De nuevo escudriñó la sala y se le tensó la mandíbula. Demonios. Después de haberse visto obligado a esperar lo que se le había antojado una eternidad para por fin cortejarla, ¿por qué no podía lady Catherine, aunque fuera de forma inconsciente, al menos calmar su ansiedad y dejarse ver?
El zumbido de las conversaciones le rodeaba, marcado por carcajadas y el tintineo de los bordes de las delicadas copas de cristal entrechocando en brindis congratulatorios. Prismas de luz reflejaban el suelo de parquet pulido hasta lo indecible desde la multitud de velas que brillaban en los deslumbrantes candelabros de cristal, envolviendo la sala en un fulgor cálido y dorado. Más de cien miembros entre lo más selecto de la alta sociedad habían asistido a la fiesta de cumpleaños de lord Ravensly. «Lo más granado de la alta sociedad y… yo.»
Alzó la mano y tiró levemente de su corbata cuidadosamente anudada.
– Maldita sea esta incómoda corbata -masculló. Quienquiera que hubiera puesto de moda aquella incómoda plaga merecía terminar con sus huesos en las aguas del Támesis. A pesar de que el corte negro y formal y de experta factura de su atuendo rivalizaba con el de cualquier noble de la sala, Andrew seguía sintiéndose en parte como un hierbajo entre las flores de un invernadero. Incómodo. Fuera de su elemento. Y dolorosamente consciente de la distancia que mediaba entre él y el elegante estrato social en el que a menudo se encontraba… y, sin duda, mucho más alejado de lo que cualquiera de los presentes se habría atrevido a esperar. Su vieja amistad con Philip, el hijo de lord Ravensly, y la amistad cada vez más íntima que le unía al propio lord Ravensly, así como a lady Catherine, habían asegurado a Andrew una invitación a la elegante fiesta de cumpleaños de esa noche. Lástima que Philip no estuviera presente. Meredith estaba pronta a dar a luz y Philip no quería alejarse del lado de su esposa.
Aunque quizá fuera mejor que Philip se hubiera ausentado. Cuando había dado su bendición a Andrew para que cortejara a lady Catherine, le había advertido así mismo de que su hermana no estaba dispuesta a casarse de nuevo tras su desastroso primer matrimonio. Lo último que Andrew necesitaba era tener a Philip cerca, murmurándole palabras de desánimo.
Inspiró hondo y se obligó a adoptar una actitud positiva. Su frustrante fracaso a la hora de localizar a lady Catherine entre la multitud le había dado la oportunidad de conversar con numerosos inversores que ya se habían comprometido a donar fondos para la aventura del museo compartida por Philip y él. Lord Avenbury y lord Ferrymouth estaban deseosos de saber cómo progresaban las cosas, como también lo estaban lord Markingworth, lord Whitly y lord Carweather, que ya habían entregado sus respectivas inversiones. La señora Warrenfield parecía ansiosa por invertir una suculenta suma, como también lord Kingsly. Lord Borthrasher, quien ya había hecho una cuantiosa inversión, parecía interesado en invertir más. Después de hablar con ellos, Andrew también había hecho algunas discretas investigaciones sobre un asunto que se le había encargado recientemente.
Sin embargo, en cuanto las conversaciones sobre negocios tocaron a su fin, Andrew se retiró a su silencioso rincón para reordenar sus ideas, fiel a una táctica muy semejante a la que utilizaba para preparar un combate pugilístico en el Emporium de Gentleman Jackson. Su mirada siguió estudiando a los invitados, deteniéndose repentinamente en cuanto vislumbró a lady Catherine saliendo de un biombo de seda oriental situado junto a los grandes ventanales.
Andrew se tranquilizó al ver el vestido de color bronce de lady Catherine. Cada vez que la había visto durante el curso del pasado año, el negro luto la había engullido como un oscuro y pesado nubarrón de lluvia. Ahora, oficialmente cumplido el duelo, Catherine parecía un sol de bronce dorado poniéndose sobre el Nilo, iluminando el paisaje con sus inclinados rayos de calor.
Lady Catherine se detuvo a intercambiar unas palabras con un caballero y la ávida mirada de Andrew reparó en la forma en que la vívida tela de su vestido contrastaba con sus pálidos hombros, complementando a su vez sus resplandecientes rizos castaños, recogidos en un trenzado griego. El favorecedor peinado dejaba a la vista la vulnerable curva de su nuca…
Andrew soltó un largo suspiro y se pasó la mano que tenía libre por el pelo. ¿Cuántas veces había imaginado que pasaba los dedos, la boca, por aquella piel suave y sedosa? Más de las que se atrevía a reconocer. Ella era adalid de todas las cosas buenas y deliciosas. Una dama perfecta. Sin duda perfecta en todos los sentidos.
Sabía muy bien que no era lo bastante bueno para ella. A pesar de su buen hacer financiero, socialmente se sentía como un mendigo con la nariz pegada al escaparate de una repostería. Sin embargo, ni su mente ni su sentido común tenían ya el control sobre sus reacciones. Ella era libre. Y mientras él atesoraba la relación platónica que había florecido entre ambos en el curso de los últimos catorce meses, sus sentimientos eran más profundos de lo que limitaba una mera amistad y no encontraba forma humana de acallar su corazón. Su mancillado pasado, el noble linaje de ella, su propia falta de linaje… maldito todo.
La mirada de Andrew siguió la esbelta y regia figura de lady Catherine mientras ella recorría el perímetro de la estancia, y su corazón ejecutaba el mismo brinco irregular al que se entregaba cada vez que la miraba. De haber podido reírse, se habría reído de sí mismo y de su instintiva reacción ante la presencia de su dama. Se sentía como un inexperto escolar con la lengua trabada… algo harto decepcionante, teniendo en cuenta que normalmente se consideraba un hombre de una gran finesse.
Haciendo rodar los hombros para relajar la tensión que le agarrotaba los músculos, aspiró una bocanada de aire y se preparó para salir de las sombras. Una mano firme lo agarró del hombro.
– Deberías retocarte la corbata antes de entrar en combate, viejo amigo.
Andrew se volvió apresuradamente y se encontró mirando fijamente los divertidos ojos castaños de Philip, protegidos por unos anteojos. De inmediato, la frustración dejó paso a la preocupación.
– ¿Qué haces aquí? ¿Meredith está bien?
– Mi esposa está bien, gracias, o al menos todo lo bien que una mujer puede estarlo en sus últimas semanas de embarazo. En cuanto a qué hago aquí, confieso que, por motivos que no alcanzo a imaginar, Meredith ha insistido en que haga aparición en la fiesta de cumpleaños de mi padre. -Sacudió la cabeza, claramente divertido-. No quería dejarla, pero si hay algo que he aprendido durante los últimos meses, es que sólo un idiota discute con una futura madre. Así que me he separado de ella a mi pesar y he soportado las tres horas de viaje a Londres para felicitar a mi padre. Meredith me ha sugerido que pase aquí la noche, pero me he negado en redondo. Mientras hablamos, he pedido que me traigan el coche. Pero no podía marcharme sin hablar contigo. ¿Cómo van los progresos con el museo?
– Muy bien. Contratar a Simon Wentworth como administrador ha sido una de las decisiones más inteligentes que hemos tomado. Es extremadamente organizado y mantiene a los trabajadores a raya.
– Excelente. -La voz de Philip se redujo a casi un susurro-. ¿Cómo va la investigación sobre Charles Brightmore?
Andrew soltó un suspiro.
– Al parecer, el bastardo no existe, salvo en el papel, como autor de la Guía, aunque eso sólo consigue intrigarme aún más. Confía en mí; tengo intención de hacerme con la impresionante suma que lord Markingworth y sus amigos me han prometido por identificar al autor.
– Sí, bueno, por eso te recomendé. Eres tenaz e implacable cuando se trata de descubrir la verdad. Y gracias a tus vínculos con el museo y tu asociación con los, ejem… exaltados como yo, tienes acceso tanto a los miembros más granados de la sociedad como a las personas de orígenes más humildes, por así decirlo. La gente se sentiría más inclinada a confiar en ti que en un detective, y tu presencia en esta clase de veladas no arquea una sola ceja, como ocurriría en el caso de un desconocido o de un detective.
– Sí, eso juega en mi favor -concedió Andrew-. La experiencia me dice que durante las conversaciones casuales se revelan pistas que a menudo pasan inadvertidas.
– Bueno, no me cabe ninguna duda de tu éxito. Sólo espero que al revelar la identidad del tal Charles Brightmore se ponga fin a esta condenada Guía femenina. Quiero que ese libro desaparezca de las estanterías antes de que Meredith se las ingenie para conseguir un ejemplar. Mi adorable esposa ya es lo bastante independiente. Mantenerla a raya ya requiere casi más energía de la que puedo dedicarle.
– Sí. Estoy seguro de que es la independencia de tu hermosa esposa la que requiere toda tu energía. -Escudriñó a Philip con su mirada intencionada-. No pareces estar sufriendo demasiado en sus manos. Pero, no temas, tengo intención de desenmascarar a ese tal Brightmore. No solamente tendré el placer de delatar al charlatán, sino que el dinero que gane haciéndolo ayudará para conquistar a tu hermana. Estoy plenamente decidido a dar a lady Catherine todos los lujos a los que está acostumbrada.
– Ah. Ahora que lo dices… ¿cómo va el cortejo de mi hermana?
Andrew miró al techo.
– Muy lento, me temo.
– Bueno, deja de perder el tiempo. Siempre te he visto cuanto menos implacable cuando querías algo. ¿A qué viene tanto «no sé, no sé»?
– Nada de no sé…
– Y, por el amor de Dios, deja de mesarte el pelo. Cualquiera diría que te ha caído un rayo en la cabeza.
Andrew se pasó rápidamente una mano por un pelo que parecía haber sido víctima de un rayo y frunció el ceño.
– Mira quién habla. ¿Te has mirado al espejo últimamente? Tu aspecto sólo puede definirse como desastrado y, a juzgar por tu pelo, se diría que te ha sorprendido una repentina y monstruosa tormenta.
– Pues sí, estoy desastrado, aunque teniendo en cuenta que estoy a punto de ser padre por primera vez, al menos cuento con una excusa de peso para tirarme del pelo y comportarme de manera extraña. ¿Qué demonios te ocurre a ti?
– No me ocurre nada, aparte de esta condenada frustración. Ni siquiera he tenido la oportunidad de hablar con lady Catherine. Cada vez que logro verla entre la multitud, otro inversor del museo u otro potencial inversor reclaman mi atención. -Lanzó a Philip una mirada afilada-. Estaba intentando abordarla por cuarta vez en lo que va de noche cuando de nuevo han vuelto a retenerme. Esta vez has sido tú.
– Y deberías alegrarte de ello. Si ella hubiera visto tu desastroso peinado habría salido corriendo de la sala.
– Gracias. Tus ánimos me congratulan. En serio. Aunque me resulta difícil aceptar un consejo sobre moda de alguien cuyo atuendo y peinado a menudo son comparables a un nido de ardillas.
En vez de ofenderse, Philip sonrió.
– Cierto. Sin embargo, no soy yo quien intenta cortejar a una dama esta noche. Yo ya he logrado ganarme el favor de la mujer que amo.
– Sí, y casi a pesar de ti mismo, debo añadir. De no haber sido por mi consejo sobre cómo cortejar y ganarte el favor de Meredith… -Andrew sacudió tristemente la cabeza-. Bueno, digamos que el resultado de tu cortejo hubiera sido altamente cuestionable.
Un rudo sonido escapó de labios de Philip.
– ¿Ah, sí? Si tan experto eres, ¿por qué no has logrado nada con Catherine?
– Porque todavía tengo que empezar con ella. Y gracias, en última instancia, a ti. Dime, ¿es que no tienes ninguna otra casa que visitar en Mayfair?
– No temas, me dirigía hacia la puerta. Pero si me marcho ahora, no podré hablarte de las dos interesantes conversaciones que he tenido esta noche. Una ha sido con un tal señor Sydney Carmichael. ¿Le has conocido ya?
Andrew negó con la cabeza.
– El nombre no me resulta familiar.
– Ha sido la señora Warrenfield, la rica viuda norteamericana, quien me lo ha presentado. -Philip bajó la voz-. Si alguna vez hablas con ella, prepárate para oírla describir detalladamente su plétora de dolores y males.
– Gracias por la advertencia. Ojalá me la hubieras dado hace una hora.
– Ah. Hay algo en esa dama que me ha resultado muy extraño, aunque no sabría decir exactamente qué. ¿No has notado nada?
Andrew lo pensó durante un instante.
– Reconozco que estaba preocupado mientras hablaba con ella, aunque ahora que lo mencionas, sí, creo que es su voz. Es extrañamente grave y chirriante para una dama. Combinada con ese sombrero negro de velo que le oscurece la mitad de la cara, resulta un poco desconcertante hablar con ella.
– Sí, debe de ser eso. Bueno, volviendo al señor Carmichael. Está interesado en hacer una cuantiosa inversión en el museo.
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