– Agnes, date prisa y apaga esa lámpara. Estoy cansada.

– Pero antes tengo que cepillarme el pelo, Etta.

Agnes fue hacia el tocador mientras se ataba el camisón en el cuello. Henrietta se recostó sobre las almohadas, cerró los ojos y toleró la luz sonrosada de la lámpara sobre ellos, escuchando a Agnes perder el tiempo con su modo lerdo de hacer las cosas, como siempre, y sin importarle que Henrietta permaneciera despierta.

Agnes se sentó, se quitó las horquillas del cabello gris rojizo, y empezó a cepillarse. Un mosquito comenzó a zumbar alrededor del globo de la lámpara, pero ella no le prestó atención y siguió cepillando y cepillando, con la cabeza ladeada. Tenía los ojos azul claro y el arco de las cejas era tan fino como cuando tenía veinte años aunque también el rico color caoba iba volviéndose gris. Tanto su rostro como su cuerpo eran delgados, de huesos finos y facciones delicadas que habían atraído una segunda mirada bien pasados los cuarenta. En la última etapa de su vida, la voz tenía un leve temblor, y los ojos, una expresión que concordaban con ella.

– Creo que el joven señor Du Val está enamorado de nuestra Lorna. – ¡Oh, Agnes, no digas tonterías! Tú crees que cada joven está enamorado de la muchacha con la que lo ven.

– Bueno, creo que es así. ¿No viste que esta noche salieron juntos a la terraza?

Henrietta se dio por vencida y abrió los ojos.

– No sólo los vi, sino que también los oí y, para tu información, fue ella la que propuso salir; pienso hablar con Levinia al respecto. ¡No sé a dónde iremos a parar si una niña de dieciocho años se comporta con semejante atrevimiento! ¡Es sencillamente inaceptable!

– Etta, nuestra Lorna no es una niña, ya es una mujer. ¡Si yo tenía apenas diecisiete cuando el capitán Dearsley se me declaró!

Henrietta se dio la vuelta pan quedar de cara al otro lado, y dio una palmada a la almohada

– Oh, tú y tu capitán Dearsley cómo parloteas sobre él.

– Nunca olvidaré lo que parecía con el uniforme, esa noche, con la trencilla dorada de las charreteras brillando a la luz de la luna, y…

Henrietta le hizo coro:

– … “Y los guantes, blancos como el lomo de un cisne.” Agnes, creo que si lo escucho una vez más, vomitaré. Miró por encima del hombro-. ¡Y ahora, apaga el gas y métete en la cama!

Agnes siguió cepillándose, con aire soñador.

– Se habría casado conmigo si hubiese vuelto de la guerra en la India. Oh, sí. Y tendría una casa tan elegante como esta, tres hijos y tres hijas, y llamaría Malcom al primero, y Mildred a la segunda. El capitán Dearsley y yo hablábamos de hijos… El decía que quería una familia grande, y yo también. Claro que, a estas alturas, nuestro Malcom tendría unos cuarenta años y yo sería abuela. Imagínate, Etta: ¡yo, abuela!

Henrietta hizo una mueca exasperada.

– Ah, sí -suspiró Agnes.

Dejó el cepillo y empezó a hacerse una cola suelta.

– Trénzate el cabello -le ordenó Henrietta.

– Esta noche hace demasiado calor.

– Agnes, una dama se trenza el cabello por la noche. ¿Cuándo lo aprenderás?

– Si me hubiese casado con el capitán Dearsley, estoy segura de que muchas noches no me habría trenzado el pelo. El me pediría que lo dejara suelto y yo le habría complacido.

Cuando terminó de atarse el pelo, Agnes apagó la lámpara, fue hasta la ventana que daba al invernadero y al patio lateral, donde el jardín de rosas de Levinia esparcía un olor embriagador en el aire nocturno. Corrió la cortina, escuchó el sonido de la fuente, respiró hondo y fue descalza hasta la cama tallada donde se acostó junto a su hermana, como lo hacía desde que tenía memoria.

A través de la pared, escuchó los sonidos ahogados de las voces que llegaban del cuarto vecino.

– Oh, caramba -murmuró Agnes- parece que Gideon y Levinia todavía están discutiendo.

De pronto, la agitación cesó y comenzó un golpeteo rítmico contra la pared que dividía ambos cuartos.

Henrietta alzó la cabeza, escuchó un instante y luego se volvió hacia su lado y se puso la almohada sobre la oreja.

Agnes quedó tendida de espaldas contemplando las sombras de la noche, escuchando, y sonriendo, melancólica.


En el dormitorio, al otro lado del pasillo, Jenny Barnett estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la cama de su hermana, Daphne. Estaban vestidas con ropa de dormir, y ya habían apagado la luz. Jenny ya había olvidado la pelea entre mamá y papá y parloteaba sobre su tema preferido.

– Lorna es afortunada. -Jenny se dejó caer de espaldas, se acarició el pelo con la mano, y dejó una pierna colgando por el borde del colchón, balanceando su pie desnudo-. ¡El es taaaan apuesto…!

– Lo contaré.

– Si lo haces, yo contaré que fumaste detrás del invernadero.

– ¡No lo hice!

– ¡Sí, lo hiciste! Theron te vio y me lo contó. Tú con Betsy Whiting.

– ¡Mataré a Theron!

Jenny siguió balanceando el pie.

– ¿No te parecen adorables el bigote y la barba de Taylor?

– Los bigotes me parecen aburridos.

Jenny rodó boca abajo y apoyó la mejilla sobre las manos juntas.

– A Taylor le quedan bien. -Lanzó un gran suspiro-. Por Dios, daría cualquier cosa por estar en el lugar de Lorna. Theron dice que Taylor la besó en el jardín de rosas la semana pasada, cuando volvieron del chautauqua.

– ¡Oh, caramba! ¡A mí no me sorprenderías besando a Taylor Du Val! ¡No me pescarías besando a ningún muchacho! Los muchachos son desagradables.

– Yo besaría a Taylor. Hasta le daría un beso con la boca abierta.

– ¡Con la boca abierta! Jenny Barnett, irás al infierno por decir una cosa así.

Jenny se sentó con las piernas cruzadas. Dejó caer la cabeza hacia atrás y el pelo le cayó hasta la cintura, unió las manos y las estiró hacia el techo, proyectando los pechos hacia adelante bajo el camisón de canesú redondo.

– No, no lo haría. Sissy me dijo que todos, cuando nos hacemos mayores, besamos así. Incluso meten la lengua en la boca del otro.

– ¡Le contaré a mamá que dijiste eso! Jenny dejó caer los brazos y los estiró hacia atrás, sobre la cama.

– Vamos, díselo. Sissy dice que todos lo hacen. Sissy Tufts era la mejor amiga de Jenny y tenía la misma edad.

– ¿Y Sissy qué sabe?

– Sissy lo hizo. Con Mitchell Armfield. Dice que es muy excitante.

– Estás mintiendo. Nadie haría algo tan horrible.

– Oh, Daphne… -Jenny se levantó de la cama y, con los hombros hacia atrás y los dedos de los pies estirados como una bailarina cruzando el escenario hacia el príncipe, prosiguió-: ¡Eres una chiquilla! Se dejó caer en el asiento junto a la ventana, donde caía la luz de la luna, espesa como la crema. Como una diva moribunda, enlazó los brazos alrededor de la rodilla levantada, y apoyó en ella la mejilla.

– ¡No lo soy! ¡Sólo tengo dos años menos que tú! Jenny giró sobre las nalgas haciendo un semicírculo, guiándose por unas cuerdas imaginarias que tocaban Chaikovsky.

– Bueno, lo que yo sé es que si un muchacho quiere besarme, yo lo dejaré probar. Y si quiere ponerme la lengua en la boca, también probaré eso.

– ¿En serio crees que Lorna hizo eso con Taylor? Jenny dejó de bailar, subió los pies al asiento y plegó las manos sobre los pies desnudos.

– Theron los vio con los prismáticos.

– Theron y sus estúpidos prismáticos… Ojalá la tía Agnes nunca se los hubiera regalado. Los lleva a todos lados, los saca y apunta a mis amigas, lanza esas risitas burlonas y dice: "El ojo sabe". Para serte sincera, es muy fastidioso.

Permanecieron sentadas un rato, pensando en lo tontos que podían ser los hermanos de doce años y preguntándose cuándo llegaría para ellas el tiempo de los besos.

En un momento dado, Jenny interrumpió el silencio:

– Eh, Daph.

– ¿Qué?

– ¿Dónde te parece que se pone la nariz cuando un muchacho te besa?

– ¿Cómo puedo saberlo?

– ¿Crees que se interpondrá?

– No lo sé. Nunca se pone en el camino cuando las tías me besan.

– Pero eso es diferente. Cuando te besa un muchacho, es más largo. Las dos pensaron en silencio unos momentos, y Jenny dijo:

– Eh, Daph…

– ¿Qué?

– ¿Y si los muchachos lo intentaran con nosotros, y no supiéramos qué hacer?

– Lo sabremos.

– ¿Cómo sabes que lo sabremos? Creo que deberíamos practicar.

Daphne captó la intención de la hermana y no quiso saber nada:

– ¡Ah, no, conmigo no! ¡Ve a buscar a otra persona!

– Pero, Daph, tú también algún día besarás a un muchacho. ¿Acaso quieres ser una tonta que no sabe absolutamente nada de eso?

– Prefiero pasar por una tonta que practicar besos contigo.

– Vamos, Daphne.

– Estás loca. Pasaste demasiado tiempo mirando a Taylor Du Val con la boca abierta.

– Haremos un pacto. No se lo diremos a nadie mientras vivamos.

– No -se obstinó Daphne-. No lo haré.

– Supongamos que es David Tufts el que intenta besarte por primera vez, y tu nariz choca con la de él y haces el ridículo si intenta meterte la lengua en la boca.

– ¿Cómo sabes lo de David Tufts?

– Lorna no es la única víctima de los prismáticos de Theron.

– David Tufts nunca intentará besarme. Lo único que hace es hablarme de su colección de insectos.

– Quizás este verano no, pero en algún momento lo hará.

Daphne reflexionó y llegó a la conclusión de que tal vez Jenny tuviese algo de razón.

– Oh, está bien. ¡Pero note abrazaré!

– Claro que no. Haremos como Sissy y Mitchell. Cuando sucedió, estaban sentados en la hamaca del porche.

– ¿Y qué tengo que hacer? ¿Ir a sentarme al lado tuyo?

– Por supuesto.

Daphne se levantó de la cama y se sentó junto a su hermana. Se quedaron así, sentadas-juntas, con los dedos de los pies descalzos sobre el suelo y el cabello iluminado por la luz de la luna. Se miraron y rompieron en risitas, y después quedaron calladas, inseguras, sin moverse.

– ¿Crees que tendremos que cerrar los ojos, o qué? -preguntó Daphne.

– Supongo que sí. Sería vergonzoso hacerlo con los ojos abiertos, como mirar el ojo de un pez cuando estás sacándolo del anzuelo.

Daphne dijo:

– Bueno, hagámoslo, entonces. Date prisa. Me siento estúpida.

– Está bien, cierra los ojos e inclina un poco la cabeza,

Las dos ladearon la cabeza y estiraron los labios como si fuesen tripas de salchichas que hubiesen estallado al cocinarse. Se rozaron los labios, se apartaron y abrieron los ojos.

– ¿Qué te pareció?

– Si así son los besos, prefiero mirar la colección de bichos de David.

– Fue decepcionante, ¿verdad? ¿Crees que tendríamos que probar otra vez, y tocarnos la lengua?

Daphne pareció indecisa.

– Bueno, de acuerdo, pero antes sécate bien la lengua en el camisón.

– Buena idea.

Las dos se secaron enérgicamente la lengua con el camisón, después inclinaron la cabeza, cerraron los ojos con fuerza y se besaron como suponían que debía hacerse. Tras dos segundos de contacto, a Daphne se le escapó un resoplido de risa por la nariz.

– ¡Basta! -la regañé Jenny-. ¡¡Me llenaste de mocos!!

Pero ella también reía tanto que se echó hacia atrás, apartándose de su hermana.

Daphne escupió en una parte del camisón y se limpié la lengua como si hubiese tragado veneno.

– ¡Oh, qué horrible! ¡Si así son los besos, prefiero comerme la colección de bichos de David Tufts!

Se reían tan fuerte que se apretaban el estómago doblándose de risa, rodando sobre el asiento de la ventana, bajo la luz de la luna. Acurrucadas sobre las almohadas con los pies al aire tibio que se escurría por las ventanas abiertas, se convirtieron en dos jóvenes sílfides que pisaban el umbral de la feminidad y vacilaban en cruzarlo sabiendo que pronto lo harían, confiando en que cuando ocurriese estarían preparadas. Sus camisones de zaraza, con dibujos de ramitas, formaban dos charcos de luz azul sobre el azul más oscuro en que yacían en poses sueltas, ya silenciosas y cansadas, mientras el intento de beso se disolvía en un recuerdo gracioso que iría a parar a la herencia de los hijos de ambas. En un momento, Jenny contemplé las estrellas.

– Me pregunto si sólo resulta cuando lo haces con un muchacho.

– Yo también -admitió Daphne, mirando las estrellas como su hermana.

Allá afuera, en la orilla del lago, las olas suaves lamían la arena. Las ranas formaban el pulso de la noche con su canto disonante. De los jardines ascendía el perfume de las rosas de mamá y el murmullo de las fuentes. A lo lejos, se oía el tren que traqueteaba trayendo una carga de veraneantes de regreso desde Saint Paul. En su bendita inocencia, Jenny y Daphne se durmieron sintiendo en las lenguas, no el sabor de los besos de los amantes, sino el almidón de sus respectivos camisones.