulancia; de haberlo hecho más tarde, no se habría salvado. Maxine escuchó atentamente. El hospital estaba a tan solo ocho calles de su casa y andando llegaría en un momento a pesar de los quince centímetros de nieve que habían caído y que se habían convertido en barro por la tarde y en placas de hielo sucio al caer la noche. Era peligroso caminar con la calle en esas condiciones.

– Estaré ahí dentro de diez minutos -dijo a la enfermera con decisión-. Gracias por llamar.

Maxine había dado el teléfono de su casa y su móvil a la madre de Jason hacía meses. Incluso los fines de semana, en los que la centralita del hospital podía atender sus llamadas, quería estar disponible para Jason y su madre si la necesitaban. Tenía la esperanza de que no fuera necesario, así que no le gustó enterarse del segundo intento de suicido del chico. Maxine sabía que la mujer estaría terriblemente angustiada. Después de perder a su marido y a su hija, Jason era lo único que le quedaba.

Maxine llamó a la puerta de Zelda y vio que estaba durmiendo. Quería que supiera que iba a salir a ver a un paciente, y pedirle que estuviera atenta a las chicas, por si acaso. Pero odiaba tener que despertarla, así que cerró la puerta suavemente y sin hacer el menor ruido. Al fin y al cabo, era su día libre. Así que Maxine fue a la habitación de Daphne mientras se pasaba un jersey grueso por la cabeza. Los vaqueros ya los llevaba puestos.

– Tengo que salir a ver a un paciente -explicó. Daphne sabía, como todos, que su madre visitaba a pacientes especiales, incluso los fines de semana, así que se limitó a mirarla y asentir. Todavía estaban viendo películas y se habían tranquilizado con el paso de las horas-. Zelda está en casa, así que si necesitas algo puedes pedírselo, pero no hagáis mucho ruido en la cocina, por favor. Está durmiendo. -Daphne asintió de nuevo sin apartar la mirada de la pantalla. Dos de las chicas se habían quedado dormidas en la cama de Daphne, y otra se estaba pintando las uñas. Las demás miraban la película sin pestañear-. No tardaré mucho.

Daphne sabía que probablemente se trataba de un intento de suicido. Su madre nunca hablaba de ello, pero esta solía ser la razón por la que a veces tenía que salir de casa por la noche. Los demás pacientes podían esperar al día siguiente.

Maxine se puso unas botas con suela de goma y un anorak de esquiar, cogió el bolso y salió de casa apresuradamente. A los pocos minutos ya estaba bajando a buen paso por Park Avenue en dirección sur con un viento gélido, hacia el hospital Lenox Hill. Cuando llegó y entró en urgencias sentía agujas en la cabeza y tenía los ojos húmedos. Preguntó en recepción y le indicaron en qué box estaba Jason. Habían decidido que no era necesario trasladarlo a la UCI. Estaba aturdido pero fuera de peligro, y la esperaban para que lo ingresara y decidiera qué hacer. Helen Wexler se le echó encima en cuanto la vio entrar, la abrazó y empezó a sollozar.

– Casi se muere… -dijo histérica en brazos de Maxine mientras esta la sacaba delicadamente de la sala después de hacer una señal a la enfermera.

Jason dormía en la cama y parecía tranquilo. Seguía muy sedado por los restos de lo que había tomado, pero la dosis ya no era tan alta y su vida no corría peligro. Solo le mantenía dormido. Su madre no dejaba de repetir que había estado a punto de morir. Maxine se la llevó por el pasillo, por si su hijo se despertaba.

– Pero no ha muerto, Helen. Se va a poner bien -dijo Maxine con calma-. Por suerte le has encontrado a tiempo y se pondrá bien.

Hasta la próxima. Pero era misión de Maxine impedirlo, así que no habría tercera vez. Aunque cuando un paciente intentaba suicidarse, el riesgo estadístico de que lo repitiera era infinitamente más elevado, y la posibilidad de conseguirlo aumentaba. A Maxine no le hacía ninguna gracia que Jason lo hubiera intentado por segunda vez.

Maxine hizo que la madre de Jason se sentara en una silla y respirara hondo. Por fin consiguió hablar de ello con calma. Dijo que creía que Jason debía ser hospitalizado por más tiempo en esta ocasión. Propuso ingresarlo un mes, y después ya verían cómo estaba. Le recomendó un centro de Long Island con el que trabajaba a menudo. Aseguró a Helen Wexter que eran estupendos con los adolescentes. Helen la miró horrorizada.

– ¿Un mes? Eso significa que no estará en casa el día de Acción de Gracias. No puedes hacerlo -dijo, llorando otra vez-. No puedo estar sin él durante las fiestas. Su padre acaba de morir, y será nuestro primer día de Acción de Gracias sin él -insistió, como si eso tuviera alguna importancia en aquel momento, ante el riesgo de un tercer intento de suicidio de su hijo.

Era increíble lo que podía hacer la mente para negar la realidad y a lo que se aferraba cada uno para no tener que afrontar la dureza de la situación. Si Jason lo intentaba de nuevo y lo lograba, no volvería a pasar un día de Acción de Gracias con él. Merecía la pena sacrificar este. Pero la madre del chico no quería oír hablar de aquello, así que Maxine intentó mostrarse firme pero compasiva y amable al mismo tiempo, como siempre.