Media hora más tarde, Tess estaba lavando una lechuga cuando se asomó por la ventana y vio a la mujer, que se había puesto unos pantalones, salir con una bandeja por la puerta trasera y colocarla en la mesa para días de campo de Kenny. Un momento después, Casey salió con otra bandeja. La mujer llamó a Kenny, que entonces ya había terminado de podar el jardín de Mary y llevaba la mitad del suyo, y los tres se sentaron a cenar.

“¿Quién será?", se preguntó Tess. Se contuvo y se alejó de la ventana. "A quién le importa", pensó al poner a cocer a fuego lento una pechuga de pollo. Luego fue a la sala para hacer lo que había estado ansiando todo el día. Para ella componer era como jugar… siempre fue así. Algunas veces le parecía ridículo que le pagaran por hacer algo que le daba tanto placer. De hecho, las regalías por sus canciones originales le redituaban varios cientos de miles de dólares al año.

Tomó una pequeña grabadora, papel pautado y lápiz y se sentó al piano para trabajar en la idea de la canción que había tenido la noche anterior.


El tránsito del pueblo se arrastra por la plaza,

hace dieciocho años que se marchó de casa

recorrió el mundo y ahora regresa…


La última línea del verso seguía eludiéndola. Le llegaban ideas, pero las descartaba una tras otra. Estaba concentrada por completo en su composición cuando una voz dijo:

– ¡Oye! ¿Mac? Soy yo, Casey.

Eso hizo que Tess girara en el banco del piano.

Casey estaba a la mitad de la habitación, desenvuelta y sonriente. Ya no iba con su atuendo de montar, sino con pantalones vaqueros azules, limpios y una camiseta amarilla de algodón, metida bajo la pequeña cintura del pantalón.

– Te escuché tocar -dijo.

– Estoy trabajando en una canción que se me ocurrió anoche cuando estaba en la bañera.

– ¿De qué se trata?

– Es acerca de lo que se siente volver aquí después de haber estado fuera tanto tiempo. El pueblo, mi madre, esta casa. Cómo nada cambia.

– ¿Puedo escucharla?

Tess rió entre dientes.

– Bueno, generalmente no toco mi material frente a nadie hasta que lo haya registrado en derechos de autor y esté grabado.

– ¡Oh! ¿Temes que pueda robártela o algo así? Vaya, ésa sí que es buena -Casey soltó una carcajada-. Anda, por favor, déjame oírla -insistió. Se lanzó sobre un sillón mullido y colocó una pierna sobre el enorme brazo del mueble, tan cómoda como si se encontrara con un viejo amigo.

Tess se volvió hacia el piano; a pesar de todo, la chica le caía bien. Casey tenía una naturalidad que no llegaba a ser presuntuosa. La verdad era que, debido a la ajetreada vida de Tess, tenía pocos amigos fuera de la industria de la música. Esta muchacha parecía querer serlo, y Tess la aceptó.

– Muy bien. Esto es lo que tengo hasta ahora.

Tocó las primeras tres líneas y luego trató una cuarta opcional. Era fácil ver que no encajaba.

– Tócala de nuevo -pidió Casey. Tess tocó y cantó una vez más.


El tránsito del pueblo se arrastra por la plaza,

hace dieciocho años que se marchó de casa,

recorrió el mundo y ahora regresa…


"Pero ha visto mucho y el pueblo le pesa", añadió Casey en una aterciopelada voz de contralto perfectamente afinada. "No puede volver. Sabe demasiado."

Las últimas dos líneas que Casey introdujo creaban una hechizante reflexión. Tess le puso música y enseguida cerró los ojos mientras el último acorde disminuía en el silencio como una perezosa columna de humo sobre las cabezas.

La habitación quedó en silencio durante diez segundos.

Entonces Tess dijo:

– Perfecto.

Se inclinó hacia el frente y escribió las palabras y la melodía en el papel pautado. Cuando terminó, dejó el lápiz y dijo:

– ¡Hagámoslo de nuevo!

Mientras cantaban, Tess reconoció una voz única y especial. Tenía un toque de determinación y aspereza. Además iba acompañada de un buen oído musical, pero lo más importante era su arrojo. No muchas chicas de diecisiete años podían cantar al lado de alguien tan famoso como ella sin amedrentarse. Casey lo hizo con la pierna sobre el brazo del sillón y los ojos cerrados.

Cuando los abrió, la estrella de música country que estaba al pilano la miraba por encima del hombro, divertida.

– Así que dime, ¿acaso viniste hasta acá para demostrarme tus habilidades?

– En parte -admitió la chica.

– Bueno, pues en realidad estoy muy impresionada. Podrías lijar una tabla con la aspereza de tu voz -Tess se volvió y miró a Casey-. Me gusta.

– El problema es que siempre destaca.

– Quieres decir en un grupo, como el coro de la iglesia.

– Ajá. ¡Ah! Eso me recuerda. A mi papá no le gustó que te molestara al pedirte que cantaras en el coro. Dijo que estaba siendo impertinente y me ordenó que me disculpara. Esa es la verdadera razón por la que estoy aquí. Así que lo siento. Es sólo que no lo pensé -Casey se encogió de hombros-. Debes poder venir a casa y sentirte en libertad de ir y venir en paz, sin que la gente te importune como en otras partes.

– ¿Eso te dijo tu padre?

– Ajá.

Tess lo pensó un momento.

– Es toda una sorpresa -se levantó-. Puse a cocer una pechuga de pollo. Es mejor que vaya a ver cómo está.

Casey la siguió a la cocina y se apoyó contra la puerta para observar a Tess levantar la tapa de la olla, picar la pechuga de pollo y comprobar que estaba cocida. Tess apagó el fuego y sacó el aderezo de ensalada del refrigerador.

– ¿Qué se siente estar allá, frente a toda esa gente? -preguntó Casey-. Quiero decir, debe ser impresionante.

– Es lo único que siempre quise hacer. Me encanta.

– Sí, sé a lo que te refieres. Yo he cantado desde que tenía tres años -Tess puso su comida en la mesa. Casey se alejó de la puerta-. Creo que es mejor que te deje comer.

– No. Siéntate y conversemos. Tengo un poco de tarta de pacana que puedo ofrecerte.

– ¿De la que hace Mary?

– Por supuesto.

– Oye, eso suena maravilloso.

Cuando Tess iba a tomarla, Casey le ordenó:

– Tú siéntate a comer. Me serviré yo misma -sabía muy bien dónde encontrar plato, tenedor y espátula.

– Así que… ¿dónde vives en Nashville? -preguntó Casey mientras llevaba la tarta a la mesa.

– Tengo una casa propia, pero sólo vivo ahí parte del tiempo. El resto lo paso en giras de conciertos.

– ¿Es malo estar tanto tiempo fuera?

– Era peor cuando viajaba por autobús. Era como estar atascados todos juntos, viviendo en sitios muy pequeños con la misma gente día tras día. Pero ahora es mucho más fácil, porque tengo mi propio avión.

– ¿Tu propio avión? ¡Vaya!

Tess rió entre dientes ante la enorme inocencia de la chica.

– Ahora bien, cuéntame, ¿cómo se hace una grabación? -preguntó Casey.

Tess aún se lo estaba explicando cuando oyeron la voz de Kenny desde la puerta trasera.

– Casey, ¿qué estás haciendo ahí todavía, molestándola? -Ya estaba oscuro y tenían encendidas las luces de la cocina.

Tess se inclinó para mirarlo por la puerta más distante.

– No me molesta. Yo le pedí que se quedara.

– Sólo estamos conversando, papá, es todo -dijo Casey.

Él entró sin que lo invitaran. Colocó una mano a cada lado del marco de la puerta y metió la cabeza en la habitación.

– Casey ya vámonos. Te dije que volvieras de inmediato.

– ¿Puedo terminar mi tarta primero? -preguntó ella con cierta parsimonia.

– ¿Estás segura de que no te molesta? -preguntó él, dirigiéndose a Tess.

– Déjala que termine.

– Muy bien. Tienes diez minutos -respondió y se fue. Cuando la puerta de malla se cerró tras él, Casey dijo:

– No sé por qué me vigila tanto hoy. Nunca lo hace.

– ¿A qué se dedica tu papá? -Indagó Tess.

– Es contador público con cartera. Tiene su propio negocio en el centro del pueblo, a un lado de la plaza, a tres puertas de la tienda de ropa en la que trabaja Faith.

– ¿Faith?

– Faith Oxbury, su novia.

– ¿Es la que cenó con ustedes hoy?

– Ajá -Casey lamió la cuchara-. Viene a cenar casi todas las noches. Han estado juntos desde siempre.

Tess se preguntó cuánto significaría "desde siempre” pero no iba a preguntarle.

Casey dejó la cuchara en la mesa e hizo a un lado el plato.

– Mi papá y Faith han salido juntos tanto tiempo que la gente los trata ya como si estuvieran casados. Juegan juntos al bridge y los invitan a fiestas juntos. Bueno, ella incluso envía nuestras tarjetas de Navidad a nombre de los tres.

– Entonces, ¿por qué no se casan?

– Se lo pregunté una vez a mi papá. Me dijo que es porque ella es católica, y si se casa con un hombre divorciado ya no podría recibir los sacramentos en su iglesia; pero si me lo preguntas, pienso que es una excusa muy tonta para no casarte con un hombre con el que has estado saliendo durante ocho años.

– Ocho años. Es mucho tiempo.

– Tú sabes cómo es eso. Y te diré algo más. Quieren que piense que no sucede nada entre ellos… me refiero a que ella nunca duerme en casa y él nunca se queda toda la noche con ella; pero si ellos creen que yo me trago eso, son mucho más tontos de lo que consideran que soy yo. Aunque, ¿sabes? en el fondo tengo que aceptar el hecho de que a mi papá le importe tanto el respeto que siento por él, como para no arriesgarse a perderlo. Así que ella viene, prepara la cena y se queda hasta las nueve; luego él la acompaña a su auto y le da las buenas noches. Y los domingos ella va a su iglesia y nosotros a la nuestra; al menos todos nos llevamos bien. Faith es muy buena conmigo.

Casey se detuvo y aspiró profundo.

– Bueno. Ya se acabaron mis diez minutos -se levantó y llevó sus platos sucios al fregadero, seguida de Tess. Una vez que dejó correr el agua sobre el plato, se volvió y dijo-. Gracias por dejarme escuchar la canción que estás componiendo, y por la tarta, y dejarme hacerte preguntas. ¿Puedo darte un abrazo?

Tess acababa de dejar sus platos sucios cuando Casey la abrazó con fuerza y ella le correspondió.

Mientras Tess estaba entre los brazos de Casey, la chica exclamó:

– ¡Oh! ¡Eres genial! Y creciste aquí mismo, al otro lado del callejón. Quisiera ser exactamente igual a ti.

Después de aquellas palabras tan emotivas, la impetuosa chiquilla se lanzó a la puerta.

– Buenas noches, Mac. Dile por favor a Mary que mañana iré a verla por la tarde.

Capítulo cuatro

Al día siguiente de la operación de Mary, Tess llegó a visitarla a media mañana y descubrió que extrañaba la compañía de sus dos hermanas, que no llegaron a verla como lo habían prometido. Era difícil ver a su madre aferrada a la andadera y tratando de mantenerse derecha.

Virginia, que tal era el nombre de la terapeuta física, llegó y alzó varias veces las piernas de Mary, lo que causó que ésta emitiera suaves quejidos.

– Usted la va a ayudar con la terapia en la casa -le dijo la terapeuta a Tess-. ¿Quiere intentarlo ahora?

– ¡No! Quiero decir, continúe usted. La ayudaré mañana -la idea de ser ella la que provocara dolor a su madre le hacía sentir un vuelco en el estómago.

A mediodía, una enfermera retiró la sonda del oxígeno de la nariz de Mary, pero le dejó el catéter y la venoclisis, encadenándola a la cama en su arrugada bata reglamentaria abierta por detrás.

Cuando Judy apareció, casi a las dos de la tarde, Tess la saludó con patente entusiasmo, lo que la sorprendió hasta a ella misma. Judy se mostró indiferente y se acercó contoneándose hasta la cama para expresarle su amor a Mary.

– ¡Hola, mamá! ¿Cómo te sientes hoy?

– Temo que no muy bien. Me duele mucho.

– Bueno, ya sabes cómo fue la última vez. Si puedes aguantar los primeros dos días, luego mejorarás con gran rapidez. De algún modo, a Tess le parecía que sus hermanas sabían exactamente qué decir para consolar a su madre, en tanto que ella se sentía torpe al hacerlo-. Renee se tomará el día libre hoy -informó Judy a Mary-. Tiene que arreglar algunos asuntos relacionados con la boda. ¿Ha venido alguien más a verte?

En ese momento una algarabía de voces se aproximo por el corredor, y tres personas entraron en la habitación al mismo tiempo: Casey, su padre, con una caja de chocolates, y un hombre de más de cincuenta años que usaba una camisa veraniega de manga corta con cuello de sacerdote.

Mary sonrió al verlo.

– Reverendo Giddings.

– Mary -dijo él con cariño, al tomarle la mano.

– Y Casey y Kenny. Dios mío, qué agradable.

Se acercaron a Mary y la besaron, mientras, Casey tomó la caja de dulces de las manos de su padre y la colocó con suavidad sobre el estómago de Mary.