– ¿Qué opinas? -le preguntó con un gesto preocupado.

– Es demasiado pronto para saber cómo es en realidad -respondió Diana con tozudez.

Pascale se mostró de acuerdo, aunque en lo más profundo de su corazón, ya no estaba tan convencida. Eric había presentado unos sólidos argumentos.


En el coche, de camino a Saint-Tropez, Gwen le preguntaba a Robert sobre sus amigos.

– ¿Estás seguro de que a tus amigos no les importa mi intromisión, Robert? Me siento como una intrusa que entra sin llamar. Estáis acostumbrados a estar todos juntos, después de tantos años y, de repente, aparezco yo, en carne y hueso. No es fácil adaptarse.

Había notado su incomodidad durante el almuerzo, más que él, en realidad. El se decía simplemente que se sentían cohibidos por ser ella quién era y eso fue lo que le dijo. Gwen sonrió. Sabía, igual que Diana y Pascale, que era ingenuo, un rasgo suyo que le encantaba. Se las arreglaba para ver solo el lado bueno y simplificar las cosas.

– Me parece que es más difícil para ellos de lo que crees. Verte con otra persona es un cambio enorme para todos.

– También lo es para mí -dijo, poniéndose serio por un momento y pensando en Anne. Pero no quería dejarse llevar de nuevo por la tristeza. Por muy desconsolado que estuviera, y lo había estado, eso no la devolvería a la vida-. Pero todos tenemos que adaptarnos. -La miró comprensivo-. No quiero que te resulte difícil a ti. ¿Han sido groseros contigo? -inquirió, preocupado, preguntándose si se le habría pasado algo por alto.

– Claro que no. Solo he notado cierta reserva y resistencia. Ya lo esperaba. No pasa nada. Es solo que no quiero ponerte en una situación violenta con tus amigos.

– Son como mi familia, Gwen. Hemos compartido muchas cosas, durante muchos años. De verdad, me gustaría que te conocieran y que te apreciaran como yo.

Sabía que no podían resistirse o eso pensaba. Ella no estaba tan segura.

– Creo que tienes que darles tiempo, Robert -dijo con sensatez, mientras se acercaban al centro de Saint-Tropez y él buscaba un sitio para aparcar-. Quizá les cueste un poco más de lo que piensas.

Si es que le daban una oportunidad. Era muy consciente de que quizá nunca le abrieran su corazón o sus puertas. No estaba tan segura como Robert de que llegaran a adaptarse y la acogieran con los brazos abiertos.

– No conoces a mis amigos. Confía en mí, Gwen. Esta noche, antes de que acabe la cena, se habrán enamorado de ti. ¿Cómo podrían no hacerlo? -dijo, sonriéndole.

– No soy Anne -respondió ella con dulzura-. A sus ojos, ese es el primer punto en mi contra. Y soy famosa… soy actriz… vengo de Hollywood… Estoy segura de que me encuentran rara. En especial, si leen la prensa sensacionalista. Es un bocado muy grande para empezar. Créeme, ya me ha pasado antes. Son cosas que hacen que la gente te odie antes de conocerte, si es que llegan a hacerlo. Soy culpable hasta que se pruebe lo contrario y no al revés.

– No en mi casa, no con mis amigos -dijo Robert, tajante.

Ella sonrió comprensiva y se inclinó para darle un beso en la mejilla. No iba a obligarle a reconocer la evidencia, pero había notado la resistencia de sus amigos durante el almuerzo y era un fenómeno que no le era desconocido. A veces, dolía y era frustrante, pero era algo por lo que había pasado una y otra vez… Y ellos tenían treinta años de historia común. Era un vínculo difícil de romper. No iba a hacer que la aceptaran a la fuerza. Era demasiado lista para intentarlo. Iba a ocuparse de sus propios asuntos tranquilamente y esperar que, con el tiempo, la dejaran entrar en su círculo. Sobre todo, estaba decidida a no forzar las cosas. Además, era demasiado pronto para saber qué iba a pasar con Robert.

Por fin, encontraron un espacio para aparcar y él se volvió hacia ella en el diminuto coche y, rodeándola con el brazo, le dio un ligero beso.

– ¿Atacamos las tiendas, Miss Thomas?

– Me parece muy bien, su señoría -respondió, sonriéndole cariñosamente.

Se alegraba de haber ido a verlo, aun si sus amigos estaban visiblemente lejos de estar encantados.

– ¿Crees que te reconocerá todo el mundo?

– Es probable. ¿Podrás soportarlo? -le preguntó, algo preocupada.

A veces, podía ser agobiante, especialmente si no estabas acostumbrado. Y celebridad era una palabra de la que Robert no sabía nada. También eso le gustaba de él. Estar a su lado siempre hacía que se sintiera bien y era real.

– Supongo que será mejor que me acostumbre, si vas a pasar tiempo conmigo -contestó él. Siempre se sentía afortunado por estar con ella, no por su fama, sino por ser quien era, un ser humano, no una estrella-. Vamos allá.

Salieron del coche y no habían andado diez pasos antes de que alguien los parara para pedirle un autógrafo a Gwen. Robert sonrió y ella se detuvo y firmó un trozo de papel. Dos minutos después, se detuvo de nuevo cuando dos chicos jóvenes le pidieron que posara para una fotografía. Lo resolvió con elegancia y siguió andando rápidamente, haciendo todo lo posible porque no afectara a Robert demasiado. Pero así eran las cosas. A pesar de todo, se las arreglaron para disfrutar de las tiendas y luego se sentaron en la terraza de un bar para tomar un vaso de vino. Como de costumbre, lo pasaron estupendamente, hablando y riendo y, simplemente, estando juntos. Nunca se les acababan los temas de conversación y siempre disfrutaban de su mutua compañía.

Charlaron de muchos temas: el trabajo de él, las películas de ella y su infancia y los ideales, los padres y los hijos de los dos. Robert sabía que ella quería haber sido maestra y que nunca había imaginado, ni por un momento, que llegaría a ser actriz ni, mucho menos, que ganaría un Oscar. Gwen le contó cómo había sido aquella experiencia, lo que significó para ella y lo difícil que era ahora escoger papeles que fueran igualmente valiosos para ella.

– A veces, tienes que hacer algo divertido y que te guste. No todas tus películas pueden hacerte ganar un Oscar -dijo con naturalidad y luego le habló de la que estaba a punto de empezar y de los actores contratados para trabajar con ella. Era una intriga policíaca y su co-protagonista era aún más famoso que ella. Al decir esto, recordó otra cosa que quería decirle-. Por cierto, tengo un par de amigos que están cerca de aquí. Viajan en un yate precioso; se llama Talitha G, y es propiedad de Paul Getty.

Robert había oído hablar del barco, pero no lo había visto nunca.

Era un yate a motor, clásico, con un interior extraordinariamente elegante, con mármol y antigüedades por todas partes. Los amigos de Gwen lo tenían alquilado durante dos semanas. Se preguntaba si a Robert le gustaría que fueran a verlos en el yate.

– No quería invitarlos hasta preguntarte qué te parecía.

– Suena fantástico -respondió él sinceramente-. Siempre he querido verlo. Leí un artículo en una revista hace un año y se lo enseñé a Anne. Ella era más aficionada a los veleros, pero opinó que tenía un aspecto increíble. En las fotos parecía soberbio.

– Lo es. Yo lo vi el año pasado y pensé en alquilarlo, pero me pareció un poco extravagante solo para mí y un puñado de gente de Los Ángeles.

Robert se sentía impresionado de que ella hubiera siquiera llegado a pensarlo.

– Creo que a los demás les entusiasmaría verlo -dijo calurosamente y entonces ella le contó quiénes eran los amigos que lo habían alquilado-. Las señoras del grupo van a desmayarse cuando se lo digas -comentó con una mirada divertida.

La vida de Gwen era tan absolutamente diferente de la suya… Ella era parte de un mundo extraño para todos ellos. Conocía a gente y mencionaba unos nombres que la mayoría solo había leído en las revistas, personas con las que habían soñado. El actor que había alquilado el Talitba G, Henry Adams, era una estrella de primera magnitud, y su mujer era una supermodelo famosa. Y en el barco, como invitados, había otros dos actores que también eran grandes estrellas.

– Son todos viejos amigos y muy agradables -dijo Gwen con una sonrisa-. A lo mejor a tus amigos les gusta conocerlos.

– No podrán resistirse a una oportunidad así -dijo Robert con una sonrisa de oreja a oreja.

– Los llamaré al barco cuando volvamos. Estuvieron todos en el Hôtel du Cap la semana pasada -dijo, sonriendo-. Es un trabajo duro, pero alguien tiene que hacerlo.

– ¿Crees que les importará venir hasta la villa?

– Claro que no, les encantará.

Había trabajado con todos ellos en diferentes películas en los cinco últimos años. Robert se dio cuenta una vez más de lo importante que era su carrera y de lo lejos que había llegado en ella. Lo único que le sorprendía era su naturalidad, lo modesta y auténtica que era.

Cuando volvieron a la casa, se la llevó a navegar. No era tan hábil como Anne, pero tenía espíritu deportivo y no se quejó cuando al dar un giro brusco, se cayó al agua. Cuando tiró de ella para devolverla al barco, se estaba riendo. Él miró hacia otro lado cuando ella estuvo a punto de perder la parte de arriba del biquini. No quería que se sintiera incómoda, pero estaba más que un poco impresionado por su espectacular figura. Era difícil no estarlo. Pasaron el resto de la tarde en el barco.


Cuando volvieron, Pascale y Diana ya estaban preparando la cena y casi no dijeron ni «hola» cuando llegaron.

– ¿Prefieres salir a cenar por ahí? -preguntó Robert, discretamente.

Gwen tenía el pelo mojado, iba envuelta en una enorme toalla de playa y llevaba las sandalias en la mano. Entraron en la casa descalzos.

– No, me encantaría quedarme aquí. Podemos salir otro día. Voy a llamar a Henry. Quizá podríamos cenar en el yate mañana, si les apetece a todos. Dicen que la comida es deliciosa. Tienen un chef estupendo.

– No creo que les importara aunque tuvieran que comer comida para perros, solo por estar en el yate y verlos a todos -dijo susurrando mientras buscaban algo para picar en la despensa y se decidían por un puñado de nueces.

Le ofreció algo de beber y ella se sirvió un vaso de agua.

– Volveré y os ayudaré dentro de un momento -les prometió a Pascale y Diana cuando estas volvieron a la cocina.

Pascale insistió, algo forzadamente, en que no era necesario. En ese momento, Robert se dio cuenta de que Gwen tenía razón. Nunca había visto a Pascale y Diana comportarse de aquella manera. Había algo frío y casi hostil en las dos, lo cual le apenaba por Gwen.

Subieron juntos al piso de arriba y Gwen entró en su habitación para vestirse. Se sentó en la cama y esta se desplomó al momento. Se echó a reír. Era una escena perfecta. Un minuto después, llamó a la puerta de Robert, quien apareció envuelto en una toalla. Estaba a punto de meterse en la ducha.

– Me parece que me han puesto una trampa en la cama -le susurró y él le sonrió.

– No, pasó lo mismo la semana pasada. Haré que Marius la arregle. Lo siento, Gwen -dijo sintiendo auténticos remordimientos.

Quería que lo pasara bien y temía que no fuera así.

Pero ella parecía más divertida que molesta. Nada parecía irritarla, ni siquiera la fría recepción que le habían ofrecido. Comprendía que era debida al interés que sentían por Robert, más que a ninguna mala intención y eso hacía que le resultara un poco más fácil.

Robert bajó a buscar a Marius y Gwen fue a ducharse. Cuando apareció envuelta en un albornoz rosa que había comprado en el Ritz, la cama estaba reparada y Robert había desaparecido para ducharse también él. Se encontraron en el rellano, casualmente, veinte minutos después, de camino abajo. Gwen vestía unos pantalones amarillos de seda y un jersey de seda sin mangas, a conjunto, y llevaba un chal con un estampado de flores al brazo y sandalias doradas. Apenas iba maquillada. No parecía tanto una estrella de cine como una mujer muy hermosa.

– Estás preciosa -dijo Robert sinceramente y no pudo menos de notar su perfume. Era ligero y floral y muy sexy.

Por una fracción de segundo, sintió dolor por Anne, pero se esforzó por decirse que una cosa no tenía nada que ver con la otra. Era solo que la echaba de menos y por espectacular que fuera Gwen, no era Anne. Pero de todos modos, era una persona estupenda y disfrutaba estando con ella. Recordárselo le ayudó y la siguió escaleras abajo, de vuelta a la cocina. Eric estaba allí, bebiendo una copa de vino y hablando con Pascale. Diana se había ido arriba a vestirse para la cena. John estaba fuera, fumando un cigarro y haciendo fotos de la puesta de sol. La casa tenía el mismo ángulo que los cafés de la ciudad, lo cual les permitía ver la puesta de sol, algo inusual en Saint-Tropez.

– ¿Qué puedo hacer para ayudar? -ofreció Gwen con naturalidad, mientras Robert servía dos copas de vino y le daba una.

Era evidente que Pascale se sentía muy tensa. Estaba en un verdadero aprieto, porque si se mostraba amable con Gwen, Diana se sentiría traicionada.